Tras el reciente estreno de Star Wars: Force Awakens la saga ha revitalizado las discusiones sobre el universo Star Wars. Su trama y la capacidad, o no, de encontrar un sentido coherente con todas las entregas desde el primer largometraje, Una Nueva Esperanza, hasta la que hace poco ha podido verse en el cine.

Sin embargo, con tres trilogías a su espalda, la saga permite además al espectador preguntarse si existe algún hilo conductor más allá de la ciencia ficción y la lucha entre lado oscuro y lado luminoso. La respuesta es sí. Y es que precisamente ese argumento escondido entre los blasters es lo que ha regido, y de alguna manera sigue rigiendo, sus hilos argumentales.

Para encontrar estos hilos solo hay que realizar el ejercicio de despojar a toda producción de ficción de su componente fantasioso, en este caso Star Wars. Se asume que todo ello es factible o sencillamente irrelevante. Apartando todo esto y poniendo el centro en qué es lo que se cuenta, más allá de cómo se cuenta, se halla una narración distinta. Al dejar a un lado los sables de luz, las carreras de vainas y los misterios de la fuerza queda una idea: la del hijo contra el padre.

El primero de los padres.

El primero de los padres.

El padre como oposición

Tomando de forma resumida y superficial de la teoría psicoanalítica de Lacan, se puede entender a la figura de padre como la primera y más firme barrera que encuentra el infante a la hora de desarrollarse. El niño no tiene conciencia de sí mismo ni de su madre por separado, esto es, para él son solo uno. No es hasta que se da el “no” del padre que esto cambia.

Se entiende ese “no” como la forzosa separación de identidad entre el niño y la madre. El padre le dice al niño que la madre no es él y, además, que la madre no es “suya”. Este “no” constitutivo ayuda a generar una identidad propia. Pero al mismo tiempo aparece en un estado esencial de privación: al infante siempre le va a faltar algo que le ha sido negado por la figura del padre.

Este estado genera dos reacciones: deseo y rivalidad. Respecto a lo primero, el niño sitúa a la madre como objeto de deseo virtualmente inalcanzable. En tanto a la rivalidad el padre aparece por un lado como una figura a imitar y, al mismo tiempo, como una figura de autoridad a la que superar y, finalmente, destruir. Es el padre quien tiene acceso al objeto deseado: duerme con la madre, vive con la madre, etc. Por ello el infante tiende a pensar en él como una figura de autoridad a la que seguir. Para alcanzar el objeto de deseo el padre debe ser superado. Es entonces cuando el hijo tendría el camino libre para acceder al objeto de deseo.

Star Wars es, esencialmente, un diálogo continuo entre este hijo que convive con una carencia inherente y su impulso de destruir y seguir al padre.

Obi-Wan, la figura principal de oposición para Anakin.

Obi-Wan, la figura principal de oposición para Anakin.

La trilogía precuela

En la trilogía precuela (Episodios I, II y II) el papel del hijo corresponde a Anakin Skywalker. La evolución del personaje se ve, por un lado, cuando este vuelve a buscar a su madre en contra de las sugerencias de los jedi. Es entonces donde tiene lugar la escena de Anakin asesinando a toda la tribu, niños incluidos, de los responsables de la muerte de su madre. Ahí tiene lugar el primer golpe a la psique del personaje.

Anakin pierde su objeto de deseo, pero el efecto del mismo no desaparece. Con la muerte de la madre el deseo por ella queda en un segundo plano, como un fantasma que va a perseguir al personaje durante el resto de la historia. Tras eso Anakin crea un segundo objeto de deseo que reemplaza a la madre: Padmé Amidala.

Anakin no tiene padre porque nació por influencia directa de los midiclorianos. El papel del padre queda vacío hasta que es ocupado por un joven Obi-Wan Kenobi, que tiene que encargarse de criar a Anakin tras la muerte de su maestro.

