Paco estaba escondido en el armario empotrado cuando Pedro Sánchez anunció que se decretaba el Estado de Alarma en todo el país. Se ganaba la vida robando en casas. Principalmente chalets, bungalós y todo tipo de casas de lujo. En sus inicios era un trabajo que hacía en grupo, pero con el tiempo se había vuelto muy suyo y prefería dar el palo en solitario. Cada ladrón tiene sus manías, y él ya no estaba para aguantar a nadie. Evidentemente, no se dedicaba solo a robar casas. El resto del tiempo era conductor de VTC. Eso sí, era un tipo muy respetuoso: jamás robaba a sus clientes. Hay que ser un buen profesional y saber separar mundos.

Part of the large, kingsize bed is seen in the premium hotel room during late afternoon.

Esa noche estaba robando en una gran mansión de las afueras de Madrid cuando escuchó las llaves de los dueños asomar por la cerradura. Según su investigación, ellos no volverían hasta la una o las dos de la madrugada, aproximadamente. Llevaba tiempo siguiendo a esa pareja y los sábados nunca volvían pronto a casa. Sin embargo, eran las diez y ya estaban allí.  Como todo esto le pilló en la planta de arriba, tuvo tiempo suficiente como para entrar en una habitación y encerrarse en el armario.

Desde las sombras escuchó a la pareja discutir y, a ratos, al presidente del Gobierno de su país anunciar algo inusual. Discutían sobre las medidas económicas que debía o no tomar el ejecutivo en un momento así. Se notaba que él era claramente neoliberal y ella tenía tintes más keynesianos. Paco escuchaba mucho la radio en el coche, y conocía perfectamente las diferencias entre estas dos posturas económicas. Pero la economía en ese momento importaba poco al lado de lo que estaba contando el presidente. Se impedía la circulación y el movimiento de personas a partir de ese mismo instante.

Paco pensó en abandonar la casa, esa noche, mientras ellos dormían. Las medidas no serían tan estrictas en un primer momento, seguro. Ese fue su planteamiento inicial, que se quedaría solo en una posibilidad, porque no fue lo que terminó haciendo. Tras darle muchas vueltas, optó por pasar la noche en el armario y, al día, siguiente, escapar. Si alguien le paraba, le bastaba con mentir y asegurar que iba a hacer la compra. De madrugada, lo tendría más complicado.

Pero a la mañana siguiente Paco no se fue. Ni a la otra. A Paco le había invadido una parálisis en forma de premonición. Simplemente, no encontró ninguna motivación para escapar. Allí se quedó. Y lo que duró la cuarentena fue, para Paco, la etapa más feliz de su vida. Confinado en un armario, tan solo salía para comer y hacer sus necesidades, cuando ellos ya estaban dormidos.

La pareja con la que había decidido encerrarse era verdaderamente inútil. Tenían mil problemas de orden práctico que, con un poco de maña y ganas, eran de fácil solución. Así que, a cambio de los servicios prestados, muchas noches les hacía alguna que otra chapuza. Que si la cisterna del baño, que si el horno no calienta, que si un cajón que se ha soltado del armario de la cocina. La vida nocturna era para Paco toda una aventura.

El problema aparecía por la mañana, cuando todo se había solucionado y ellos no encontraban explicación posible. Ambos pensaban mal del otro. Es lo que les pasa siempre a los neoliberales y a los keynesianos, pensó Paco. Creían que era el otro el que se levantaba de madrugada, a escondidas, para arreglar cosas de la casa. Entre eso, y que no podían salir a la calle, las broncas eran continuas.

Cuando se cumplió el mes de confinamiento, la pareja estaba desquiciada. Se ponían a prueba. Ya no disimulaban, y rompían cosas delante del otro mientras se gritaban: “Ya te dejo esto listo, para que te levantes esta noche, no sufras”. La economía, por supuesto, terminaba por aparecer: “Tú es que te metes en todo, desde intervenir la economía a intervenir el salón”, sentenciaba él. Tiraban jarrones, escupían al suelo y dejaban todo por fregar y por limpiar. A la mañana siguiente, tras el acondicionamiento general de Paco, volvían a discutir. Así, hasta que terminó la crisis sanitaria, y se divorciaron.

A Paco tampoco le dieron ganas de salir a la calle cuando terminó la cuarentena. Sin embargo, debía tomar una decisión: la pareja se iba a separar y, de un momento a otro, abrirían su armario. Esa noche, Paco salió a dar una vuelta por la casa, pero no como solía hacerlo normalmente. En esta ocasión, bajó al salón y llamó a la policía. Denunció un robo de manera anónima y facilitó la dirección. Cuando llegaron para detenerle, se hizo el sorprendido y no mostró resistencia. Le hizo gracia que la última discusión que tuvieran como pareja fuera en torno a quién de los dos había llamado a la policía y, con toda la calma del mundo, había seguido durmiendo. Por su parte, Paco ha descubierto que la cárcel no está tan mal para un tipo como él: sigue encerrado en un agujero y, de paso, hace chapuzas para pasar el rato.

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