Nació en Chongqing, pero este primer paisaje sería una más de tantas vívidas estampas en el mapa de sus afectos. La llamaron Chen Mao Ping, hasta que ella misma eligió su nombre: Echo, Echo Chan, San Mao. El nombre del niño flacucho de los tres pelos, símbolo de la Segunda Guerra Sino-Japonesa y del manhua, alude también a una mujer. Una mujer viajera pero no desarraigada, independiente pero abierta a los demás, que eligió dónde vivir y hasta cuándo. Una mujer que hizo de la vida un camino y de la literatura una carrera.

El jiennense José María Quero y Ruiz, buzo profesional, conoció a San Mao en su adolescencia madrileña. El destino los uniría en 1973 y volvería a separarlos definitivamente en 1979, cuando Quero se ahogó en las aguas de La Palma || Fuente: YouTube

En China, la fama de San Mao (1943-1991) la convierte en parte de la cultura popular. Todo esfuerzo de los extranjeros por aproximarse a su figura y obra sabe a poco, a mera introducción. Sus familiares guardan un silencio casi inquebrantable sobre ella. En España, país clave en su vida, la emblemática escritora está ahora de moda. Primero fue el documental de María Jesús Alvarado, que trazaba la huella de la autora en el Sáhara y Canarias. El pasado octubre, la editorial Rata publicaba Diarios del Sáhara. La obra de San Mao se traducía así por primera vez al español (Irene Tor Carroggio) y al catalán (Sara Rovira-Esteva). Ya era hora.

Quienes conocieron a San Mao la describen como una mujer culta, independiente, alegre pero trágica || Fuente: YouTube

San Mao, a contracorriente

La enorme popularidad de San Mao en Asia radica en el espíritu transgresor y aventurero que definió su vida y se extendió a su prolífica obra. Bajo la tradición china, marcada de manera indeleble por los valores confucianos, los hijos deben obediencia a los padres. De ellos se espera, además, que permanezcan cercanos a su familia. Como suele suceder, las normas se redoblan para las mujeres.

San Mao fue afortunada: sus padres, devotos cristianos, toleraron la rebeldía temprana que latía tras su sed de conocimientos. Cuando el sistema escolar ahogó a la futura autora, se le permitió recibir una exquisita educación en casa. Para muchos de sus lectores, no obstante, las obras de San Mao destilan libertad y romanticismo. Sentimientos que no pocas veces habrán quedado ahogados en la rigidez del deber filial.

San Mao

San Mao, hecha a sí misma ||Fuente: YouTube

Una mujer cosmopolita

San Mao llegó a Taiwán junto a su familia en 1948. Eran tiempos convulsos para una China a punto de redefinir sus fronteras, su sistema político y su sociedad. Algo en la huida familiar debió despertar en la niña las ansias de seguir volando. San Mao partió por vez primera a Occidente en 1967. Estudiaría en Estados Unidos, Alemania y España. Al inglés que ya hablaba añadió así, con la pasión que caracterizaba sus actos, el alemán y el español.

Alemán y español serían también, respectivamente, los dos grandes y trágicos amores de su vida. El primero, un profesor que murió repentinamente antes de consumar su compromiso. El segundo, José María, su Héxī, el adolescente que la esperó hasta que ella supo corresponderle. San Mao, que no deseaba que le preguntaran por un hogar lejano, encontró el olivo que se erguía en sus sueños. Hasta la separación impuesta por la muerte, la pareja exploró nuevos paisajes en La Palma y en el Sáhara.

Desde 1974 y hasta el fin de los días felices, San Mao dedicó no poca tinta a sus estampas del desierto y al delicado momento histórico que este atravesaba. Sus crónicas fueron pioneras en proporcionar al público chino una visión del Sáhara y su lucha. Con el tiempo, serían conocidas como los Diarios del Sáhara, título mítico de entre los veinte que llegó a firmar. Países visitaría muchos más hasta su muerte: un total de 59.

San Mao

San Mao escribió la letra de la que luego sería la canción en su memoria, El olivo || Fuente: YouTube

San Mao y su final

Mucho se ha especulado sobre las razones que empujaron al suicidio a San Mao. Parte de ella ya había muerto junto a José en La Palma, pero volvió a encontrar el amor en el locutor Rick O’Shea. Algo se dice de la decepción sufrida con Wang Luobin, padre del folk chino. Encajó mal ser ignorada en las distinciones a Red Dust en los Premios Caballo Dorado de Taiwán. Al hospital en el que se quitó la vida había acudido para confirmar o desmentir la amenaza de un cáncer. Quizá por eso, algunos defendieron la teoría del asesinato.

Sea como fuere, el 4 de enero de 1991 se extinguía en Taipei una luz. San Mao, a veces radiante, a veces titilando en las sombras, hizo honor a su nombre inglés. El eco de su vida llega desde el pasado, resuena en el presente y persistirá en el futuro.