De sangre se vacían tus pulgares
al presionar sin ambages los lugares
que rindieran homenaje
al instrumento de tortura,
censor de las amarguras,
clavando fuerte las uñas,
y aún más fuerte la cintura,
en un yermo enajenado:
muy humano,
demasiado;
pues destila el aguardiente de la resaca del diablo.
Y yo callo,
de oxígeno privado y sin embargo aliviado,
en el Jardín de las Delicias,
deliciosamente frío,
ah,
ah,
…,
y deliciosamente ahorcado.

