Miedo inducido

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Carlo Levi (1902-1975) era un hombre que abrigaba una gran confianza en sus escritos y una considerable desconfianza en los editores. Prueba de lo primero es que llegó a reprocharle a Alberto Moravia que no prevaricara en su favor para que le concedieran un premio literario («eres un cerdo, ese premio era para mí»); prueba de lo segundo es que, mientras daba el original de un su libro a uno de los colaboradores de Einaudi (Carlo Muscetta, en 1949) se permitía afirmar que el editor le había engañado en la tirada de una obra anterior y que, incluso, había llegado a distribuir una edición pirata, «pero qué le vamos a hacer, así me tratará mejor esta vez». La relación de Carlo Levi con Einaudi se consolidó en 1946 gracias a la publicación de Paura della libertà, un esbozo de libro escrito en 1939 y que Altamarea editó en castellano en 2020, ahora hace un año. Se trata de un texto prebélico que cayó como una bomba llena de metáforas y de reflexiones esotéricas entre la intelectualidad orgánica italiana, que era neorrealista y aun decididamente comunista. Al Levi vanidoso no debió de gustarle que el texto cayera en saco roto, pero es posible que no le parecieran una novedad el silencio o el odio que provocó un libro de tales características, pues otro que había servido de base al suyo, y desde entonces a él asociado como fuerza motriz, recibió el mismo sambenito que luego le iban a colgar a Paura della libertà: decadente.

De Paolo Monti – Este archivo está disponible en biblioteca digital BEIC y fue subido como parte de la sociedad con BEIC. The image comes from the Fondo Paolo Monti, owned by BEIC and located in the Civico Archivio Fotografico of Milan., CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=48057983

La pléyade de intelectuales vigorosos que rodeaban a Giulio Einaudi decidió publicar en Italia (1937) el libro que un reconocido intelectual holandés, Johan Huizinga (1879-1945), había escrito un par de años antes con el título In de schaduwen van morgen (Entre las sombras del mañana. Diagnóstico de la enfermedad cultural de nuestro tiempo, Revista de Occidente, Madrid, 1936). La edición italiana del libro recibió tantas y tan despiadadas críticas que Einaudi se vio obligado a añadir en la cubierta de la segunda edición de 1938: edizione migliorata, octosílabo que tiene tantas interpretaciones como lectores hay. Alfonso Berardinelli ha recordado recientemente que la explicatio non petita que supone proclamar una edición mejorada puede deberse a que los críticos se obstinaron en no querer entender los libros de Huzinga o Levi —sencillamente porque no entraban entre los rígidos esquemas críticos, filosóficos, sociales y políticos de aquel tiempo— y que aquellos intelectuales hicieron todo lo posible por boicotearlo: «No entiendo cómo el editor italiano se ha dejado engañar de esta manera. Guardaos de leerlo», afirmó Vittorio Foa. El libro de Huizinga se convirtió en un éxito. Por su parte, el de Levi fue un fracaso. De hecho, no se ha quitado hasta hace poco la etiqueta de ‘reflexión personal de una visión decadente del cosmos y de la historia’. Pasó inadvertido en Italia y en España a la vez que el autor era mundialmente reconocido gracias a Cristo se paró en Éboli (Einaudi, 1945). A partir de los ejemplos que proporcionan Huizinga y Levi, podemos afirmar que la ceguera no es preceptiva de las sociedades pre-apocalípticas.

Levy acarreó infamia entre los intelectuales orgánicos por culpa de un solo libro. Huizinga (que era un intelectual reconocido mundialmente ya en 1935) recibió en Italia el premio ‘intelectual decadente’ a toda una obra. Los recensores de Einaudi desaconsejaban con dureza en 1946 la publicación de dos nuevas obras de Huizinga porque «el catálogo ya tiene suficientes obras de este decadente». Así, tenemos el libro brillante de un gran intelectual decadente (Huizinga) publicado en 1937 y tenemos el libro (decadente) de un brillante activista antifascista (Levy) escrito en 1939. ¿Qué los hizo aparecer decadentes tras la segunda guerra mundial y qué los hace actualísimos en 2021? Acaso una de las frases más famosas de Levi, publicada en 1944 en un periódico de gran tirada y escasamente decadente: «El miedo a la libertad fue el sentimiento que dio origen al fascismo».

