Hace poco visité la sección de poesía de una librería. Lo cual es raro. Raro que aún existan librerías y raro que tengan sección de poesía, pero creedme, existen y yo las he visitado. No acostumbro a hacerlo, y, menos aún, no acostumbro a decirlo. Si lo cuento ahora es porque he encontrado allí algo que desde luego no esperaba: junto con los libros de poesía de toda la vida, esos libros doctos, serios, aburridos y tristes, con su pesada carga de sabiduría y honrosa rectitud intelectual, con su solitaria pereza de libros impolutos, trascendentes, terribles, he encontrado una nueva hornada de libritos extraños: coloridos, vitales, ligeros, intrascendentes, simpáticos, vanidosos, horteras y felizmente cursis; y junto a estas extrañas manifestaciones de inesperado verdor, he visto que en un rincón, pero bien llamativos, había otra especie invasora: libros pequeños pero violentos, agresivos y adustos, libros engañosamente ligeros, pues llevan piedras ocultan en cada hoja, y junto a ellas un pequeño panfleto sobre quién debe ser el receptor de la ira del lector. Todos estos nuevos libros de lo que voy a llamar pomposamente (porque para eso este artículo lo estoy escribiendo yo) “joven poesía revolucionaria”, habían sido en su gran mayoría editados por unas editoriales que no conocía. Y no las conocía porque eran muy recientes. Eso, sinceramente, no me lo esperaba para nada.

¿Quién se molestará en plantar un rosal una tarde de tormenta en pleno invierno y al borde de un acantilado? Pues por lo visto en este mundo hay gente para todo. Para editar poesía y para leerla. Y para editar una poesía cursi y una poesía feminista y para leerla. Y claro, a uno estas cosas le pillan desprevenido. Pero por suerte he reaccionado bien, o eso creo. Porque rápidamente he visto la luz y me he arrepentido de mi anterior ceguera. Sí, he sido un descreído, pero eso me ha durado poco. Hay que tener fe, esperanza y amor. El mundo de la poesía se ha llenado misteriosamente de jóvenes poetas macho y de jóvenes poetas hembra (o “poetisas” en su defecto), que no sólo leen, escriben y editan poesía, sino que además no tienen vergüenza en decirlo, ni en manifestarse en público juntos o por separado. ¡Y eso merece todo mi respeto! ¡Sí, señor! ¡Todo mi respeto!

Poetas horteros

Los vicios se extinguen de dos modos, por represión y por indiferencia. Encontrar un poeta orgulloso de ser poeta me parece tan raro como encontrar hoy en día un fumador de pipa orgulloso de ser fumador de pipa. Estas cosas, si se siguen haciendo, se hacen en la intimidad…  Los poetas jóvenes, por desgracia, tienen mucho que aprender. Tal vez deberían colocarse un rato en la puerta de un videoclub, si es que encuentran alguno, y ver con qué cara de pena y de culpabilidad salen los clientes. O tal vez no. Tal vez lo que haya que hacer es justo lo que ellos hacen: gritar fuerte, armar jaleo, salir en la tele y en los periódicos cuando les dejen (¡cuidado!, lo más probable es que sean trampas, que no pretendan otra cosa que reírse de vosotros, o como mucho llenar unos minutos muertos entre dos programas más interesantes para el público), y demostrarle a la gente que no van a extinguirse sin dar un poco de guerra.

Poetas Horteros 2

Hay que ser valientes para salir a la calle y proclamar que la poesía es útil y necesaria y que no hay nada malo en ella. Durante años los poetas han tratado de parecer inofensivos por todos los medios posibles: escribiendo libros que nadie lee, escondiéndose en las universidades y colegios mayores, vistiéndose con ropas de calle y mezclándose entre la gente corriente, en fin, tratando de no molestar para poder existir sin ser molestados. La gran mayoría, hay que decirlo, eran poetas macho, pero de vez en cuando buscaban la compañía de alguna poeta hembra que les riera educadamente sus incomprensibles bromas. Todo estaba tranquilo y los poetas más mayores podían dormitar cómodamente junto al fuego de la poesía sin contratiempos dignos de mención. Pero hoy, en la poesía, como en todo, por lo visto, las aguas andan revueltas. Hay jóvenes poetas hembra que dan golpes furiosos a la puerta, porque están hartas de pasar frío en la calle. Y hay jóvenes poetas macho que creen que uno puede ser cursi siempre que quiera, con todas las novias que tienen, repitiendo siempre los mismos trucos, y que estas novias siempre se van a hacer las tontas y se van a creer todo lo que les dicen. Y no, solo los buenos poetas saben ser cursis sin ser plastas, saben ser cursis sin ser lamentablemente previsibles, saben ser cursis sin que se note que son cursis y saben cómo realmente tienen que ligarse a la chica más guapa de la fiesta. Para eso, chaval, para eso hace falta algo más que una melena, una guitarra, unos poemas y una cuenta en Twitter. Pero bueno, ¿Quién va a quitarles la ilusión a los pobres? ¡Y menos aún en estos tiempos! Ya lo he dicho antes: cualquiera que salga a la calle y se atreva a gritar que lee o escribe poesía se merece toda mi admiración. Hay que ser un iluso o un valiente o ambas cosas y, aunque uno sea un perro apaleado, en el fondo le gusta ver que aún queda gente ilusa y valiente en el mundo.

De manera que brindo con mi copa de decadente estoicismo por la poesía hortera. Desde luego. Y también apruebo la poesía feminista. Es fea, es sucia, es desagradable. Es todo eso que puede escandalizar a los buenos ciudadanos y a los poetas educados del antiguo régimen, los que pensaban, como le reprochaba el padre de Hemingway a su hijo, que “hay ciertas cosas que un caballero solo habla con su médico de cabecera” y que, por tanto, no se deben escribir en los libros. Sí, el padre de Hemingway se refería a la sífilis y no a la menstruación, pero el ejemplo es válido.

¿Un poema sobre la menstruación? Pues sí, buena gente, hemos llegado a eso… Y la cosa no parece parar. ¿Y debe parar? ¿Y si lo que hace falta es ruido, furia, removerlo todo, hundirlo todo, destruir la sociedad y sus valores burgueses desde la poesía?

¡¡Viva la gente que aún cree en la poesía!! (Qué sí, en serio, ¡qué viva!). Pero soy perro apaleado, ya lo he dicho, de modo que permitidme que os de un consejo: si os pillan leyendo en público, lo mejor es negarlo todo. No meterse en líos. Decid que el libro no es vuestro, que lo habéis encontrado en un asiento (sí, hay desaprensivos que hacen eso), o en todo caso que lo estáis leyendo por obligación, porque es para un trabajo del colegio, del instituto, de la universidad, en fin, lo que sea. Todo menos reconocer que leéis por placer. Tened en cuenta que tal y como están las cosas leer un libro en la calle es una provocación. Y bueno, si es poesía, si es poesía lo tenéis crudo… No hay excusa posible. Lo mejor es tirar el libro y salir corriendo. Luego, si el mono os obliga, podéis entrar un momento, cuando nadie mire, a una biblioteca. Al fondo de ellas me han dicho que aún quedan libros de poesía. Sí, yo no he caído tan bajo aún, pero me lo han contado… En serio, que yo no hago esas cosas… ¡Y menos a mis años!

(Bueno, vale, os lo confieso, pero que conste que lo digo aquí que no me oye nadie, a veces he ido a una biblioteca y… Pero sólo libros de poesía serios, de los de toda la vida, que uno tiene su vicio pero es un ciudadano cívico, al menos en la medida de lo posible.)

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