Puedes leer la entrevista a Paolo Laudicina en italiano.

Son las seis de la tarde y Paolo acaba de terminar su día de trabajo. Nos espera en la escuela de danza C. F. P. Venezia Balletto, gestionada por Sabrina, su pareja y musa inspiradora. El lugar de la entrevista no es casual, sino sintomático de la importancia que tuvo en el comienzo de su segunda profesión, la de fotógrafo de danza. Y es que Paolo Laudicina lleva, a sus espaldas, una carrera ya consolidada y reconocida en Italia gracias a la colaboración con distintas compañías de ballet y a la publicación de sus fotos en revistas especializadas de fotografía.

Paolo, ¿cómo nace tu afición por la fotografía?

Creo que, en mi caso, la afición por la fotografía es innata. Recuerdo que desde pequeño me sentía muy atraído por la cámara de mi padre o de mi tío que era aficionado a la fotografía. Así, empecé a comprar y a leer las revistas especializadas que entonces estaban de moda y a disparar las primeras fotos: de paisaje, retratos y street. Al principio tenía todavía una fotografía generalista, luego, poco a poco, encontré mi camino. Mi familia no me ayudó, ni siquiera los amigos. Lo mío fue una iniciativa personal…

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Entonces, ¿cómo empezaste?

Como ejemplo, te he traído esta foto de 1991 de cuando fui a fotografiar por primera vez una exhibición de danza con la película en color que quería probar. Tras haberla hecho revelar, encontré esta foto que me deslumbró por su belleza y por las luces, que hasta ese momento no había visto. Esta imagen marcó el cambio de pensamiento hacia la fotografía y la danza.

Tienes que saber que al principio iba a fotografiar con la película en color y era un desastre, porque por aquel entonces era muy granulosa: en un rollo de treinta y seis conseguía sacar dos fotos. Eran de verdad unos resultados pésimos. Entonces, empecé a interesarme por la fotografía en blanco y negro. Durante muchos años, por lo menos una decena, he fotografiado la danza siempre en blanco y negro, aprendiendo a revelar e imprimir los rollos yo solo. Luego me cambié al digital y todo cambió…

Te has especializado en fotografía de danza. ¿De vez en cuando haces incursión también en otros géneros?

Amo la fotografía en todos sus géneros y si tengo que fotografiar un paisaje lo hago con placer como aficionado. En el caso de la fotografía de danza tengo otro enfoque mental. Muchos piensan: será una fotografía de tipo documental en la que retratas un baile y muestras lo que pasa en el escenario. En cambio, lo que intento hacer yo es interpretar la danza, captando la expresión y la intimidad del bailarín. En mis trabajos busco un alto grado de poesía, haciendo que en la imagen surja esa complicidad que se crea en la escena entre los bailarines. Hay entonces una interacción entre fotógrafo, bailarín y público. De hecho, al ver mi foto, el público se queda sorprendido por la calidad de la imagen y por el contenido. No es fácil, pero aspiro a eso: no a unas fotos estáticas, sino a unas fotos que puedan contar algo.

¿Qué peso ha tenido tu pareja en el hecho de hacerte entender cómo funciona la danza? Al tener ella una escuela de danza ha tenido, probablemente, un peso importante.

Fundamental, porque es una perfeccionista en su trabajo, nunca está satisfecha. Profesora y coreógrafa, prepara sus alumnos de manera perfecta y profesional. Un nivel tan bueno y alto me ayuda también a mí en mi trabajo. En la danza tuve esta suerte, de tener a una pareja que me ha hecho amar la danza. Durante los primeros años fotografiaba solo para ella, ahora lo hago también para varias compañías nacionales e internacionales y, en este caso, es toda una diversión (risas).

¿Cómo vino el paso del ámbito local al nacional?

Con la llegada de internet pude darme a conocer también fuera de Venecia. Durante muchos años he tenido la suerte de seguir a una compañía de Roma, el Astra Roma Ballet, dirigida por Diana Ferrara, con la que Sabrina (su mujer) trabajó y que es conocida a nivel internacional.

