El faisán de Descartes

Existe cierta obsesión intrínseca en nuestra cultura con las listas. Cualquier conjunto de elementos que guarden similitud es susceptible de ser enumerado. Se puede hacer la lista de la compra, las diez mejores dichas de Paulo Coelho o, como no, las más trascendentales y populares frases filosóficas. Entre el top diez de esta última lista, a buen seguro se encontraría el archiconocido Cogito ergo sum.

La patente de dicha oración pertenece a René Descartes: filósofo, matemático y padre del racionalismo moderno. También se le ha asignado el hecho de devolver la luz al pensamiento occidental, oscurecido a lo largo del Medievo. Nada más y nada menos.

Descartes

Descartes

Descartes, una vida interesante

Nacido en La Haya en 1596, Descartes tuvo una vida convulsa y agitada. Fue partícipe de distintas guerras y llevó a cabo expediciones y viajes por Europa en busca de la verdad. Una búsqueda que le comportó una neumonía en 1650 que acabaría con su vida de forma fulminante. Se encontraba entonces en Estocolmo, llamado por la reina Cristina de Suecia a la que siempre gustó rodearse de sabios. Descartes contaba con 53 años de edad.

Aunque activo e incesante, lo suyo en el fondo siempre fue meditar delante de una estufa. La publicación en 1637 el Discurso del Método le conllevó cierto grado de prestigio que aprovecharía con creces. Esta obra también le valió, no obstante, interpretaciones negativas de la iglesia y algún que otro susto, en parte fruto de la persecución modélica de Galileo en aquellos años. En el Discurso de Método el francés introdujo para siempre la duda metódica, un concepto revolucionario.

En 1641, en pleno proceso extático y con una productividad filosófica en auge, Descartes lanzó las Meditaciones Metafísicas. En la obra permite entrever, a partir de seis puntos y axiomas, temas como la existencia de Dios, la imperfectibilidad del espíritu humano o la irrupción del genio maligno, un ser que engaña al sujeto pensante constantemente y le provoca ideas erróneas.

Descartes en la Corte de la Reina Cristina || Pierre Louis Dumesnil

Descartes en la Corte de la Reina Cristina || Pierre Louis Dumesnil

Los dos títulos anteriores demuestran la ardua tarea para Descartes de devolver la razón y la sensatez a un continente en plena resaca ideológica, social y política. El inri de toda cuestión en relación a su línea de pensamiento fue el uso de las proposiciones, la justificación fundamentada, el cuidado de cada paso argumental y la cautela de un cazador furtivo. Además, Descartes hizo hincapié en la importancia de introspección y la autoconsciencia, de ahí el mítico: “Pienso luego existo”.

Divina comida para idiotas

Entonces, a René Descartes, como muchos filósofos, se lo conoció como un hombre lacónico, irónico y terriblemente escéptico. De acuerdo con su visión metafísica, lo material para él no tenía valor verídico. La realidad podría ser fruto de un desvanecimiento mental, de un error o un efecto falaz. Tal es así que lo físico no era verosímil en grado completo.

De alguien que predica que los hombres son zombis y no sujetos, o que insinúa que el ser humano se podría definir como actores figurantes de una misma mente, no es raro pensar que se trata de una entidad privilegiada pero también excéntrica.

Con esa fama para con sus coetáneos, se recuerda en más de una ocasión que el conde de Lamborn, cenando una vez en un mesón de alto standing, se encontró con la persona de Descartes. Viéndolo a éste deleitándose con una exquisita pieza gastronómica, se le acerco inoportunamente y espetó: “No sabía que los filósofos disfrutaran con placeres de la vida como el delicioso faisán que preparan aquí”.

Descartes no se lo pensó ni un segundo a la hora de contraatacar: “¿Y qué pensabais, que Dios hizo las delicias para que las comieran sólo los idiotas?”