La limusina circula como si fuera la dueña de las calles de Chicago. Lo es, de hecho. En la parte de atrás, Fats Waller tiene la mirada clavada en la moqueta color granate que cubre el suelo del coche. No mueve un músculo ni siquiera para respirar. Los gotarrones de sudor descienden por su espalda, fríos como la nieve. Con el rabillo del ojo, observa intermitente a los dos hombres que le rodean. No alcanza a ver sus rostros, pero el revólver empuñado por la pálida mano de uno de ellos le inquieta profundamente.
Es 1926, y si cuatro hombres blancos emboscan a un negro, le apuntan con un arma de fuego y le obligan a montarse en un coche, la esperanza de vida de ese negro puede verse acortada peligrosamente. Eso mismo debe pensar un Fats Waller de tan solo 21 años, cuando el coche se detiene y el cañón de ese mismo revólver le apunta directamente a la cara, mientras sus captores le espetan que se apure a bajar.

Fats obedece y les sigue hacia la entrada de un establecimiento cuyo letrero luminoso reza «Hawthorne Inn». La noche es profunda en East Cicero, y por la cabeza del pianista desfilan toda clase de trágicos pensamientos. Al otro lado de la puerta, un vestíbulo abarrotado. Ni una mujer sin una copa de champán en la mano, ni un solo hombre sin un habano entre sus labios. El joven Fats no tarda en darse cuenta de que se trata de una fiesta de la Mafia.
Ni una mujer sin una copa de champán en la mano, ni un solo hombre sin un habano entre sus labios
El grupo avanza por la sala con la permanente y sutil presencia de la pistola tras la espalda del pianista. Se oye la jubilosa aclamación de unos pocos asistentes, que reconocen en el joven asustado al famoso pianista de stride, aunque en general su presencia pasa inadvertida como la de cualquier camarero, botones, mozo, ascensorista o músico negro.

Llegados a un piano vertical situado junto a las mesas, se detienen.El mismo hombre de la pistola señala el piano, y a continuación señala a Fats. «Toca», le ordena, y entonces el joven suspira aliviado. «No vas a morir esta noche, Fats. Solo quieren que toques». Se acomoda frente al piano, al tiempo que un viejo camarero irlandés le sirve un vaso de Old Grand-Dad Bourbon y deja la botella sobre el piano, al alcance de las rápidas manos de Fats.
«No vas a morir esta noche, Fats. Solo quieren que toques»
El pianista coge el vaso y da un sorbo calmadamente infinito, lo que provoca la risotada de algunos de los tipos más peligrosos de Chicago, que celebran la bravuconería de ese negro. Cuando las manos de Fats Waller entran en contacto con las teclas, cesan las burlas. El piano es su hogar, y el bourbon su combustible. La fiesta es suya.
Cuando acaba de tocar la primera pieza, una ovación resuena sobre la de los demás. Fats dirige su vista hacia la que parece la mesa presidencial de la celebración y ve a un tipo rodeado de señoritas de buen ver, aplaudiendo y gritando como un poseído. Tres vistosas cicatrices recorren el lateral izquierdo de su rostro. Así es como Fats acierta resolver que su rapto no es más que el «regalo sorpresa» del capitoste Al Capone por su vigésimo séptimo cumpleaños. Este susurra algo al oído de uno de sus esbirros y le entrega un billete de cien dólares, que acaba depositado sobre el piano que toca Fats.
Duerme apoyando la cabeza sobre la dura tapa del piano
Durante tres días y tres noches, un Fats Waller zombificado toca y canta su repertorio en bucle, bebe carísimo champagne añejo, come exquisitamente y duerme apoyando la cabeza sobre la dura tapa del piano. Entre tanto, sus bolsillos se llenan de las generosas propinas de Al Capone y sus acólitos.

Tres días más tarde, un hombre agita el brazo de Fats, que se despierta con la lengua pegada al paladar y los ojos hinchados. Con andares pesados, es conducido de nuevo por el vestíbulo, ahora vacío, hasta la salida. Allí le espera la limusina negra y los cuatro mismos matones que le asaltaron tres días antes a la salida del Sherman Hotel. Un sol naciente deslumbra al joven Fats, impidiéndole pegar ojo, mientras la limusina enfila su rumbo a la Ciudad del Viento.