Era difícil que el ambiente intelectual de Italia aceptara como propio un libro que era una elegía pesimista, el epílogo de un mundo, de una civilización, de un arte y de una cultura que no iban a ser nunca como antes tales y como los describía Carlo Levi. Sin embargo, Gramsci también había publicado críticas de la sociedad burguesa, reflexiones sobre las masas y tratados que hoy tienen el tono de elegías, pero que no lo eran porque sus reflexiones, dialécticas e históricas, ofrecían al lector una solución a la degradación moral de la sociedad burguesa, y esta solución no era sino la construcción de un nuevo Estado y de una nueva cultura, cosa grata a los críticos de posguerra. Levy diagnosticaba, pero no ofrecía cura, y eso era poco dialéctico o, en términos de hoy,  demasiado cómodo. El libro de Levy era profético y en muchos casos oracular, pues estaba escrito con un tono esotérico que requiere muchísima atención, y describía la decadencia de una sociedad rendida, anulada. Paralelamente, cómodas eran también, a ojos de muchos integristas, las palabras de Huizinga, que había diagnosticado lúcidamente los males de Europa, pero que tampoco había sabido ofrecer soluciones dialécticas a las síntesis planteadas por ambos: se sabe que un oráculo escrito con tono profesoral no está muy lejos de quedarse en un enigma.

Carlo Levi y antes Huizinga (y mucho antes que ambos Ortega y Gasset) reformularon el concepto de masa, de Estado, de progreso, de aniquilación de la voluntad individual, apuntaron el infantilismo social que implica la reducción de una sociedad a unas consignas de tono político. Si a lo anterior añadimos que el libro de Levi es un tristísimo y belicoso lamento a la pérdida del espíritu crítico y, también, una queja lanzada a esa parte de la sociedad que se abandona a quien ofrece seguridad porque es incapaz, por sí misma, de construirse asideros, veremos que no hace falta añadir mucho para justificar la actualidad de las reflexiones de Levi.

De Niccolò Caranti – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2655795

Es posible que Miedo a la libertad no gustara en 1946 por las mismas razones que hoy lo hacen imprescindible. La conciencia de clase intelectual, la idea de masa, estaban tan arraigadas en 1946 como lo está hoy la conciencia de la individualidad. Levi las fundió en una sola cosa, y a ambas atribuyó las causas y las culpas de lo que estaba pasando y de lo que estaba por venir en la apocalíptica Europa de 1939. La masa —y el individuo cobarde que se había reparado y diluido en aquella— se ofreció voluntariamente al sacrificio que le había pedido un Estado totalitario. Si el libro puede interesar al lector de hoy es porque ahora sabemos que esa oferta incondicional no era solo una rendición de la masa, sino que también era (y es) una conquista del Estado, que a fuerza de engaños y miedos (siempre en correlación) ha sabido atraerse primero al individuo y luego mezclarlo con la masa, con lo que ha vuelto a disminuir la capacidad crítica y de resistencia de aquel. Ayer y hoy, el Estado totalitario basado en la fuerza y el Estado democrático basado en el miedo y en la mentira se nutren tanto de ciudadanos que se adhieren libremente al deseo de protección como de los que son cooptados con fines subsidiarios. Es decir, la capacidad de fascinarse ante un jefe totalitario o ante un político demócrata pero mentiroso equipara al ciudadano preparado con el alienado. Levi afirma que el ciudadano que se ofrece a la voluntad de un caudillo pasa de ser ciudadano a súbdito y que, en muchos casos, esa sumisión es completamente voluntaria y libre, como lo es la aceptación de un poder divino celeste (religioso) o terrenal (monárquico).

A la crítica de posguerra le pudo parecer que Levi analizaba la decadencia de Europa, y afeaba la costumbre de los culpables pasivos, desde la cómoda posición del intelectual. El lector que se enfrente hoy al texto de Levi es más que probable que encuentre razones para hacerse no pocas preguntas sobre hacia dónde nos ha llevado el apocalipsis que vaticinaron Huzinga y Levi. Si el libro de este es un lamento lanzado desde su posición de élite intelectual y anuncia el camino que lleva a la barbarie porque tanto la masa ineducada como la otra se han entregado a la erótica del capo (el poder) y de lo irracional (el miedo), significa también que: a) el miedo no permea en la masa en cuarenta años sino que necesita milenios, b) descargar la responsabilidad en la masa es quitársela al gobernante, c) eludir la que le correspondía a la élite es justificar la incultura, d) menospreciar la responsabilidad del estamento militar en los desastres de occidente es peligroso. Acercar los puntos a) y d) da actualidad al libro de Levy porque la decadencia es un proceso larguísimo y recurrente. De un libro así se infiere que el oráculo no nos quitará de los adentros el miedo y el ansia hasta que no nos liberemos del estamento militar, ese que, desde siempre, crea y sostiene los apocalipsis; hasta que no lo sustituyamos por el de la educación, el respeto y el de la propia dignidad, que nada tienen que ver con el miedo.

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