Vivía sola, y al igual que su casa no estaba acostumbrada a pasar tanto tiempo con ella, ella tampoco se sentía cómoda al pasar tanto tiempo consigo misma. Escuchó esos días a un prestigioso escritor contar por la radio que las casas, debido a la cuarentena, se estaban saturando de nuestra presencia. Que las viviendas habían tomado el hábito de tener sus ratitos de soledad, vamos. Ya fuera cuando nos vamos al trabajo, a cenar o a dar una vuelta por el parque. Lo que a ella le preocupó es que el escritor también señaló una posible simbiosis entre el cuerpo y la casa. En ese momento comenzó a notar los síntomas.

Mientras fregaba los platos temió quedarse con el grifo en la mano. Era uno de esos con el cuerpo (de nuevo, cuerpo) que se giraba en exceso. Ella presumió que en uno de esos vaivenes, yendo de un lado a otro del fregadero, había forzado los resortes. Por suerte, el grifo no se había soltado del todo, y se podía seguir utilizando. No tenía ni idea de fontanería, aunque esta vez predijo que no debía ser algo de difícil arreglo. Tenía pinta de que se podría solucionar dando vueltas a una rosca que debía estar debajo del fregadero. Muy simple. Pero decidió que no era el momento de aprender nada, que ya tenía bastante con la lección de vida que el mundo le estaba dando por entonces, y lo dejó estar.

Cuando empezó el confinamiento, no paraba de comer. De hecho, se dejó llevar por la comida basura. Esa noche optó, en su defecto, por mejorar su alimentación: cenaría ensalada con pasas y atún. Como mucho, se daría el lujo de un vaso de leche con cereales antes de dormir, si se quedaba con hambre. Cuando se levantó al día siguiente y fue a fregar lo que había dejado la noche anterior, descubrió que la base giratoria de su grifo estaba totalmente fija y segura.

El suceso del grifo le entusiasmó y el conducto que unía su cuerpo con su casa brotó como nunca antes había experimentado. Las semanas de confinamiento continuaban y la vivienda seguía saturándose de su presencia. Ella se imaginaba su casa como si fuera agua a punto de entrar en ebullición, con un fuego lento por debajo que estaba directamente conectado a su sistema nervioso. La nevera no paraba de crujir, el polvo se multiplicaba por mucho que lo limpiara y la lavadora hacía más ruido que nunca.

Estaba preparando la cena cuando se quedó con la parte externa de unos de los cajones de la cocina en la mano. El estado de descomposición de su casa no era una novedad, dado que ese no era el primer cajón que quedaba al aire libre. La cuarentena había provocado, simplemente, una aceleración del proceso y la cosa empezaba a ponerse fea. La única solución que vio fue seguir con el cuidado que había comenzado de sí misma. Cenó una rebanada de pan con aguacate, un alimento que apenas había probado en su vida. Además, apostó por tomarse un gin-tonic cada noche, después de cenar. A la mañana siguiente, su cocina estaba espléndida y los cajones estaban todos cerrados y atornillados.

La saturación de su casa le daba alas para seguir con su particular progreso. Cuanto más ocupada estuviera su casa (y, por tanto, más saturada), mejor se encontraba ella físicamente. Empezó a fingir síntomas propios del coronavirus para tener que quedarse en casa y no ir a trabajar. Llamó a su empresa y comentó que estaba bien, pero que tenía unas décimas y que, por precaución, no iría a la oficina en un par de semanas. Fueron los mejores catorce días de su vida.

Fotografía de Chiara Cremaschi

El cultivo de su cuerpo y de su mente fue para ella todo un descubrimiento. Se alisó el pelo, perdió tres quilos y dejó de fumar. Comenzó a escuchar música clásica y a pintar cuadros mientras tomaba un poco de vino. A cambio se partió el tendedero, rompió dos vasos de cristal y los azulejos del baño se caían uno tras otro. Cogió una novela que había dejado a medias meses atrás y la terminó en apenas dos noches de lectura. También comenzó a escribir un diario de cuarentena, utilizando el ‘yo autobiográfico’. Ella había escuchado en la radio que el ‘yo autobiográfico’ estaba muy de moda entre los escritores del momento. Se sentía muy cómoda y moderna con la primera persona del singular. En ese despliegue de cuidados comenzó a hacer ejercicio antes entrar a la ducha.

Las flexiones y abdominales se sucedían antes de subir y bajar las escaleras de su edificio. Cuando hacía esto, por si acaso, dejaba la radio encendida. De esta manera, la casa no estaba sola por completo en ningún momento del día. Cuando pasaba frente a su puerta oía las voces de los locutores filtrarse a través de las rendijas y se preguntaba si una noche, finalmente, al entrar en su propia casa se encontraría a una familia de Soria en la cocina oyendo la radio mientras preparan la cena para todos. Pero era consciente de que esa familia se escondía en cuanto ella introducía la llave en la cerradura. Bastante, pensó, tenían los sorianos con arreglar sus estropicios, cada noche, mientras ella dormía.

Send this to a friend