El libro es un agente patógeno de primera categoría. Entre las enfermedades que produce, la bibliofilia es de las más temibles. Uno de los principios activos de la bibliofilia es el fetichismo, que necesita del exhibicionismo como excipiente para llegar a donde quiera llegar el sedicente bibliófilo o enfermo de libros. El fetichismo más común entre coleccionistas es el que anima desmesuradamente a poseer la primera edición impresa de un texto. La patología de la primera edición permite adivinar que el bibliófilo así enfermado, en ocasiones, es una persona obsesionada por las fechas y no por el texto. Tras casi treinta años dedicado a vender libros antiguos o importantes, mayormente impresos entre 1463 (Tomás de Aquino) y 1983 (Sol solet, Edicions de l’Eixample) he recopilado un vademécum extenso de anécdotas que permiten corroborar lo extendida que está la enfermedad, y algunas curas posibles.
En el gremio de los bibliófilos de nivel mundial se suele catalogar exageradamente el libro de sir Isaac Newton titulado Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica (Principios matemáticos de la filosofía natural) impreso en Londres en 1687 como el más importante de la historia de la ciencia. No se usa la palabra «exageradamente» de manera aleatoria, pues los anglosajones son muy de barrer para casa en cosas de lo fundamental y prefieren que el de Newton sea más importante que los libros de Copérnico (polaco, 1543) o Galileo (italiano, 1632) o Descartes (francés, 1637). En su día, el libro de Newton fue un fracaso de ventas porque era difícil de entender y porque estaba lleno de errores. Es más, cuando el director del Trinity College de Cambridge le dijo a su científico estrella que era el momento de poner orden en el desbarajuste de la primera edición con la intención de preparar una segunda se encontró con a) que hacia 1709 todavía quedaban ejemplares de la edición de 1687 en las librerías y b) que había unos setecientos errores matemáticos que corregir. El matemático Roger Cotes fue el encargado de hacer que la segunda edición resultara «auctior et emendatior» y, además de corregir errores matemáticos cuyo descubrimiento molestaron mucho a Newton, invitó insistentemente a que el autor redactara de nuevo un «escolio general» que enunciara con precisión definitiva la teoría de la gravitación universal. Así, solo en 1713 quedó resuelta la proposición que dio fama a Newton y le hizo exclamar: «Dios no padece el movimiento de los cuerpos celestes; estos no hallan impedimento en la omnipresencia de Dios». No obstante, el coleccionista de libros prefiere siempre, y sin dudar, la primera edición de 1687 a la de 1713, y eso lo saben de memoria los vendedores, que en 2010 pedían doscientos cincuenta mil euros por la primera edición y veinticinco mil por la segunda.

Son casi infinitos los libros que en la primera edición presentan textos corruptos y alejados de lo que querían decir los autores y —antes que Newton— Shakespeare o Cervantes sufrieron la incuria de los tipógrafos. ¡Qué más da! Parece que la obsesión por la primera edición crezca en el bibliófilo de manera inversamente proporcional a cuán decepcionante es la calidad del texto. Para el que compra, como para el que vende, lo importante es tener la primera edición, aun sabiendo que en Cervantes, como afirmó el infalible Francisco Rico: «La más grave lacra de la princeps es la formidable cantidad de erratas […] no hay especie de gazapo que no tenga su asiento en el Ingenioso hidalgo de 1604». Se sabe, además, que el autor usó los «pulgares» para corregir la maltrecha edición de 1604 y que la de 1605 es más mejor. Con esto, «la certeza de esa intervención —culpable de que una tercera parte del libro no pudiera reproducir la princeps a plana y renglón, con el lógico aumento de costes— concede al volumen de 1605 un valor que en los últimos tiempos no ha solido reconocérsele». En 2008, un estadounidense me llamó desde el yate en el que veraneaba por el Mediterráneo para ofrecerme tres millones de dólares si le encontraba la primera tirada de la primera edición del Ingenioso hidalgo. No pude contentarlo, como es sabido, y le dije que si quería una edición de 1605 de las impresas en Valencia, que tienen el texto algo más limpito, por mucho menos le decía dónde podía conseguirla. Ni por esas, el magnate de los electrodomésticos quería el texto de 1604. Entonces recordé un detalle extrabibliofílico pero filológicamente relevante, siempre de la mano de Rico: el texto —sí, el texto— de la edición del Quijote de 1604 se reprodujo en la edición de Barcelona de 1704, que fue la primera que tuvo a la vista la de 1604. No hubo manera, solo la primera me hubiera abierto las puertas de la riqueza; por el contrario, una edición de 1704 se arrastra por los libreros amigos desde 2010, y eso que estarían dispuestos a darla por menos de tres mil euros.

Para demostración de que no solo entre los libros millonarios se extiende la obsesión por la primera edición, recuérdese que en una colaboración anterior en Le Miau Noir se hablaba de que Einaudi se vio obligado a poner en la cubierta de la segunda edición de La crisi della civiltà de Huizinga la frase «seconda edizione migliorata». La razón no era solo mejorar el texto, sino hacer digerible entre los intelectuales italianos un texto que se les había atravesado por considerarlo decadente. Huelga decir que el texto se convirtió en Italia en lo que se llama un longseller, que en 1962 disfrutaba todavía el honor de verse arropado con un prólogo de Delio Cantimori («historiador marxista» para algunos) y que Einaudi se permitió hacer en 2015 una reproducción anastática no venal de la edición de 1938, de la «migliorata», no de la primera de 1937. Los coleccionistas de hoy pagan cien euros por la primera edición y dejan sin vender decenas de ejemplares de la segunda, de la «mejorada», a apenas diez euros. El 15 de enero de 1944, los aliados no habían llegado a Monte Cassino y las tropas nazi-fascistas controlaban más de la mitad de Italia. Ese día una joven compró un ejemplar de la edición de 1538 de La crisi de la civiltà del decadente Huizinga y la regaló con esta dedicatoria: «A suo padre, la figlia delinqüente» [véase ilustración]. Hasta los libros decadentes proponen resistencias dignas de mención, con independencia del número de edición; es suficiente que el texto, y los llamados paratextos, tengan algo que decirnos.
Una última curiosidad. Del mismo modo que una errata en un libro científico puede llevar a que los satélites se estrellen porque el error ha llevado al científico a no medir bien la gravitación universal (porque supongo que es medible), es sabido que una errata en un libro de medicina puede resultar mortal. Jacob Ruf publicó en 1558 un libro fundamental sobre la ciencia obstétrica: De conceptu et generatione hominis. Un lector de por aquellos años se entretuvo en corregir y comentar el texto a mano en el ejemplar que se fotografía al margen. Lo que dejó manuscrito no eran opiniones, sino enmiendas a las dosis con las que se deben suministrar los medicamentos. El libro se reimprimió en 1587 con las fórmulas y los medicamentos tal y como se habían, mal impreso, en 1558: es posible que las correcciones manuscritas fueran posteriores a 1587, pero de lo que no cabe duda es de que si el bibliófilo quiere salvar la piel y la biblioteca, le conviene no comprar la primera edición e ir a buscar las que tienen la medicación y los textos como mandan los cánones. Pero de los que manuscriben en libros impresos hablaremos más adelante.

