Entrada número 14. El dolor

Siempre he preferido el dolor físico, la piel se cose, la sangre se seca y los huesos se osifican. El dolor físico se localiza, sabes donde está y puedes casi agarrarlo. Siempre he preferido el dolor físico al psíquico, se lo dije a mi amiga ***, lo físico es material, si sangras y sigues el reguero rojizo llegas al origen y puedes taponarlo. Cuando un bebé se cae y su rodilla se raspa, una tirita es fácil de encontrar. Pero cuando no lo ves, cuando llora y no sabes qué le duele, la impotencia inunda a los padres indefensos que no son capaces de entender. El bebé aprende a expresar sus preocupaciones, con el paso del tiempo señala lo que quiere y dice lo que le pasa. Sin embargo, cuando crecen vuelven a callar, hay sufrimientos que no vemos y que no quieren expresar. Y eso, ese silencio, ese acallar un dolor que no sangraba, fue lo que me dejó sola y, ahora, esa herida que no se puede coser, es la que tengo abierta en un lugar que aún no localizo.

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Una habitación con una cama de noventa, un estantería con siete baldas y un escritorio de madera lacada conformaban la habitación de estudiante que había conseguido encontrar por el presupuesto mínimo. Ir a la universidad es toda una aventura pero también comienza la verdadera vida, la adulta, de la que ya no hay forma de escapar. Neka preparaba su mochila con lo básico, un cuaderno de hojas blancas y su pluma, la que le regalaron por aprobar el examen de acceso. No se le ocurría qué más podría necesitar el primer día, aún no tenía las bibliografías de las asignaturas; es más, ni siquiera los horarios estaban muy claros en la página web y tendría que ir antes para pasar por secretaría y revisar las aulas que le tocaban para el horario de esa mañana.

Empezar en una ciudad nueva no le preocupaba, era una persona bastante independiente y mientras tuviera uno de sus libros, no le importaba no conocer a nadie en clase. Además, en el fondo necesitaba estar en un lugar donde nadie supiera nada de ella, la situación era más fácil si la gente no conocía lo que le había pasado. Ya había pasado un año, para algunos era suficiente pero no para Neka, ella aún tenía ese vacío, esa sensación de que le habían arrancado el corazón y lo habían tirado a tal distancia que nunca había conseguido recogerlo.

Esa mañana había salido antes de casa, no quería llegar tarde y no estaba muy segura de por dónde quedaba su facultad. En el trayecto en metro había sacado el libro que estaba leyendo y casi se había pasado de parada, gracias a uno de los músicos ambulantes que amenizaban el viaje había salido de su mundo y se había dado cuenta de que su parada era la siguiente. El metro le parecía un lugar interesante, siempre rodeada de personas que no conoce y que, seguramente, nunca conocerá pero que ahí están, a muy poca distancia de ella. En el fondo solo le hacía reflexionar sobre la ironía que le rodeaba, quizás vería a esas mismas personas cada día y la única persona que deseaba encontrarse en un vagón, nunca estaría allí mirándola de soslayo como hizo alguna vez. Sin embargo, no podía enfadarse con la gente que compartía con ella ese trayecto, no podía sentir rencor contra la persona que se sentaba a su lado y escuchaba música mientras ni siquiera sabía que Neka existía. Seguramente todas y cada una de esas personas también querría estar en compañía de alguien más y no de un grupo de desconocidos, pero eso nunca sería así porque la capacidad de querer del ser humano siempre es insaciable y aunque lo tuvieran, querrían otra cosa. Incluso Neka sabía que si todo fuera como hacía un año, encontraría algo más por lo que quejarse.

La facultad quedaba a unos diez minutos a pie, empezó a caminar siguiendo la dirección de la mayoría de los estudiantes y al final de la avenida encontró su edificio. Lo recordaba de cuando fue a hacer la matrícula pero era la primera vez que iba sola. Entró por la primera puerta de la izquierda y preguntó por el tablón de los horarios. Le indicaron que debía bajar una planta más y dirigirse a la derecha, allí encontró a otros estudiantes que observaban y apuntaban algo en sus cuadernos. Neka buscó el título de su carrera, Lenguas Modernas y sus literaturas, un popurrí de asignaturas que había elegido siempre buscando tener un número mayor de horas en literatura. De todas ellas, la que estaba deseando comenzar era la que versaba sobre el siglo XIX, siempre había estado obsesionada con la rebelión romántica, no le importaba el país o el escritor, Neka se sumergía en todo libro que llegara a sus manos, si este había sido escrito por un alma decimonónica.

