Dalí en uno de esos alardes de magia y raciocinio a partes iguales, al ser preguntado por qué obra salvaría del Museo del Prado en el caso de que este se quemase, dijo así: «Me llevaría el aire, y específicamente el aire contenido en Las meninas de  Velázquez».

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‘Las meninas’ de Velázquez

Tan genuina y grandilocuente reflexión me permitió divagar sobre qué respondería, en el supuesto de que alguien en un desconcertante ataque de atrevimiento supino, le preguntara a mi humilde desconocimiento sobre qué rescataría yo en aquel supuesto.

Un poco por llevar la contraria, y otro poco por el maniático ataque de llevar la razón, pensé que puestos a rizar el rizo, me quedaría con la majestuosidad concatenada en los segundos antes de la muerte del general Torrijos. La obra del malagueño Antonio Gisbert relata con magnífica fidelidad el terror que supone ver cómo la muerte espera apresada en los instantes que los ejecutores se toman para darte caza.

El Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga enmarca el punto más tétrico y despreciable de nuestra historia reciente, ya que eleva a la cúspide de la decepción y la intransigencia al que pertrechó aquel magnicidio: Fernando VII. Con aquel fusilamiento los últimos estertores del Trienio Liberal llegaron a su fin, y con él toda esperanza de dibujar –quién sabe- una España mejor.

Aquellos años fueron momentos de júbilo y de tristeza, un oxímoron que dio cabida a la desazón y la deshonra para un pueblo que se sintió engañado -una vez más-, por uno de sus dirigentes. Lo que comenzó como un festín sin fin en el horizonte, acabó por desangrarse a los pies de aquellos Cien Mil Hijos de San Luis, que aniquilaron con su paso firme todo atisbo de libertad, reinstaurando el denostado y desfasado absolutismo.

Rafael de Riego, padre de aquellos aires de cambio, fue uno de los primeros que pasaron por patíbulo para ser ahorcado y degollado. Su nombre se cinceló en el recuerdo, junto con otros batalladores hijos de la justicia, que se apilaron en la memoria de aquel que quiera entender el porqué de muchos lodos.

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‘Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga’, de Antonio Gisbert Pérez

La historia que hoy se retrata en infinidad de letras trata de recoger algunos hechos y nombres que bregaron por la integridad del bien, con el único fin que el de tener a la ética como exquisito baluarte. Más incluso, cuando al frente de la batalla se encumbra a la mujer, como partícula oprimida y que comienza a deslavazarse en estos tiempos de cólera inauditos para la igualdad del ser.

A Riego se le unen nombres como Juan Martín Díez «El Empecinado», el propio general Torrijos o la ilustre granaína Mariana Pineda. Las palabras y la estela de esta incasable luchadora fueron aplacadas muy  pronto, cuando apenas contaba con veintiséis años de edad. Su voz fue  enjaulada por la fáctica barbarie de la Década Ominosa.

Pineda fue apresada el 18 de marzo de 1931. Sesenta y nueve días más tarde de su detención, el 26 de mayo de 1831, es ejecutada sin dignidad y a los pies de aquel aquelarre opresor, que creyó oportuno castigar con la muerte a la muchacha. Su culpa: haber mandado tejer a las hermanas del Albaicín, una bandera de seda morada en la que se plasmara un triángulo verde en el centro con las siguientes palabras a sus lados: «Igualdad», «Libertad», «Ley».

Tal encargo fue detenido por la propia Mariana al comprobar que el cerco se blandía sobre ella. Una de las hermanas, que mantenía una relación con uno de los sacerdotes, fue la que deslizó su lengua de forma excesiva con su amante, hasta el extremo de que el comentario llegó a los execrables oídos de Ramón Pedrosa, juez de la ciudad. Este ordenaría que el trabajo de las tejedoras fuera entregado a la liberal, con el fin de que esta tentativa sirviera de pretexto judicial para conducirla al cadalso.

El final, que resulta excesivamente triste y desangelado, sirve a toro pasado para encumbrar la imagen de lo que hemos de ser y no conformarnos con el absurdo deseo de querer serlo, porque en esta vida solo se vive a base de sueños y qué mejor forma de morir en alto que imponiendo nuestros deseos ante cualquier espectro aterrador que nos impide alcanzarlos.