Señala Jorge Volpi en el prólogo de la obra titulada Pedro Páramo que “todas las palabras que estamos a punto de escuchar provienen de los labios de un muerto». En Mogarraz, sin embargo, los muertos no tienen voz, sino solo rostros. Situado a aproximadamente hora y media de Salamanca, este pueblo desconocido acoge en sus calles los lienzos de aquellos habitantes que una vez se pasearon por él.
Estos lienzos pertenecen al proyecto denominado “Retrata2” que recoge 388 pinturas copia de fotografías realizadas en 1967 a la población de Mogarraz.

La mayoría de estos rostros, como sucede con los personajes de la popular novela de Juan Rulfo, conforman los últimos retazos de sombras que ya no se tumban al sol sino que afirman ahora que sienten “como si alguien caminara sobre nosotros”. La sepultura en la novela mexicana es el punto de partida desde el comienzo de la narración. Juan Preciado agarra la mano de su madre hasta que la muerte se la lleva, volviendo los dedos fríos muñones.
Pedro Páramo: muerte entre los vivos
Como sucede con Pedro Páramo, el visitante de Mogarraz al penetrar por sus calles se siente observado y rodeado de rostros que no está seguro de a quién pertenecen. Quizás sean los retratos de los habitantes de las casas de madera o aquellos que riegan las flores que se ahogan en las macetas, supurando pétalos.

Al igual que el turista perdido, Juan Preciado se mezcla entre la muchedumbre de voces y susurros: “Se oyen rumores; pies que raspan el suelo, que caminan, que van y vienen”. El viento arrastra las hojas de los árboles de Comala cuando ni siquiera hay árboles. Rulfo ofrece una imagen espectral de realismo mágico que se destapa ante los ojos de Juan Preciado y del lector mismo.
Mogarraz se adorna de árboles, de flores, de bolsas de pan entre las puertas. Y ese encanto de pueblecito de montaña y sirenas en el camino del agua abraza la ausencia de arrugados rostros de colores que se enmarcan sobre la piedra y dirigen sus miradas a las bocas abiertas que sacan fotografías. Así los muertos viven un poco más, siguen vigilando sus flores desde lo alto y acompañan las habitaciones de los vecinos que llenan las garrafas de agua clara.
Ruidos, voces, rumores, canciones lejanas
En la novela de Rulfo los diálogos que se insertan en la trama pertenecen a personajes fallecidos: “Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran cerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces desgastadas por el uso. Todo eso oyes”.
Esas mismas risas podrían proceder de los rostros que decoran las calles y acompañan el cristal de las ventanas de las casas de Mogarraz. En este caso, risas silenciosas, de pincel y acuarelas.
“Mi novia me dio un pañuelo.
Con orillas de llorar…”
Diálogos del pasado, muertos que fingen su propia vida vagan por el mundo y descansan en Comala. Rulfo juega así con el lector e introduce retazos de canciones en el texto de la obra.
“-Han matado a tu padre.
-¿Y a ti quién te mató, madre?”
Los mismos habitantes del pueblo mexicano afirman escuchar voces que les llegan muy bajito, musitando órdenes y consejos. O informaciones, como la llegada de Preciado al pueblo.
“-Mi madre ya murió.
-Entonces esa fue la causa de que su voz se oyera tan débil, como si hubiera tenido que atravesar una distancia muy larga para llegar hasta aquí. Ahora lo entiendo.”

En las terrazas y balcones, en las paredes de Mogarraz los rostros estáticos se unen a los de la población viva y los turistas. De ese modo no se camina solo, sino que una perpetua presencia te acompaña entre el silencio del agua huyendo de las montañas y los pájaros que habitan las copas de los árboles.
Pedro Páramo es el nombre de uno de los muertos. Un cacique conocido por su afán de mujeres con las que engendrar hijos no reconocidos. El calor de Comala contrasta con el frío de la sierra. Un frío de recuerdos de nieve e invierno. A Juan Preciado dicen que le mataron los susurros, el eco de los pasos y la cháchara frívola de mujeres atrapadas en el tiempo, entre las paredes de Comala.
En Mogarraz el visitante halla una oda a la muerte y al recuerdo, a aquellos que ya no están. Un poquito de realismo mágico estalla en cada esquina, donde los muertos deambulan y observan a los vivos, mientras perciben en su estatismo un poco del olor a pan y a flores.
Y a lo lejos también se oyen canciones.