Sus amigos le insistían en que dejara de leer cosas tan tristes pero ellos no lo entendían, no tratan de tristeza, tratan de pasión, tanta que se desborda y no se controla. Neka leía para sentir esa pasión, aunque desde hacía mucho tiempo no lo había conseguido, el vacío interior no dejaba hueco a ningún sentimiento.

Tras apuntarse todas las aulas para el resto de la semana, vio que la primera clase era una reunión de presentación con todos los alumnos y hasta la segunda clase no se dividirían para ir cada a uno a las asignaturas que habían elegido en su matriculación. Para este primer contacto los habían convocado en un aula magna donde novatos como Neka buscaban su sitio e intentaban iniciar conversaciones para no sentirse tan desubicados. A ella eso no le importaba, se sentó en una de las zonas menos ajetreadas pero desde donde aún se veía la cátedra y sacó su libro mientras esperaban a la persona encargada de recibirles. Entre el bullicio de los estudiantes que se reconocían y las conversaciones superficiales de los que se acababan de conocer, Neka se sumergía en su novela sin prestar atención a nada ni a nadie que pudiera rodearla.

«Pasión.»

Neka creía haber oído algo cerca de su asiento pero no levantó la vista, a veces su imaginación le gastaba malas pasadas y, sobre todo, si leía para evadirse y lo conseguía.

«Es pasión, ¿no?»

Alguien se dirigía a ella, ahora era más que evidente. Neka no quería levantar la vista de su lectura, sabía que mirar a quien había pronunciado esas palabras era aceptar la conversación. Pero, ya no podía fingir que no la había oído, así que no tuvo más remedio que bajar el volumen que sostenía y mirar para saber quién la miraba esperando respuesta. Una chica, aún con una expresión interrogante, estaba expectante ante la reacción de Neka. Una leve sonrisa se dibujó en su cara al ver que finalmente había conseguido su atención, pero permaneció callada esperando algo de ella. De repente, el silencio inundó toda la sala y ambas dirigieron su mirada hacia la cátedra, estaba claro que alguien con la suficiente autoridad como para acallar a más de cien alumnos había hecho su entrada. Por los pelos, Neka había conseguido librarse de una conversación superficial gracias al profesor que ya se dirigía a todos en un tono condescendiente que seguramente le otorgaban los años de docencia. A pesar de ello, Neka notaba como la chica que se había dirigido a ella la miraba de reojo de vez en cuando; sin embargo, ella hacía lo posible como para no mirar a nadie y escuchar el discurso de bienvenida.

Después de casi una hora de normas y consejos para seguir durante los años de carrera que apenas acababan de comenzar, el profesor les daba vía libre para dirigirse a sus siguientes clases y les deseaba un buen curso. Neka recogió su cuaderno con la mano y sin hacer intención por meterlo en la mochila, salió rápidamente del aula magna para llegar a su siguiente clase. No había mirado hacia donde estaba la chica, había huido de la conversación y, claramente, de la posibilidad de socializar. No le era fácil hablar con desconocidos y, sinceramente, prefería seguir manteniéndose al margen.

La clase que le tocaba era Literatura Medieval, más que un aula se podría denominar un cuartucho. El tamaño no llegaba ni a un cuarto de la habitación de la que venía, por los bancos de madera y las sillas plegables, Neka calculaba un número máximo de quince alumnos. Era imposible que cupieran más y, además, dudaba que mucha gente quisiera asistir a una clase como esa. En el fondo, Neka sabía que había elegido sus asignaturas pensando no solo en sus intereses literarios sino buscando materias que a casi nadie pudieran interesar para evitar cúmulos de gente. Estaba claro que había acertado, no había nadie aún así que analizó el cuchitril que tenía por clase y decidió sentarse en uno de los rincones. Colocó su cuaderno y su pluma y, de nuevo, sacó su novela. No habían pasado ni dos minutos cuando alguien entró en el aula medio jadeando:

«Tú.»

Neka levantó la cabeza ante lo abrupto del pronombre y vio a la misma chica, de la que había conseguido librarse antes pero ahora no tenía escapatoria. La miró sorprendida mientras la chica recuperaba el aliento, dejaba sus cosas en un asiento cercano a Neka y parecía disponerse a decir algo.

«No sé si atraviesas paredes pero no entiendo cómo has llegado tan rápido. Cuando me he dado la vuelta no estabas y sabía que vendrías a esta clase.»

