París, la ciudad del amor. Ciudad de puentes infinitos, de cinéfilos, de escritores, de pintores, pero sobre todo, la ciudad de Oliveira y la Maga. Sus calles se presentan al visitante como las hojas de Rayuela al lector. El ambiente parisino descrito en la novela de Cortázar pervive aún hoy en cada rincón por el que la Maga y Horacio se perdían en ríos metafísicos.

Lara Peiró Ruta Rayuela

Lara Peiró

Comienza el camino y es inevitable preguntarse si en algún momento aparecerá la Maga. Cuestionarse dónde empezar la búsqueda. “¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti…” Desde este pasaje se vislumbra su pont. Y es allí donde “su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el petril de hierro, inclinada sobre el agua…”

Ni rastro de la Maga, quizá oculta entre las expresiones más cursis del amor. Sin embargo, recorrer el puente tiene una dulce recompensa. Al pie de sus escaleras, en la otra orilla del Sena, espera un carrito de Crepes y vale la pena hacer un alto en el camino, endulzar la espera y admirar el Museo del Louvre. Tras recorrer sus vitrinas se debe seguir disfrutando de la ruta de Rayuela.

Lara Peiró

Fotografía: Lara Peiró

A veces se olvida que Rayuela es una historia de encuentros casualmente buscados. Por esas casualidades, el deseo de encontrar a la Maga en este París guía los pasos hasta el Pont Neuf. Al cerrar los ojos, cualquiera puede ver la sombra de Horacio y Lucía después de quererse, de olvidarse del mundo, de pelearse y volverse a querer, como sólo dos cuerpos pueden hacerlo. En esa ensoñación la brisa arrastra sus ecos. “Despertémonos -decía Oliveira alguna que otra vez. -Para qué -contestaba la Maga, mirando correr las péniches desde el Pont Neuf-. Toc, toc, tenés un pajarito en la cabeza. Toc, toc, te picotea todo el tiempo, quiere que le des de comer comida argentina. Toc, toc.”

Rayuela, el amor no se elige

Su hora era la noche y justo en la Notre Dame se encontraron en uno de sus paseos nocturnos. Cerca de allí, en la Rue du Sommerard, vivía Horacio escribiendo sobre nada y sobre todo, sobre ríos, sobre ella o sobre él. Unas manzanas más adelante, en la Rue de Valette, se dio el primer encuentro físico de la pareja. Hacen el amor como si música improvisada fuera, en habitaciones de tres al cuarto de pensiones parisinas.

Al final de la Rue de Valette se encuentra el Panteón y la Sorbona. Entre cuestas y calles estrechas y empedradas, algunas llenas de tur

Lara Peiró

Fotografía: Lara Peiró

istas, otras desiertas, uno se va dando cuenta que busca a una mujer inventada. Y entonces el camino continúa hacia la Rue Monsieur Le Prince, porque puede que allí aparezca de golpe.

Quizá se haya reunido el Club de la Serpiente en la Rue de Babylone y allí esté ella, con alguna ocurrencia preparada o amenizando la velada con sus cantos. O puede que esté cuidando de su hijo enfermo en un intento fallido por hacer de madre.

Deambular por las calles de esta ciudad de la mano de Cortázar es empezar una ruta con muchos principios y muchos finales. Una visión distinta que ofrece Rayuela como guía de París a los empedernidos de la literatura. Un juego de cíclopes, una mano que dibuja sonrisas y un azar que no se debe comprender.

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