Como sucede con toda metrópolis, Pekín nunca duerme. Es una criatura inmensa de pulmones heridos, carácter fascinante y ojos siempre abiertos, atentos al fluir de su organismo caleidoscópico. Sus arterias son la red de sus calles, surcada por un caudal de carne cambiante. Su cultura urbana resulta de las impresiones, vivencias y memorias de millones de personas.

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La vida diaria de un extranjero allí se asemeja al aprendizaje de un complejo ideograma: trazos que llenan los días y cuya lectura está llena de matices. Parte de esos trazos se escriben de día. Otros, sin embargo, se escriben de noche.

Guloudajie en una noche de verano

La estación de Guloudajie está en la línea 2, y la salida G es la más práctica para recorrer la larga calle que culmina en las torres de la campana y del tambor, a la que debe su nombre. Al igual que otras partes de la ciudad, Guloudajie ha cedido a la modernidad. Comercios originales y orientados a un público joven y urbano, como Vampire in Beijing, donde se vende plasma de caramelo al ritmo de Let Me Be Your Everlasting Light, las tiendas sin nombre de merchandising manga y ropa vintage y restaurantes y cafeterías con encanto.

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Quien se resigna a ello, no obstante, puede todavía encontrar la tradición que busca perdiéndose a propósito en el entramado de hutongs en el que los locales, a pesar de todo, continúan residiendo. Aquí siguen los negocios abigarrados de propósito misterioso y dueños que hacen vida diaria en ellos, los puestos de comida dudosos en los que se come bien y barato, los ancianos que mecen jaulas de pájaro al alba, los carteles rojos con mensajes a la comunidad y las letrinas públicas. Solo deben buscarse.

Y quien busque, encontrará: por ejemplo, la señal luminosa que anuncia chuànr (串), pinchitos, borrosa en la noche de principios de junio bajo el chaparrón. Cuando se explora Pekín en verano, la lluvia puede sumarse al plan en cualquier momento y obligar a buscar refugio allí donde se sirva cerveza Tsingtao fría, para consultar compulsivamente la agenda en The Beijinger o Time Out Beijing o recordar las promesas de flyers y mensajes de Wechat.

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Si al enfrentarse de nuevo al diluvio aún no hay plan, la respuesta es perderse. En las torres de Gulou existe una encrucijada: la cercana zona de Houhai o bien Gulou Dongdajie, en la que el Temple Bar y el Dada, separados por un tramo de escaleras, son primera parada y apuesta segura. El dédalo de calles, sin embargo, puede ofrecer alternativas. Modernista, en Baochao Hutong, es una de las mejores.

Quién sabe que se verá de camino a este local vintage, ampliado en 2015. Los fotogramas sobre el muro de un bar convertido en cine de verano, el amigo al que se encuentra por azar entre risas, extranjeros que se agolpan en torno a una mesita con cuencos de fideos y, al fin, el resplandor verde de Modernista. En la entrada, enmarcada por unas cortinas de terciopelo oscuro, el sugerente cartel art déco del mes presenta el programa de variedades: The Hutong Yellow Weasels, la Drink & Draw Night, Mademoiselle et Son Orchestre, música del Xinjiang y más.

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Con una atmósfera propia de los años 30 y un menú de inspiración mediterránea, en Modernista se identifica rápidamente a la clientela: joven, hipster, estética cuidadosamente descuidada. Occidentales y chinos sirven y piden cócteles o cervezas de importación de una extensa carta. Siempre se reservan mesas a la luz de las velas, y a veces se baila salsa sobre las baldosas de cuadros.

Cuando todas las luces menos la del escenario se apagan, sin embargo, la noche pertenece esta vez a las chicas de Trixie Royale y Lulu Galore. El entusiasmo del público deja claro que hubo otras noches, otras citas. Hay una primera vez para todo. Incluso para asistir a un espectáculo de la compañía Moonglow Burlesque en Pekín.

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