Cuando se diserta acerca de la “literatura de lo desagradable” lo que el lector debe entender con este concepto es que una se refiere a aquellos libros que provocan una reacción de malestar. De incomodidad. Casi como cuando un niño se tapa los ojos ante una imagen cruel que ve por televisión. Y, sin embargo, sigue mirando por las cortinillas de los dedos.
Aristóteles describía el pathos en su Retórica como la fase de poner en disposición al oyente. Dice Vega Reñón que el pathos aristotélico no deja de tener una dimensión cognitiva pues supone considerar el estado del sujeto, el objeto de la emoción producida y el motivo de esta inducción.
Grecia, Ángelus y piojos
Estas sensaciones pormenorizadas por Aristóteles por supuesto llegan a la actualidad en diversas formas. Y lo que más puede resultar desagradable al lector es enfrentarse a la propia realidad social y a toda su crudeza. Sigue costando aceptar esas realidades.
Afrontar esto puede ser una tarea ardua, que acabe por convertirse en un montón de tierra tapando el auténtico significado. Como sucede con El Ángelus de Millet, que no era tal ángelus. Los campesinos, en lugar de orar por la cosecha, bajan sus cabezas lamentándose por el bebé que ha muerto.

Mo Yan es todo un exponente de la literatura más realista. Ganador del premio Nobel de Literatura en 2012, Las baladas del ajo conforman una muestra escalofriante de lo que sucedía en China al comienzo de la implantación del comunismo. Palizas a los campesinos, cosechas perdidas, ricos lucrándose del sufrimiento ajeno y gratuitas peleas del poder frente a los pobres. La historia de siempre.
En una de las celdas de prisioneros descansan Cuñada y Cuarta Tía. Cabe recordar que, tanto en zonas rurales como en zonas urbanas, en China la gente se dirige a los demás por el tratamiento que se tenga en la posición jerárquica familiar, según se indica en el prólogo de la obra.
Cuarta Tía exclama que hay piojos en las camas que ocupan las dos mujeres y: “se acercó la manta para someterla a un meticuloso análisis. Enseguida se dio cuenta de que aplastar los piojos uno por uno entre los dedos iba a ser un proceso muy lento, así que empezó a metérselos en la boca y a aplastarlos con los molares —carecía de dientes incisivos que realizaran ese cometido—, y escupía después los caparazones. Tenían un ligero sabor dulce, tan adictivo que enseguida olvidó su sufrimiento.”

No sería extraño que al llegar a esta página 218 uno leyera hasta al final y dejara caer el libro momentáneamente, con una mueca de disgusto.
Otro fragmento a destacar en la obra lo protagoniza una campesina embarazada y sin esperanzas de que su vida, sin recursos, mejore. Jinju, que así se llama, dialoga con el bebé que guarda en su vientre: “Cuando era como tú, mi niño, también quería salir y ver el mundo exterior pero, después de llegar aquí, me daban gachas para cerdos y comida para perros, y trabajé como un buey y un caballo juntos, me golpearon y me dieron patadas, tu abuelo incluso me colgó y me azotó con el látigo. ¿Todavía quieres salir, mi niño?”
Decidida, acaba ahorcándose para evitar así que el niño nazca y conozca toda la crudeza y miseria que le va a rodear en vida.
Lo desagradable y el hambre
Aquellos que no hayan leído Las uvas de la ira, absténganse de seguir leyendo, hay spoilers. La obra posee uno de los finales más impactantes de la literatura, un botón reluciente cuando ya se va agotando la vida de la obra. Coge al lector por sorpresa y acaba anegándolo en lágrimas.
Rose of Sharon acaba de tener un bebé y sus pechos contienen leche para alimentar a su hijo. Cuando un hombre enfermo, muerto de hambre, llega a la casa, lo único que puede digerir su cuerpo es precisamente sopa o leche. Sin embargo, no disponen de dinero para adquirir estos productos.

Madre ordena que todos abandonen la habitación y Rose se queda a solas con el hombre enfermo. Ante él, se descubre el pecho. “Tienes que hacerlo”, le insta. “Su mano le sujetó la cabeza por detrás. Sus dedos se movieron con delicadeza entre el pelo del hombre”. Y con esta descarnada escena que ilustra la pobreza más atormentada de ese sueño americano incumplido de la familia Joad, se cierra la página 654 de este ejemplar publicado por Alianza Editorial.
No debe sorprender que Steinbeck sea un maestro en bordar con hilo de oro sus finales. También lo logró en la magistral Al este del Edén. Y consiguió llevar al lector, o espectador, si se habla de la obra de teatro representada en Madrid en el “Teatro Español”, al más puro pathos con la cruda y realista obra De ratones y hombres.
Lo desagradable en el tremendismo de La familia de Pascual Duarte
Para concluir, cabe añadir el ejemplo de la novela La Familia Pascual Duarte del escritor gallego Camilo José Cela. La lectura de esta obra se acompaña de descripciones desgarradoras dentro de esta línea de realismo, en concreto el tremendismo, movimiento basado en lo grotesco y desagradable.
En estas líneas el narrador, el propio Pascual Duarte, describe el nacimiento y los primeros días de Mario, su hermano: “…vaya usted a saber si como resultas de la mucha sangre que tragó por lo del diente, la salió un sarampión o sarpullido por el trasero (con perdón) que llegó a ponerle las nalguitas como desolladas y en la carne viva por habérsele mezclado la orina con la pus de las bubas; cuando hubo que curarle lo dolido con vinagre y con sal, la criatura tales lloros se dejaba arrancar que hasta al más duro de corazón hubiera enternecido”.
Otro momento clave de la obra es el instante en el que Pascual mantiene relaciones sexuales con la que será su novia, inmediatamente después del funeral de su hermano Mario: “La mordí hasta la sangre, hasta que estuvo rendida y dócil como una yegua joven”. Algo parecido a cuando mata a su perra, al inicio de la obra, describiendo cómo la sangre oscura y pegajosa se expandía por la tierra
La tristeza empaña toda la obra, como el momento en el que se indica que la madre acuna a Mario y le lame las heridas. El bebé sonríe y, apunta el narrador, que quizás sea ese el único momento que le vio sonreír.
“Voy a continuar con mi relato; triste es, bien lo sé, pero más triste todavía me parecen estas filosofías, para las que no está hecho mi corazón: esa máquina que fabrica la sangre que alguna puñalada ha de verter…”, se lamenta Pascual Duarte.
Sangre, navajazos, media docena de amapolas como seis gotas de sangre, imágenes que pueden incluso recordar a Lorca, empapan la novela de Cela.
“En el agua negra,
árboles yacentes,
margaritas
y amapolas.
Por el camino muerto
van tres bueyes.
Por el aire,
el ruiseñor,
corazón del árbol”
Media docena de amapolas como seis gotas de sangre en el funeral de Mario. Pues a veces en lo desagradable también reside lo bello.