Cómo que sabía que iba a esta clase, Neka no salía de su asombro, no tenía idea de quién era aquella persona y de por qué insistía en hablarle. El susto de su entrada había hecho que cerrara la novela sin marcar la página, ahora estaba enfadada intentando recordar el número a la vez que pensaba en cómo responder a la chica que parecía esperar una respuesta.

«Yo… ¿Sabías?… Perdona pero, ¿nos conocemos de algo?»

«Tú a mí no, yo sé algo de ti» respondió la chica con una sonrisa burlona, intentando picar la curiosidad de Neka. Todo lo contrario, estaba empezando a irritarla, de nuevo esperaba la entrada de algún profesor para verse obligada a callar y así evitar de nuevo una conversación que no había pedido. Pero nadie llegaba y Neka tenía que decir algo, sin embargo, su expresión facial había respondido sin que ella pudiera evitarlo y la chica continuó antes de que ella pudiera abrir la boca.

«Perdona, creo que debería explicarme mejor. Te vi en el metro pero no levantaste la mirada de tu libro, después te volví a ver en secretaría, pero cuando me di la vuelta tras mirar mis clases ya no estabas. En el aula magna te he visto sentarte lejos de los demás pero has desaparecido muy rápido. Siento incomodarte, pero sé quién eres.»

¿Sabe quién soy? Neka pensaba que no podía ser, había viajado a una ciudad muy grande y muy lejos de donde todo ocurrió, nadie debía conocerla, no era posible. Además, lo que había ocurrido ya estaba quedando en el olvido para todos, ella era la única que no podía arrancarse el dolor de la piel. Pero ahí estaba esa chica que continuaba mirándola y que decía conocerla. Neka estaba a punto de irse de la clase, quería salir, no estaba preparada pero cuando se disponía a cerrar su cuaderno el profesor que antes les había dado la bienvenida en el aula magna, entraba por la puerta de ese cuartucho del último piso del edificio. Ya no había modo de salir, solo había dos personas en clase y Neka era una de ellas.

El profesor no parecía sorprendido ante la poca audiencia de su clase, sabía perfectamente que la sociedad solo proponía materias consideradas útiles para este nuevo siglo y que el estudio de los textos literarios de hace miles de años había quedado relegado a los que, como él, habían dedicado su vida a ellos. La disminución en el alumnado había llegado a un punto crítico y parecía asumir que esta podría ser la última vez. Neka se colocó en su asiento y miró al profesor que se sentaba en su cátedra, colocaba un par de libros a su derecha y comenzaba a hablar. La chica se había sentado un asiento más allá pero en la misma fila, no parecía rendirse y Neka no estaba dispuesta a permitirle acercarse a ella.

La lección duró en torno a hora y media y el profesor les entregó la lista de lecturas obligatorias, harían comentarios en clase puesto que el mínimo número de alumnos les permitía dichos debates y así se ahorrarían material para el examen final. Con todo listo, Neka se colocó los cascos de música y aprovechó una pregunta de la chica al profesor para deslizarse hacia la puerta e irse. En el camino de vuelta al metro, Neka escuchaba a todo volumen Clocks go forward de James Bay, la voz del cantante encajaba con su estado de ánimo y, además, le permitía ignorar los ruidos del exterior. De repente, notó que alguien le daba golpes repetidos en el hombro para llamar su atención. No podía ser, ella otra vez. No había conseguido esquivarla, pero ¿qué quiere de mí?, se repetía Neka en su cabeza. La chica empezó a hablar mientras ella aún tenía la música y no escuchó el principio de su diálogo.

«… por eso, debería habértelo dicho antes pero, aunque no lo creas, tampoco ha sido fácil para mí acercarme a ti. Entiendo tu situación y no quería molestarte, solo quería entablar conversación contigo y al verte leyendo esa novela, no he podido resistirme. La gente nunca entiende lo que leo y pensé que tú sí, por eso te preguntaba si considerabas que esa novela trata de pasión y no de tristeza.»

