Pocos realizadores son capaces de generar tanta expectación alrededor de sus creaciones como Quentin Tarantino. El director ha conseguido crear un imaginario cinematográfico muy particular a lo largo de una trayectoria coherente y leal a su propio estilo desde Reservoir Dogs (1992), su ópera prima, hasta Los odiosos ocho (The Hateful Eight, 2015), su último trabajo recientemente estrenado.

Pese a esa senda continuista que sigue su cine, Tarantino es capaz de sortear la repetitividad y el agotamiento, planteando un doble desafío al espectador. Por un lado, el nivel de fidelidad a su obra, a sus ocho películas, dato expuesto megalómanamente en los títulos de crédito de su último film. Por otra parte, el espíritu cinéfilo del seguidor fruto de su propia cinefilia como director, puesto a prueba a través de la fuente inagotable de referencias cinematográficas a las que su cine se adscribe.

En este sentido, Los odiosos ocho viene a completar la propuesta iniciada en Django desencadenado (Django unchained, 2012), donde el cineasta ofrecía una particular versión del western crepuscular de los años 60, momento del género en el cual la simbología caía junto a mitos y héroes.

Ambos filmes conforman una especie de díptico contemporáneo del género en su fase más depresiva, con el que Tarantino reivindica la figura de directores como Sergio Leone, Sergio Corbucci o Sam Peckinpah, y de películas como Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964), El Gran Silencio (Il grande silenzio, 1968) o Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1969). Aunque sin olvidar, como bien hizo el cine del que es deudor, los rasgos de los que parte el género en su manifestación clásica.

Movimiento, tensión, caos

De esta forma Tarantino plantea en Los odiosos ocho un viaje por el propio western. Un recorrido que arranca a través del movimiento real, propio de la etapa más primitiva del género, cuando una diligencia encabezada por el cazarrecompensas John Ruth (Kurt Russell) se dirige hacia Red Rock para entregar a la justicia a la fugitiva Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh). En el camino se incorporarán otro cazarrecompensas, Marquis Warren (Samuel L. Jackson), y el sheriff Chris Mannix (Walton Goggings), extraviados ambos en la inmensidad de los parajes nevados de Wyoming.

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Una gran ventisca sorprende a los protagonistas, refugiándose en la mercería de Minnie, donde esperarán el paso del temporal junto con otra diligencia ya asentada en el lugar. La película accede a un espacio interior para no volver a salir. El viaje cobra otra dimensión. La sombra de cines como el de John Ford desaparece junto con el paisaje. El film se teatraliza, para lucimiento de un Tarantino experto en la construcción de tiempos muertos a través de la conversación.

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El diálogo, junto con el incesante sonido del viento que recuerda la imposibilidad de huida hacia el exterior, tensionará el ambiente en la primera parte de la trama. La opresión sometida a los personajes se desborda en su segunda mitad, cuando la lucha física destrona el poder de la palabra hablada. Momento en el cual la sangre se desparrama y la crueldad se sublima a través de una imagen que, evocando el mejor cine de Peckinpah, se ralentiza en el camino a la muerte de sus repulsivos protagonistas. Así, Tarantino orienta el segundo acto del film hacia la motivación esencial por la que explora el western. Hacia el encumbramiento de las formas crepusculares del género, legitimadas para exacerbar la violencia y consolidar la fatalidad.

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