De la misma manera que en la arquitectura de los años 50 se hablaba de forma y función, en el futuro se conocerá a esta generación como la de la adaptación energética. El grueso de la arquitectura actual pasa necesariamente por recuperar y adaptar espacios a las exigencias (auto)impuestas de hoy día. Quizá el ejemplo más conocido sea el de la rehabilitación de edificios completos para cumplir las nuevas exigencias energéticas relacionadas con el ahorro y aprovechamiento de energía, o el de recuperar edificios singulares con un cierto recorrido histórico para dotarles de una nueva vida.
Aún así debemos también tener en cuenta que los edificios singulares no deberían ser solo religiosos o de una antigüedad mayor de cien años -por poner un ejemplo-, sino que también quedarían incluidas piezas arquitectónicas de carácter más reciente.
Para el grueso de la población la palabra «patrimonio industrial» queda muy lejana. Normalmente la palabra patrimonio se asocia a elementos más apreciados por su valor cuantitativamente histórico que por sus cualidades matéricas y espaciales. La ruina industrial queda en segundo plano respecto a la histórica, sin saber muy bien por qué, aun conociendo la riqueza espacial y dimensional que tiene la primera.

Un paisaje no es sinónimo de naturaleza ni medio ambiente. Este término es bastante más amplio. Se podría definir como el producto de la acción que el ser humano tiene en el entorno próximo en el que se asienta. Un proceso que transforma formalmente un lugar, dando como resultado un paisaje diferente en cada zona, determinado según multitud de factores como pueden ser las costumbres, tradiciones y formas de vivir de la sociedad asentada.
El paisaje a partir de la revolución industrial se ha ido homogeneizando de tal manera que en muchos sitios sería difícil localizar el lugar sin leer los carteles, únicamente fijándose en la configuración de las calles. Se apuesta ahora por una diferenciación local del paisaje, realzando y potenciando el carácter único que posee cada zona.

Las superficies de la Tierra en las que el ser humano ha intervenido son salpicadas por numerosos ejemplos de paisajes industriales que han quedado en desuso, abandonados. Sin embargo, poca gente repara en ellos, y menos aún les otorgan el valor que merecen. Por suerte últimamente se está presenciando un movimiento dentro de la arquitectura que se encarga de volver a dar una segunda vida y protagonismo a estos fantásticos espacios utilizando como vía de actuación cualidades materiales parecidas y un lenguaje formal similar al que tenían originalmente.
Conjugar historia y contemporaneidad
La recuperación de estos vacíos está caracterizada por una marcada estética industrial. El uso de materiales como el acero y hormigón son comunes, como también así los grandes espacios diáfanos, anchas luces y elevadas alturas. Por otro lado se crea un punto de contraste al dotar a estos nuevos ámbitos de usos diametralmente opuestos a los que contaban en sus orígenes. La tendencia actual es recuperar antiguos edificios para convertirlos en centros de arte -no necesariamente contemporáneo-, sin embargo hay ejemplos de transformación de lugares de carácter industrial en zonas de paseo, ocio o incluso residenciales.
España cuenta con varios ejemplos de recuperación industrial, como las intervenciones en el conjunto del Matadero de Madrid, la recuperación de la antigua fábrica minera en Peñarroya-Pueblonuevo, Azkuna Zentroa en Bilbao o Tabakalera, el centro internacional de cultura contemporánea de San Sebastián.

De la misma manera, los ejemplos internacionales se suceden hasta copar una gigantesca lista. En este aspecto se pueden destacar dos ejemplos diferentes entre sí como son la recuperación del trazado del antiguo ferrocarril que atravesaba la franja oeste de Manhattan, más conocido como high line, y la regeneración de un dique que se ha convertido en el Museo Marítimo de Dinamarca ubicado en Helsingør por el estudio de Bjarke Ingels, BIG.

También hay obra nueva que se adecúa al entorno mediante una marcada estética industrial. Tal es el caso del proyecto de Renzo Piano para la nueva sede del Whitney Museum, el cual se trasladó en 2015 a esta nueva sede jubilando así al característico zigurat de Marcel Breuer que había servido de contenedor de la colección Whitney durante unos sesenta años y que hace unos días reabrió como nueva sede de la colección de arte contemporáneo del Metropolitan Museum of Art, cambiando su nombre además a The Met Breuer.

La propuesta de Piano se encuentra también en el oeste de Manhattan, concretamente en el Meatpacking District y al comienzo del high line, elevándose sobre él como si de una gran fábrica se tratase. El blanco volumen conjuga en su forma gran cantidad de referencias a la arquitectura fabril como por ejemplo el uso de materiales prefabricados, dejar las grandes instalaciones vistas, cubierta en dientes de sierra y uso de espacios de planta libre con grandes dimensiones en el interior.
Viendo el rumbo y la evolución que la profesión está tomando en los últimos años es ingenuo pensar que la arquitectura se deba seguir ejecutando de la misma manera que en estas décadas. La identificación y potenciación de los espacios localmente singulares es la directriz en la que se deba actuar en la arquitectura del futuro inmediato.

