Como ocurre con los mejores escritores, Ricardo Piglia era un buen conversador. Siempre me han gustado los autores para los que lo importante no es el libro, o el capítulo, el párrafo o la frase, sino la palabra. A Ricardo Piglia le interesaba cada palabra, y las tenía en consideración en cada texto como si cada vocablo mereciera un libro, o precisamente por eso. Un amigo mío, llevando este pensamiento al extremo, dice que los únicos escritores que merecen llamarse así son los poetas, porque ellos sí invierten el tiempo necesario en medir cada palabra. Piglia era un escritor auténtico sin ser poeta, o sin ser poeta del todo, y eso tiene su mérito.

Piglia

Piglia durante una conferencia sobre Borges || Fuente: Captura de YouTube

Se ha escrito muchas veces que este siglo, literariamente hablando, va camino de convertirse en el de la memoria. En eso están o han estado ya muchos buenos escritores, y Los diarios de Emilio Renzi, lo mejor de este escritor que se nos acaba de ir, cuentan como alguna de la mejor literatura memorialista reciente. Poseer un alter ego como Piglia tenía a Renzi supone guardar en tu interior otro yo más sincero y activo que tú, uno que está dispuesto a desnudarse cuanto tú llevas la ropa puesta o que grita cuando tú callas. Eso está bien. La memoria de Piglia, que ha fallecido demasiado pronto, no es tanto testamento como pensamiento, y cuando uno escribe así su obra debe perdurar. Se le compara siempre con Borges porque nos gusta agrupar a los escritores por países, como si en cada nación todos los autores fueran medio primos  o  sobrinos de primos hermanos y por tanto vástagos de una misma familia.

Piglia se vio obligado a dictar parte de la segunda entrega de los diarios de Renzi, titulada Los años felices, porque la enfermedad le impedía escribir. La primera entrega, llamada de manera transparente Los años de formación, incluye la definición más triste del oficio de escribir que conozco: “¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro).” Yo, que entiendo la escritura como una llamada casi mágica, con una vocación cercana al sacerdocio, nunca he sabido qué hacer con la definición de Piglia, y quizá la tengo siempre presente precisamente por eso, por lo que me desconcierta.

Ricardo Piglia durante una entrevista || Fuente: Recorte de YouTube

Ricardo Piglia durante una entrevista || Fuente: Recorte de YouTube

Respiración artificial, su puerta de desembarco en nuestro país, no es solamente una obra de culto porque sea difícil de leer o porque los que se sientan deslumbrados por ella sean algún tipo de elegidos. Lo es porque el esfuerzo de luchar contra esa armazón irremediablemente enrevesada queda más que recompensado por lo que uno encuentra en ella. Piglia logra que la complejidad tenga un objetivo, y eso en literatura no es tan sencillo.

El autor argentino no dejaba de ofrecer nombres cuando escribía. Borges, Kafka, Faulkner, quien fuera. Siempre sentí que, cuando mencionaba a los grandes, jugaba a medirse con ellos de una manera secreta. No se limitaba a leerles, a sentir amor por ellos o a copiarles, como hacen los demás. Cada vez que escribía sus nombres se iba formando una idea de cuál era su verdadera altura. Me cuentan que deja mucho material sin publicar, así que pido que se le trate bien editorialmente hablando, para que sus incondicionales no tengamos que soportar que eruditos, amigos del autor y editores buscatrufas nos ofrezcan algo que es Piglia sin ser Piglia, ustedes ya me entienden.

Me he propuesto acabar esta columna sin recurrir a frases sobre su persona que estén  demasiado trilladas.  Nada de fue muy grande o lean su obra, entre otras cosas porque estoy seguro de que él no lo haría. Lucharía con las palabras hasta encontrar la adecuada.

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