The Rucker Park: de religión a negocio

The Rucker Park, en el corazón de Harlem
The Rucker Park, en el corazón de Harlem

Las traducciones al español de los títulos originales de las películas hollywoodienses son algo digno de estudio. La retahíla de incongruencias elegidas es de suponer que responden a una estrategia de marketing de dudoso éxito.

Algo así pasó cuando algún productor decidió que lo mejor para la película White Men Can´t Jumpe de Ron Shelton para su estreno en España fuese traducirla y titularla como Los blancos no la saben meter. Sin entrar ni en el argumento ni en las dotes artísticas de Wesley Snipes o Woody Harrelson, lo cierto es que aquel film a buen seguro despertó mucha rivalidad en la 155th con Frederick Douglass Boulevard de Nueva York.

Si existe algún lugar en el mundo donde los blancos no saben saltar, o meterla, es a la orilla del Harlem River, en el Rucker Park. La cancha callejera más famosa de todo el planeta es territorio afroamericano. Allí aterrizan cada verano estrellas del baloncesto mundial como Kevin Durant o Kobe Bryant. También otros más asiduos como Metta World Peace, o como quiera llamarse en un futuro, y el polifacético Stephon Marbury.

Rucker Park no es solo una cancha con dos canastas. Rucker Park es una religión. Mucho antes de que el baloncesto mediático aterrizara en los antiguos terrenos de Polo Grounds, Holcombe Rucker fundó allá por 1947 un torneo con tintes educativos para jóvenes negros que con el paso del tiempo llegó a convertirse en el más celebre de la ciudad. Bajo el lema Each one, teach one, Rucker buscaba alejar a los chicos de Harlem y alrededores de la calle, las drogas y el crimen.

El street basketball  le debe mucho a Holcombe Rucker. Original del Manhattan, Rucker dedicó su juventud a organizar y desvivirse por un torneo que le llevaba a pasar días enteros en una pequeña cancha que él mismo adecentaba cerca de la 7th Avenue. Rucker organizaba, pitaba y conseguía camisetas, trofeos y becas para jóvenes que gracias al baloncesto lograban continuar su educación.

Partido a partido y gracias a la ayuda de jugadores tan conocidos como Chamberlain o Lou Alcindor sirvió de reclamo para aquellos jóvenes que empezaban a sentir al baloncesto como una salida. Como una religión. Pero, como todo en la vida, la Rucker League no iba a ser menos y pronto verían en ella un negocio lucrativo. Pero todo en la vida se puede monetizar, y la Rucker League no iba a ser menos.

The Rucker Park monetizado por Nike
The Rucker Park monetizado por Nike

Así nacería en 1985 la Entertainment Basketball Classic, EBC, para ser la cuna del baloncesto callejero de la forma más profesional posible.  En la actualidad la EBC es propiedad del rapero Fat Joe y, gracias a la inversión que en 1993 el ayuntamiento neoyorquino realizó, Rucker Park se ha convertido en patrimonio de la ciudad. Un habitual lugar de peregrinación para turistas que quieren baloncesto más allá del Madison Square Garden.

Alrededor de Rucker Park existen muchos mitos o leyendas. También leyes no escritas. Por ejemplo, la que dice que muchos jugadores de la actual NBA evitan acudir a la mítica cancha para no ser blanco de humillaciones. Otras narra que Earl “The Goat” Manigault , según Abdul Jabbar el mejor jugador de todos los tiempos, lograba hacer un doble mate gracias a su salto vertical de 1,35m. Su adicción a la heroína y la cárcel evitaron su salto a la NBA.

Muchos jugadores han pasado por Rucker Park y cada uno porta su leyenda. Una de las más famosas fue la de Richard “Pee Wee” Kirkland, que supuestamente rechazó un contrato con los Chicago Bulls porque “ganaba más dinero en un par de días en la calle”… vendiendo droga.

Rucker Park es un negocio donde grandes marcas como Nike desvirtúan el baloncesto callejero que Holcombe Park inculcó, pero cuyo legado continúa de la mano de su nieto, Chris Rucker y su programa Each one, teach one.

Sergio Hevia

Por qué dicen que me fui si siempre estoy llegando...