No se había dado cuenta antes pero Neka pudo observar mejor a la chica, su cara era amable y tenía una mirada dulce, unos ojos que miraban con confianza directamente a los suyos. Echaba de menos que alguien se atreviera a mirarla a los ojos directamente, cuando la gente te tiene lástima no se atreven a mirarte por si notas su miedo a no saber qué decir. Pero ella la miraba, sin miedo, sin pudor, no había ni una gota de lástima en sus ojos, pero decía que lo sabía. Si era verdad, ¿no sentía pena por mí?, se preguntaba Neka. Quizás no sabía nada, quizás solo era su forma de entablar conversación. Desde luego, había conseguido llamar su atención hablando así de su novela, alguien como ella entendía sobre la pasión y no llamaba a todo tristeza solo porque hay sufrimiento. Una novela como La confesión de un  hijo del siglo de Alfred de Musset no podía encuadrarse solo como triste por lo que le acontece al protagonista, es todo pasión y ella parecía entenderlo.

«Antes has dicho que me conoces, no creo que sea verdad. ¿Por qué lo has dicho?»

«Verás, no es del todo cierto pero tampoco es mentira. Sé quién eres, sé lo que te pasó y, la verdad, es que quería hablar contigo. Bueno… no es que pretenda que me cuentes nada, solo, no sé, la verdad no sé qué pretendía… Te vi en el metro y pensé que la casualidad o el destino o como quieras llamarlo había hecho que te encontrara y, no me digas que no, la coincidencia de la clase de literatura… es más que grande. En fin, solo quería presentarme y, no sé, conocerte… de verdad»

La chica parecía nerviosa, retorcía sus manos en un gesto gracioso mientras buscaba las palabras que no le salían. Neka la observaba en silencio y mantenía su mirada que no había apartado ni un segundo a pesar de los nervios que reflejaban el resto de su cuerpo y de su expresión.

«No entiendo muy bien nada de lo que dices, siento ser así de sincera pero supongo que podemos caminar juntas, al fin y al cabo creo que ambas vamos hacia el metro, ¿casualidad?»

Ella sonrió a Neka ante su intento por bromear después de darse cuenta de su tono agresivo. La chica aceptó caminar a su lado y comenzaron a hablar.

«Entonces, ¿cómo es eso de que me conoces? No recuerdo tu cara y suelo recordar bastante bien, muy a mi pesar en ciertas ocasiones»

Tras un suspiro la chica le comentó que realmente nunca la había visto en persona, sabía de ella a través de lo que escribía. Neka quedó impactada, solo escribía para desahogarse y pensó que nadie nunca entraba en su blog aparte de su familia para entender algo de lo que le pasaba por la cabeza. No hablaba mucho con la gente y sus padres no habían encontrado otra forma mejor de conocer sus sentimientos que cotillear sus escritos, pero nunca se había imaginado que alguien pudiera estar interesado en lo que escribía. Era más escritura terapéutica, como le gustaba pensar, solo para ella.

«… comencé a leerte por error, la verdad es que buscaba el blog de una chica que me gustaba y acabé en el tuyo. Pero desde entonces no he podido parar y cuando te he visto hoy, no podía creérmelo. No estaba segura de que fueras tú porque solo tienes una foto tuya colgada con… ella y pareces muy diferente, pero en el aula magna me he convencido al verte leer Las confesiones, justo pusiste que estabas terminándolo.»

Neka se había parado en mitad del camino, asombrada por la noticia y miraba de nuevo a la chica. Esta le devolvía la mirada, sin casi pestañear. Por un momento que pareció eterno ambas permanecieron calladas, pero no paraban de mirarse. Neka no miraba, observaba intentando averigüar qué había en sus ojos, algo estaba haciendo que Neka se pusiera nerviosa, que respirara más fuerte, que, incluso, le hiciera creer que su corazón latía de nuevo. Ella siempre quería creer que no tenía desde que la tragedia había llegado a su vida, el día que su vida se puso patas arriba, su corazón había sido incinerado junto al de ella. Solo su memoria la acompañaba, o perseguía, desde entonces. Pero no, podía oír sus latidos, aún funcionaba y la mirada de esa chica lo estaba activando no sabía cómo. Aclarándose la boca para pronunciar algo y romper el silencio, Neka intentó caminar de nuevo.

«Bueno, yo, cómo… ¿cómo te llamabas?»

«Tengo nombre de flor. Te dejo elegir el aroma.»

Neka sonrió ante la sugerencia pero no probó a adivinar, solo se quedó mirándola.