Hay que añadir que si alguien quiere ser fotógrafo de danza, además de fotografiar mucho, tiene que hacer unos cuantos kilómetros. No puedes pretender que en Mestre o Venecia haya cada día algo para fotografiar; tienes que estar preparado para irte y dedicarte a ello como oficio. Estoy convencido que podría dar mucho más, pero no es mi primera profesión y no se me da muy bien la autopromoción.

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¿Cuál fue tu primer encargo oficial importante?

Fue en Treviso. Hace diez años le comisionaron a un coreógrafo famoso, Fabrizio Monteverde, un trabajo para el teatro municipal de Treviso, con chicos seleccionados de toda Italia. Necesitaba un fotógrafo y, a través de conocidos en común, me llamaron. Durante dos meses fotografié los ensayos. Al final de ese proyecto monté una exposición personal en el mismo teatro con las fotos que saqué en aquel período. Fueron muy bien recibidas. Ese fue de verdad el primer encargo en el que entré en contacto con un teatro, un coreógrafo famoso y unos buenos bailarines. Luego, a partir de ahí, pude retratar a otras compañías. Muchas de mis fotos se usaron para la publicidad de las compañías mismas, para la promoción y las publicaciones.

Con respecto a esto, ¿sueles fotografiar en teatro?

Yo sería un fotógrafo de teatro. Para mí entrar en un teatro es como entrar en una iglesia: es un lugar sagrado. El teatro es muy emocionante. El problema es conseguir que las compañías hagan las pruebas generales al mismo nivel que el espectáculo. Muchas compañías llegan el mismo día del espectáculo y tienen que hacer una prueba general: el noventa y nueve por cierto de las veces la hacen sin disfraces, con el técnico que está arreglando las luces todavía porque se han retrasado… en consecuencia, logro fotografiar los ensayos generales una vez sobre diez. Entonces, ¿qué pasa? Que tengo que fotografiar el espectáculo, pero hay muchos problemas porque las personas pagan una entrada y no quieren que el ruido de la cámara les moleste. Hay que ser capaces de encontrar la correcta posición en la sala para conseguir hacer un buen trabajo sin molestar.1

¿Vas al teatro con una idea preconcebida de lo que quieres fotografiar o te inspira el momento?

No, aprovecho el momento. No es algo que me construyo. Si voy por primera vez a ver un ballet puedo conocer el género, las características de esa compañía, pero no puedo saber cómo es el espectáculo. Entonces es algo que nace en directo. Además, es importante decir que depende del tipo de espectáculo que vas a fotografiar. Si te comisionan un baile del repertorio clásico, existen unas normas. Ante todo, tienes que conocer la obra que estás retratando para realizar los disparos correctos. Hay que poner en evidencia la belleza del bailarín en la máxima extensión del movimiento: un salto, un grand jeté… Un segundo antes o después y la foto se puede tirar. Tiene que ser en ese preciso instante.

En cambio, en la danza contemporánea es mucho más interesante para el fotógrafo porque puede sacar algo personal, puede interpretar con diferentes cortes, encuadres y detalles. Y este es otro tipo de trabajo. En fin, hay que adaptarse al tipo de espectáculo que se fotografía.

Antes hablabas de la diferencia entre color y blanco y negro. ¿Cómo eliges?

No elijo yo. En el baile clásico son las compañías que te piden el color, porque lo importante son los disfraces, las luces… que son siempre unas luces más fuertes, más intensas que en la danza contemporánea que se puede fotografiar con una sola bombilla. En el baile clásico las luces y las escenografías tienen que salir en la foto. En la danza contemporánea te la puedes jugar con el blanco y negro…, es mucho más libre.

Después de haber sacado una foto ¿la arreglas en la posproducción?