En este sentido, Obi-Wan actúa igual que la figura del progenitor: alguien a quien imitar y más tarde superar. Esta situación estalla al final de la trilogía, cuando Obi-Wan visita a Padmé para hablar sobre Anakin. Esto hace enloquecer al joven, viendo viable una posible traición. Obi-Wan aparece entonces como la última barrera entre él y el objeto de deseo. Y todo estalla.

Primero el “eras como un hermano para mí” de Obi-Wan, que es la declaración de alguien que no ha entendido nada. En segundo lugar el “¡Te odio!” que Anakin grita a Obi Wan, como un adolescente enfadado con su padre. Solo que, en este caso, tanto el padre como el adolescente tienen sables láser.

La primera trilogía acaba con el conflicto irresoluto, pero se proponen las claves para la segunda. Anakin pierde su segundo objeto de deseo, es incapaz de derrotar a la figura paterna y se da una traslación del objeto de deseo sexual, Padme, al deseo sublimado que supone el control de la República/Imperio.

A ver si lo adivinas, Luke.

No era tan difícil darse cuenta, Luke.

La trilogía original

En la trilogía clásica se observan dos líneas de acción. Por un lado la que no queda resuelta en la trilogía precuela entre Obi-Wan y Anakin, que termina cuando finalmente Vader mata al viejo jedi. En ese momento Vader deja de ser el hijo y ocupa la posición del padre. Ha superado a su progenitor y tiene acceso al objeto de deseo, el control total de la galaxia, que actúa como una sublimación de los impulsos del Anakin en los tres primeros episodios. Tras esto, se encuentra la línea entre Luke y Vader.

Luke es un personaje relativamente plano hasta bien avanzada la trilogía. Al principio se presenta como el hijo adoptivo de un granjero que, sencillamente, quiere vivir aventuras y ayudar a los demás. El personaje no empieza a ser interesante hasta que no es contrapuesto directamente con Vader. Hasta que no se replica el diálogo padre–hijo y Luke queda vinculado personalmente con toda la trama. Todo el desarrollo posterior es relativamente sencillo: Luke y Vader luchan por el acceso al control de la República-Imperio, objeto de deseo en posesión de Vader. Al final el hijo supera al padre.

Es también curioso que esta superación se da a través de la traición de Vader hacia el Emperador, el único que podría haber representado una barrera entre él y el control de la República-Imperio. Finalmente, de forma directa o indirecta, Luke mata al padre y toma el papel de último gran jedi.

La primera protagonista femenina de la saga (lo sentimos, Leia).

La primera protagonista femenina de la saga (lo sentimos, Leia).

El lado femenino de la fuerza

La nueva trilogía parece romper ligeramente con este diálogo, pero en realidad sencillamente se traslada a otro lugar. La protagonista, por primera vez, es una mujer.

Una mujer como protagonista significa el primer momento en seis películas en el que el personaje femenino no es representado como un mero objeto de deseo. Este hecho es evidente en esos momentos cómicos en los que Rey no se deja agarrar de la mano para huir o cuando es ella la que tiene que salvar al ex-stormtrooper de una muerte segura a manos de Kylo Ren.

Sin embargo, el choque padre-hijo se hace completamente explícito con Kylo Ren y Han Solo. Las motivaciones del caballero de Ren son aún poco claras. Pero atendiendo a lo contado en el libro publicado en inglés sobre la película, Kylo Ren sufrió un duro golpe al enterarse de que Han Solo no era el héroe de guerra que todo el mundo decía, sino un contrabandista al que las circunstancias arrastraron a la acción. Se puede entender el personaje de este nuevo proto-sith, una vez más, como la respuesta de un hijo frente a un padre que debe ser superado.

La duda es cómo seguirá la trilogía. El nuevo conflicto entre padre e hijo termina en la primera película, a diferencia de en el resto de trilogías. En ellas el grueso de la relación estallaba en la última entrega. Queda así un primer vacío de conflicto en la actual de la saga. Se verá si tal vez Luke o el maestro de Kylo Ren son capaces de llenarlo. Y, sobre todo, habrá que esperar para ver cuál es el nuevo objeto de deseo.

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