El siglo XX luchando contra sus dos mitades. Oriente y occidente tomando posiciones. Colonos y colonizados. El monstruo de las dos cabezas. Generaciones que se quitaban el polvo, todavía al calor de las grandes bombas. El pasado como hilo conductor de un futuro que ahora parecía abrirse. Era una época de despliegue de maldad insolente, como adelantaba el cambalache. Tocaba encerrarse en las aulas, restablecer lo establecido. Europa levantaba persianas y muros.

En Francia a la izquierda le flaqueaban sus famélicas piernas y se echaba a descansar. Los cines cerraban, las producciones bajaban, el público se aislaba por el coste de las entradas. Se trataba de un contexto de crisis cultural que asentaba los precedentes del cine de etiqueta. La francesa era una sociedad que todavía huía de las sombras de la ocupación nazi. Todo lo anterior se resume de otra forma: década de los 50.

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Fotograma de El Fuego Fatuo, de Louis Malle, 1963. || misteriosoobjetoalmediodia.wordpress.com

Cine de autor: Química de laboratorio

Ese fue el caldo de cultivo de la fría Cinematheque. En ella un grupo de teóricos engullían a Ingmar Bermang y a Federico Fellini hasta dejarlos en los huesos.

Tesis, teoría y ruptura. Tesis, teoría y contracultura. Tesis, teoría y Andre Bazín, que acomodó a estos estudiosos bajo su revista Cahiers du Cinéma. Estos cuadernos inundaban las universidades francesas en busca de espíritus indomables con sed de venganza contra el cinéma qualité. Una nueva posibilidad de hacer cine, el cine de autor, se fraguaba en las profundas tardes parisinas.

Robert Bresson les robaba la cartera en Pickpoket mientras el oscarizado Jaques Tati, víctima del sistema productivo, se tuvo que refugiar cual alimaña con alma de otro tiempo en las oscuridades de la cultura francesa. Ese hombre, en eterna financiación convulsa, que se propuso eliminar intermediarios capitaneando El Arlequín, una sala de cine en el corazón de Paris. Lo hizo con un desolador éxito.

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Fotograma de Mi tio, de Jaques Tati, 1958. || www.entremanolos.com

Se empezó a gestar lo que impregnó de grandeza este movimiento, la Nouvelle Vague. También, y a la par, lo que más tarde les hundiría, que fue lo mismo. El monstruo de cabeza única, el de la única certeza, el ser superior que todo lo ve y todo lo sabe. Aquel que impone una visión global desde la ligereza su propio globo ocular. El autor.

Andre Malraux y Francia, aceptación y globalización de la innovación

El gremio afilaba los cuchillos. Las instituciones relanzaban la cultura con la inestable cabeza de André Malraux, escritor, novelista, activista político y partícipe de la Guerra Civil Española por el bando republicano.

Malraux fue el primer ministro de cultura de la historia de Francia. La situación en el país parecía inmejorable. Le dieron un altavoz y gritó hasta la saciedad aquello de democratización de la cultura. Volcó todos sus esfuerzos en hacer llegar la cultura a las masas. “Asegurar la audiencia máxima del patrimonio cultural”.

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Fotograma de Al Final De La Escapada, de Jean-Luc Godar, 1960. || www.moonmagazine.info

Se crearon las ahora denostadas casas de cultura. Las elites habían sometido demasiado tiempo la libertad de creación y difusión. Trato de crear una corriente cultural con la que los franceses se pudiesen identificar en su conjunto. Propuso las bases de un cine francés que no hablaba de Francia. Llevó la batalla de la patria a la cultura y obvió una cultura patriota. Paseó Francia por el mundo. ”Favorecer la creación de obras de artes y del espíritu que la enriquecen”.

Trató de reposar el estilo productivo en tres patas: democratización de la cultura, difusión y creación. Un gremio con un plan: difusión cultural garantizada, jóvenes universitarios empapados ideológicamente de la nueva ola y unas instituciones que reman a favor. Francia estaba preparada para respirar a 24 fotogramas por segundo.

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