LA TERCERA ESPAÑA: ESA INCÓMODA VOZ
Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, dos de las tres Españas te helarán el corazón. Probablemente sea la conclusión a la que se llegue cuando con criterio objetivo un habitante de este país mire al espejo de la historia. La de los últimos cien años.
Corre el año 1936. Se puede decir sin miedo a equivocarse que “la cosa en España está calentita”. El gobierno de la república es el juego de la Jenga. Basta que uno de los bandos haga un movimiento en falso para que hordas de rojos y catervas de fascistas calen bayonetas. Evidentemente salta la chispa. El Teniente Castillo y Calvo Sotelo son el fósforo deseado. La excusa que necesitaban para ajustar cuentas. Ya se conoce el resto de una película que duraría tres años de guerra y treinta y seis años de dictadura.
LOS PADRES HAN MENTIDO
Se puede preguntar si los padres de esta generación hubieran mentido. O quizás fueran víctimas de su propia propaganda, no teniendo otra forma de soportar la verdad que mintiéndose.
Es evidente que cada bando tuvo sus intelectuales que apoyaban y justificaban la destrucción del otro, pero coincidieron en una cosa: La tercera España debía ser destruida y borrada del mapa social. Ningún intelectual crítico con los dos regímenes debía hablar. Escritores como Cháves Nogales con su libro A sangre y fuego o Clara Campoamor con El voto femenino y yo: mi pecado mortal, eran una chinita en el zapato de los bandos. Un jugoso bocado al que hincar el diente. La izquierda y la derecha no estaban cómodas en su propio papel, eso era evidente.
Una inmensa Tercera España de 1936 permneció impasible cuando a Federico García Lorca lo llevaron a una cuneta y con alguna acusación del tipo “por rojo y por maricón” decidieron ejecutarle. Meses más tarde a Pedro Muñoz Seca lo fusilan “por fascista”. Hay algo más poderoso que las ideas, y son los hechos. Esa Tercera España acusaba directamente a las otras dos de lo que en gran parte ocurrió en la guerra civil: ejecuciones constantes y sumarias para poder crear su espacio vital en la piel de toro.

Fue Julián Marías el primero en acuñar este término en su libro Una voz de la tercera España (1939). Filósofo y ensayista de los más destacados en la segunda mitad del siglo XX. Es él quien ya habla de «los justamente vencedores y los injustamente vencidos» puesto que haciendo un análisis amargo de la contienda explicaba la fractura de España en dos bandos.
Rudyard Kipling escribió aquello de “If any question why we died, tell them, because our fathers lied”. Y es innegable una realidad como esta. Los padres mintieron. Muchos intelectuales han intentado hacer ver la triste realidad. Una realidad en la que personas de la talla de Melquíades Álvarez fueron capaces de defender en los tribunales a José Antonio Primo de Rivera, mártir falangista, y a Fernando de los Ríos, socialista convencido. Ese consumado odio antes, durante y después de la guerra no era más que de unas minorías dispuestas a negar lo que era evidente.
SILENCIAR SERÁ LA ÚNICA OPCIÓN
Y es que, la forma más rápida y limpia de acabar con la memoria de Salvador de Madariaga es negando su existencia. Ninguno de los dos bandos podía llevárselo a su terreno. Madariaga abiertamente en contra del régimen de Franco y luchador anticomunista nunca encontraría un hueco en la España en la que los comunistas politizaban la estética y los fascistas estatizaban la política. Ya en el exilio, Madariaga afirmaría sin miedo a equivocarse que había habido tres grandes problemas con los tres grandes Franciscos: Francisco Largo Caballero, Francisco Franco y Francisco Giner de los Ríos.
Salirse del relato canónico de las ideologías, a pesar de militar en ellas, es un Walk on the Wild Side en toda regla. Escritores como Arturo Barea tuvieron que lidiar mucho con este tipo de problemas. A La forja de un rebelde, uno de los mejores escritos después de la Guerra Civil según Gabriel García Márquez, se le negó la publicación en la editorial comunista de José Bergamín, ya que no era “la realidad oficial”

Reivindicar a los estos personajes de la Tercera España tenía el mayor de los riesgos, puesto que fuera cual fuera el bando que escuchase su enaltecimiento, iba a ser duramente represaliado.
Habría que preguntar por qué esta España que fue mayoritaria durante los años 30, ha empezado a aflorar de forma muy posterior. Políticamente hablando, Niceto Alcalá Zamora encarna ese deseo de apartar la bipolarización de España, un intento infructuoso de hacer de árbitro en el duelo a garrotazos que iba a dar comienzo. No estaría de más saber qué es lo que pasó con el presidente de la Segunda República. Nada. Esa sería una definición que se aproxima bastante, puesto que incomprendido en la república y exiliado tras la victoria de los nacionales, ha empezado a revivir de una forma más sonada en los últimos años.
Trabajos de investigación como la biografía-documental “Alcalá Zamora: La Tercera España, o la biografía que escribe Gil Pecharromán: Niceto Alcalá-Zamora. Un liberal en la encrucijada, alventan la memoria de todos estos luchadores y luchadoras.
https://www.youtube.com/watch?v=jYeMi2sEZIQ
Se debe partir desde la base de que si hubieran contado la realidad de lo sucedido en la Guerra Civil, las heridas creadas hubieran cicatrizado, si no en su totalidad, sí en un porcentaje bastante elevado. Son ya cuarenta años desde que llegó la democracia a España y ese tercer punto de vista siguen siendo palabras mayores. Leer a personajes como a Gregorio Marañón, a Ramón Pérez de Ayala con Política y Toros (1918) o a José Ortega y Gasset sería un buen comienzo para encauzar la ruta, pero es necesario un gran ejercicio de abstracción y despojar de cualquier resto de ponzoña recelosa o sectarista.
Tener en un segundo plano político a hombres como Miguel Maura y su tan interesante proposición de la Dictadura Nacional Republicana; a Diego Martínez Barrio o a Melchor Rodríguez García no hacen más crear neblina histórica.
LA INNECESARIA NECESIDAD DE UBICAR
Y qué si Ramón J. Sender luchó en el bando republicano en la Guerra Civil. Sin ningún problema habló de una forma crítica contra la Segunda República en Viaje a la aldea del crimen. Pensar que era “más español” Manuel Machado que Antonio Machado es un error en la búsqueda de un siniestro patriotismo. Sí discutir sobre quién tenía una calidad literaria mayor es lo lógico y lo constructivo. Una necesidad de encuadrar a Josep Pla políticamente solo será ponerse la venda en los ojos de la calidad literaria. Es posible que se tenga miedo por estar equivocado en algo que creemos tan personal, pero no es deshonroso. Jurar la bandera de la biblioteca fue la cruz que tuvieron que arrastrar durante toda su vida. Si alguien no quiere leer los Diarios españoles de Carlos Morla Lynch porque le pueda resultar incómodo, claramente tiene un serio problema. O qué puñetas, llamen a algunos de cantantes de copla y toreros fachistas redomaos, que puede que se caguen en sus mulas.


