Ya no existen jugadores como los de antes. Todo el espectáculo que brinda el baloncesto del siglo XXI gira en torno a alley-oops, mates y… más alley-oops . Ya no quedan románticos enamorados del Skyhook de Kareem Abdul Jabbar, ni de los no-looking pass de Magic Johnson. El baloncesto moderno no parece baloncesto.

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Dicen que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor y llevado al baloncesto, quizá sea lo más sensato que se haya dicho nunca.
Hace treinta años, quince incluso, era impensable creer que los pívots se extralimitarían en sus funciones. Más allá de rebotear, taponar o bloquear, también iban a ser capaces de enchufar triples como si de un escolta se tratase.

Hoy en día, la figura del pívot clásico con buen movimiento de pies y hábil en la corta distancia apenas se disfruta por las canchas de baloncesto. Ni en Europa ni mucho menos en la NBA. El pívot de ahora es un jugador todoterreno. Igual tira de tres que juega el pick and roll como los ángeles. Tan pronto tapona o coge 15 rebotes en un partido como que reparte cerca de las 10 asistencias.

Los pívots están en peligro de extinción. La moda del small ball los empuja al ostracismo. No hay que echar la vista muy atrás para encontrar un claro ejemplo. Los Warriors de Curry en las pasadas Finales frente a los Cavaliers de LeBron, optaron por renunciar al hombre alto. Este cambio de guion permitió a los de Steve Kerr alzarse con el anillo de campeón.

La noche del triple

El 24 de febrero de 1987 pudo marcar un punto de inflexión en todo esto. La historia se remonta a un Phoenix Suns – Los Angeles Lakers de la temporada 1986/1987. Pudo haber sido un partido más de temporada regular, pero a la postre se convertiría en uno de los partidos con más solera en la carrera de Kareem Abdul Jabbar.

El amo y señor de la NBA en puntos y tiros de campo anotados conseguiría en aquel partido frente a los Suns lo que sería su primer y finalmente único triple anotado en toda su carrera. Y es que, Kareem Abdul Jabbar tenía como arma más letal su skyhook. El skyhook era el sobrenombre que adoptó la forma tan peculiar como eficaz que Jabbar tenía de realizar el gancho a canasta.

Noche tras noche. Temporada tras temporada. Anillo tras anillo. Kareem sometía a todos y cada uno de sus rivales a su juego interior y un excelente movimiento de pies. Sus altos porcentajes en tiros de campo reflejaron a la postre que su forma de lanzar no era nada más que un recurso. Algo más allá de un estilismo ineficaz.

Jabbar sumaba y sumaba. Casi siempre lo hacía de dos en dos. Sus 28.289 tiros de dos intentados durante sus 1.560 partidos chocan violentamente con los únicos 18 triples que Abdul Jabbar probó durante su carrera. El pivot del Harlem neoyorkino era un pívot de verdad. Un pívot que vivía por y para la pintura. Sus amores los conquistaba bajo el aro, después de cada rebote, de cada skyhook.

A diferencia de los viejos roqueros, los pívots sí parecen morir. Sin embargo, siempre quedará el aroma del parqué recién barnizado y las Converse AllStar chirriando por las canchas de toda América. Y los hombres interiores volviendo a dominar el baloncesto. Ahora el moderno.

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