‘Querer morirse’, un mito romántico que ha llevado a muchos a relacionar el suicidio con la pasión de un momento, con la cobardía del ser humano ante la vida, con las ganas de huir. Un mito, eso es, no es más que un mito.

Lo sé porque lo he visto. Vi a una persona deteriorarse no por pasión, no por cobardía sino porque las conexiones mentales de su cerebro ya no recibían la medicación adecuada. Porque ‘estar deprimido’ no es tener un mal día; la depresión es no sentir ni tener un porqué para vivir.

Una foto real

Esto también pasará

Su lema era pensar que todo pasaría, lo bueno, lo malo, la vida es efímera y tarde o temprano ‘pasa’. Me contó la historia del rey que pidió a su joyero la joya que le hiciera estar feliz en momentos tristes y que a la vez le recordara que la felicidad es efímera en los momentos de alegría. La joya era un anillo con la frase ‘Esto también pasará’. Me pareció una bonita leyenda, no entendí que en su vida en muchos momentos habría recurrido a ese lema.

Era una persona llena de vida, llena de planes, metódica, sin un ápice de pereza, ambiciosa, atrevida, con una sabiduría sobre la vida demasiado profunda para su edad.

Yo no lo entendí; no entendí por qué una persona tan llena de vida se consumió ante mis ojos; no entendí cómo una pastilla diaria era lo la hacía ser lo que era conmigo. Me dijo que yo era su alma gemela; yo le dije que no sé si creía en esas cosas. Tres meses después, ella ya era la mía.

Un día, sin más, volvió de su ciudad con cara de preocupación, su médico tenía que cambiar su medicación porque era demasiado cara. Yo no lo entendí. Ella me explicó y supe que las pastillas matutinas hacían posible las conexiones correctas de su cerebro, que la mirada activa se iba a apagar sin que yo pudiera hacer nada, que la honestidad de su día a día se tornaría en un mentira que interpretaría para mí.

‘Date un paseo’

La pereza le llegó de repente, no había días soleados que la invitaran a salir de la cama, no hubo desayuno que la hiciera sonreír, no quería bailar, no quería bromear, no quería… ni mirarme. Siguiendo las mentiras sociales sobre la depresión, recurrí a los eslóganes más repetidos ‘date un paseo’, ‘ven a correr conmigo’, ‘vamos al cine y te animarás’. Al principio, vino a pasear y a correr y al cine; después, se encerró y los paseos los quería dar sola, se perdía en la ciudad hasta las tantas de la noche, volvía cuando yo ya no estaba despierta y así evitar mis preguntas.

A veces, me sonreía, pero no de felicidad, sino ante mi inocencia y mis intentos por entender qué le pasaba. Cada día había menos palabras en su boca, menos brillo en sus ojos, menos ella en ella.

Hablándole a un muro

Una noche se sentó a mi lado y me contó todo. Me contó que lo que le arrastraba a la oscuridad de la que llevaba huyendo toda su vida era algo que llaman depresión crónica, que luchaba con ella desde que tenía uso de razón y que había querido morir en dos ocasiones. En ambas, su familia le había obligado a permanecer aquí, salvándola en el último momento. Después había habido periodos de internamiento, terapias experimentales, talleres, grupos de apoyo. Nada había sido útil, solo encontrar los elementos químicos que arreglaron su cerebro durante unos años, los que había compartido conmigo. Era farmacéutica, me supo explicar esto al detalle pero, de nuevo, yo no lo entendí.

La ‘ella’ que yo conocía había sido posible gracias a la medicación de los últimos años; pero habían decidido cambiarla y ella ya sabía que no habría más ‘nosotras’. Yo empecé a ver un cuerpo sin rostro, sin alma, sin vida; ella dejó de ‘ser’. Aquella noche lloré porque no lo entendía; ella me pidió que me fuera de su lado, yo lloré aún más y le dije escondiéndome tras el tabú social de ‘si no lo nombro, no existe’: esto también pasará. Su rostro ni se inmutó ante mi desesperación, ella ya no era capaz de sentirme.

El último porqué

De la mentira de fingir, pasó a no sentir y de ahí a evitarme. Huía de mí, no podía soportar mi presencia ni mi mirada expectante llena de preguntas, de esperanza. Un día supongo que se cansó de mi insistencia y cedió. Bailó conmigo en el salón y me abrazó: fue su despedida. Yo aún creía que sería ‘pasajero’; ella sabía que esto no iba a pasar. Su lema se caía a pedazos.

La mañana del 28 de julio de 2017 me fui a trabajar, la saludé como cada mañana y escuché su último te quiero. No hubo más medicación mágica, no hubo más planes ni más ganas de vivir. El tabú social de ‘querer morirse’ se la llevó con ella, en silencio, a solas. Cuando volví, su cuerpo se había vaciado completamente.

Yo no entendí nada, me enfadé y grité, porque el suicidio, según me habían enseñado, es de cobardes y ella no lo era.

La verdad es que el suicidio no es un acto de pasión, no es un acto de cobardía, ni un impulso momentáneo; es un acto premeditado, un deseo último ante la ausencia de lo único que nos mantiene aquí: las ganas de vivir.  Se llevó consigo parte de mí, me culpé durante meses por no haberla salvado, por no haberlo entendido.

Yo no soy la víctima

Ella no soportaba mirarme cuando yo no entendía y ahora sé por qué, porque veía pena en mi mirada. Lo sé porque yo veo lo mismo cuando cuento mi historia, la pena por no entender.

No lo entendemos porque es un estigma, es un tabú, es una opción de ‘cobardes’. ‘Date un paseo’ también me lo dijeron a mí, la diferencia es que mis conexiones cerebrales funcionan y mis ganas de vivir me mantuvieron viva.

La mayor parte de los suicidios por depresión se deben a un cambio de medicación, ahora lo sé, ahora lo entiendo, pero ella ya no está y la ‘yo’ que yo era con ella tampoco.

No quiero pena, no soy una víctima, ella lo fue por una sociedad que cuando no entiende algo no habla de ello, que estigmatiza enfermedades que no se ven, que tacha de cobarde un último acto de valentía. Me ha costado entender que no hablar de ella es contribuir al tabú del estigma social contra el que luchó y perdió; por eso cuento nuestra historia.

Ahora somos dos almas en un mismo cuerpo, quien me conozca lo sabe.

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