Cuando llegó a casa, no sabía qué sentir. Su cabeza, su memoria, comenzaba de nuevo a traicionarla, el sentimiento de culpa iniciaba a erigirse y Neka no podía controlarlo. Fue corriendo al baño a vomitar, su cuerpo siempre reaccionaba así a cualquier cambio desde que ella decidió abandonarla a su suerte. El psicólogo decía que no había por qué culparse pero la teoría siempre es más fácil que la práctica. Neka llevaba un año intentando no echarse la culpa, intentando pensar que nunca tuvo oportunidad de salvarla. En su fondo sabía que ella no podía preverlo, que África se había quitado la vida por sus demonios interiores. Neka había intentado ser su ángel de la guarda pero, a veces, los demonios se unen y la luz no brilla más. Lo injusto es que la luz para Neka también se había apagado, no había demonios, pero sí vacíos y un amor que quedó atrofiado dentro de ella sin poder darlo.

Sin embargo, esa chica, ese día, … la ansiedad se apoderaba de Neka y la culpabilidad por atreverse a sentir inundaba su vacío. Había afrontado su dolor estando sola, quería estar sola, no había dejado que nadie se le acercara pero algo raro había sentido cuando había visto la mirada de esa chica.

Encontrar una etiqueta para nombrar a África atormentaba a Neka, no sabía por qué le importaba tanto algo tan banal pero cuando el alma está dolida encuentra salidas absurdas para quejarse. Siempre decía su nombre cuando hablaba de ella pero no todos sabían quién era, no podía hablar de ella en presente, pero tampoco era una expareja porque su amor no se había roto, se había roto ella. ¿Cómo superas un amor que no se acabó nunca? Es más, ¿cómo superas un amor que fue retenido en un corazón que fue arrancado? Neka soñaba con todas estas preguntas, su cerebro no le permitía pegar ojo y tenía miedo a la mañana siguiente. ¿Cómo se enfrentaría a esa chica?

La chica estaba esperando en la parada del metro, Neka no había quedado con ella pero cuando la vio su corazón de nuevo recomenzó con sus latidos. ¿Qué significaba todo eso? Quería intentar escabullirse entre la marabunta de alumnos que justo salían de la estación para dispersarse hacia sus respectivas facultades, pero la chica ya la había visto y dirigía su mirada a Neka mientras esperaba a que esta terminara de subir las escaleras. Comenzaron a caminar una al lado de la otra sin hablar, hasta que la chica rompió el silencio.

«Ayer te mentí… »

«Sabía que no podías haber leído mi blog, seguro que eres una amiga de alguien que conozco que te ha pedido que me cuides o… me vigiles.»

«No, no, eso era verdad. Digo… que no tengo nombre de flor. Tengo el nombre de todas las flores o, al menos, de la primavera. Me llamo Abril.»

Neka sonrió inconscientemente, quizás esa primavera era la que había visto en su mirada. Una mirada dulce que ahí seguía, que la había esperado quién sabe porqué en el metro y que ahora le confesaba su nombre como si de un tesoro se tratara.

«Yo me llamo… bueno ya lo sabes, me llamo Nekane pero todos me llaman Neka.»

«Lo sabía. Pero no sabía que podía llamarte Neka.»

Terminó su frase con una expresión burlona, desde luego Abril era una persona segura y no se había pensado ni por un segundo que perseguir a alguien que conoces por unas palabras escritas en internet iba a ser difícil de explicar.

Coincidían en la mayoría de las clases, tenían gustos similares y conversaban sobre la pasión y sus románticos. Neka no podía creerse que podría encontrar a alguien que le gustaran tanto las novelas y las poesías decimonónicas como a ella, pero ahí estaba Abril. El sentimiento de culpabilidad de Neka se desvanecía cada vez que Abril la miraba, era esa mirada lo que hacía que su corazón despertara. Sus ojos marrones rodeados de una circunferencia verdosa, con pupilas grandes y, sobre todo, atrevidas hacían que Neka respirara sin que doliera. Por las noches, su culpabilidad amainaba, era como si África le recordara en sueños que su amor iba siempre a ser eterno porque ella la acompañaba pero que tenía que vivir. Neka se merecía vivir, lo que había vivido con ella nadie podría borrarlo nunca ni siquiera África se lo había podido llevar. Pero Neka vivía, respiraba y tenía que aceptar sentir de nuevo.

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Entrada 263. Primavera

El dolor ha amainado, no se trata de olvido sino de recordar con una sonrisa que mi alma gemela llegó a mi vida. Sí, sé que se fue antes de tiempo pero también sé que esté donde esté cuida de mí, me ha ayudado a vivir y, sobre todo, la ha puesto a ella en mi camino.

Gracias por enviarme a la primavera. Por ella he conseguido ver, de nuevo, las flores.

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