Soy un fotógrafo a la vieja usanza. La foto tiene que ser arreglada en su parte formal, es decir, en el corte, el encuadre, cuadrado o rectangular, como uno quiera. A mí no me gusta modificar los colores que hay en escena porque quisiera que la foto fuera lo más parecida posible a lo que el espectador vio. No aclaro demasiado: la foto de danza demasiado clara nunca me ha gustado. Mejor más fuerte, más cargada, pero sin intervenir mucho: encuadre, luz y exposición. Además, es aconsejable eliminar el ruido fotográfico. Hace unos años era un problema, mientras que con las cámaras de hoy casi no se percibe.

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El movimiento, la ligereza, la delicadeza y la elegancia son aspectos propios de la danza clásica. ¿Cómo consigues expresarlos?

Estos cuatro conceptos son el resumen de lo que vemos en el escenario. Añadiría también la potencia de los bailarines…, algunos son verdaderamente grandes atletas. Es difícil concentrar en una foto todos estos aspectos. En mi opinión, hay que centrarse en uno o dos, ya que depende de quién baile. Hay bailarines extremadamente delicados y refinados, entonces ahí tienes que lograr sacar cierta elegancia.

También el movimiento es un aspecto interesante. Me he quedado fascinado por un autor francés de los primeros del ‘900, Eugène Druet, un conocido fotoaficionado y uno de los primeros en fotografiar el movimiento en la danza y la expresión del bailarín. Sin embargo, si trabajas por comisión, no puedes presentar una foto en movimiento porque las compañías no la quieren para nada. Buscan la precisión. El movimiento en la fotografía de danza es bonito, pero como investigación personal.

La cámara es tu compañera fiel. ¿Usas siempre la misma?

No, tengo tres cámaras de Canon. He decidido comprar este sistema porque me asegura tener buenos objetivos y una actualización constante de todo el equipo. Canon o Nikon, cuando se eligen estas marcas se puede uno quedar tranquilo. Canon es muy buena. Me gusta porque, incluso trabajando en el escenario, capta mejor la tez de los bailarines, tiene colores mucho más naturales. La fotografía de danza necesita requisitos gráficos de alta calidad. Para desempeñar un trabajo profesional el equipo es muy importante.

¿En qué porcentaje situarías el trabajo del fotógrafo respecto a la cámara?

La fotografía de danza implica una conexión entre ambas cosas. El ojo del fotógrafo tiene que saber cuándo disparar. He visto personas en teatro disparar a ráfagas, porque estas cámaras pueden sacar diez fotos al segundo, pero retratar la danza con este sistema es lo más equivocado: en un salto solo hay un disparo correcto, un poco antes o después y está mal. El disparo siempre es único. Hacen falta objetivos luminosos de buena calidad y cámaras de última generación.

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¿Qué consejos darías a quien quiera emprender la carrera de fotógrafo de danza?

La promoción es importantísima. Hay que darse a conocer. Es difícil porque hoy en día las compañías de danza tienen copyright y son celosas de sus imágenes. Si no eres un fotógrafo acreditado, es casi imposible fotografiar en algunos casos. Entonces hay que moverse y no dejar de pedir permiso para sacar fotos.

Al principio, se trabaja por la pasión de hacerlo y hace falta presentarse con las fotos para mostrarlas a los directores de las compañías. Te tienen que conocer. Una vez obtenida la confianza, con enviar un correo vale. El aprendizaje es largo y es más fácil si vives en una ciudad como Florencia o Roma, donde se sigue más la danza, pero en otros lugares es difícil, hay que viajar. Lo que intento hacer en estos últimos años, de hecho, es fotografiar menos y dar un mayor valor a mis fotos.

Imagina que estás en un teatro y junto a ti está un fotógrafo en su primer espectáculo de danza. ¿Qué consejos le darías?

Ante todo, de no molestar, el espectador es sagrado. En algunos espectáculos la música es baja y hay momentos en los que, a veces, me gustaría poder fotografiar, pero me contengo. No se puede. Siempre aconsejo ir más allá, de poner algo propio, incluso equivocándome. No se trata de disparar, sino de entrar en el mundo del bailarín y conseguir algo personal. Esta es la cosa más bonita.