Todos los premios son imperfectos e injustos, especialmente si no se los dan a uno. Por eso Umbral dejó dicho y escrito que las antologías literarias tendrían que hacerlas con los finalistas de los premios, y no con los ganadores. Él cosechó unos cuantos, y aún así dedicó más energía a reclamar los que no le dieron que a celebrar los que le fueron concedidos. El Nobel de Literatura de este año ha servido para conocer la verdad de esas deliberaciones de los académicos suecos que deben permanecer secretas durante cincuenta años: el premio Nobel de Literatura de nuestros días tiene la única misión de enfadar a Philip Roth, quizá como un símbolo poético y universal de la ira de sus lectores contra ese anciano que un buen día se negó a seguir escribiendo. Cuando se retiró en 2012, es probable que se alejara aún más de recibirlo, pues se dice que una norma no escrita del comité sueco es que el ganador se encuentre en activo. Al menos en ediciones pasadas cabía la excusa del antiamericanismo. La cuestión era convincente: hacía más de dos décadas que ningún estadounidense ganaba el Nobel de Literatura, exactamente desde que Toni Morrison lo disfrutara en 1993, y esa excusa nos servía a los devotos de Roth (entre los que me incluyo) para ir tirando hasta el momento en que recibiera la llamada de oro. Con Bob Dylan ingresando entre sonidos de armónica en el Olimpo sueco de la literatura, la cosa ha cambiado bastante. Circula la historia, supongo que como una exageración más en torno a ese pequeño problema del autor de Pastoral americana con el Nobel, de que durante años Philip Roth viajó a la oficina de su agente para esperar la llamada, con una nota de prensa lista para ser enviada y alguna botella puesta a enfriar. El americano se sentaba en una sala de reuniones a esperar y al final del día hacía el viaje de vuelta a Connecticut.

Premio Nobel El escritor americano Philip Roth en su casa. Año 1990 || Elliott Erwitt || Magnum Photos

El escritor americano Philip Roth en su casa. Año 1990 || Elliott Erwitt || Magnum Photos

Hasta que Bob Dylan se ha hecho con el Nobel de Literatura, estaba de moda ridiculizar el galardón por el exotismo de sus decisiones. Durante unos años parecían empeñados en atrapar y ofrecer al mundo ejemplares únicos  (el Nobel a Mo Yan fue el pico de esa carrera de entomólogos en el que también atraparon vidas singulares como Xingjian, el oculto Coetzee, el sorpresivo Le Clézio o el inclasificable Naipaul). En esa tendencia anterior del Nobel peregrino e impredecible provocaron en más de una ocasión que los periodistas corrieran a Google para saber quién demonios era aquel tipo que acababa de ganar el Nobel de Literatura. Es célebre la anécdota de 2014, cuando el  escritor Patrick Modiano (magnífico, a mi entender) ganó el premio Nobel de Literatura y su ministra de cultura Fleur Pellerin se mostró frente a las cámaras del Canal + francés absolutamente incapaz de nombrar una sola de sus novelas, y eso que había publicado unas treinta, más de la mitad obras absolutamente inolvidables e imprescindibles.

La deriva reciente del premio Nobel de Literatura es la certificación de que el galardón también ha entrado en lo que se ha dado en llamar de una manera muy acertada la civilización del espectáculo. Acabamos de despertar en lo que se podría llamar la época cool del premio. Lo que más gracia me ha hecho del revuelo del Nobel de Bob Dylan ha sido que los mismos académicos que llevan no sé cuantos años viviendo de dar charlas (siempre la misma, se entiende) preconizando la muerte de la novela ahora se rasgan las vestiduras porque llevamos dos años en los que no gana el premio Nobel de Literatura un novelista. Si hablamos de que los géneros mueren, pues mueren. En los premios y fuera de ellos. Si en esta sociedad líquida que tanto alaban todo es mutable, variable e interpretable, pues ahí lo tienen. El Nobel de Literatura para un músico con letras excelentes. La verdadera pregunta que yo me hago es la siguiente: ¿es peor que gane el Nobel un músico que destila literatura en las letras de sus canciones o un escritor que no la hace?

Premio Nobel Bob Dylan

Bob Dylan con su hijo Jesse en el exterior de su casa de Byrdcliff, Woodstock, NY, 1968. || Elliott Landy – Magnum Photo

Todo ese gran movimiento hacia lo popular en el criterio de asignación del Nobel paradójicamente puede hacer que pierda gran parte de su prestigio. Las elecciones más que dudosas del premio de la Paz ya levantaron una ola general de mofa en este internet bullicioso y ávido de nuevos temas que desollar. El mayor problema de este tsunami entre gracioso e injusto que ha provocado los últimos premios es que, como no puede barrer la costa de la Ciencia (¿Qué sabe un mortal si el Nobel de Física está bien adjudicado?), se ha dirigido de manera inmediata al país de la literatura, de la que, como es bien sabido, opina todo el mundo, aunque no tenga encima más lecturas que unos cuantos misterios vaticanos y alguna novela histórica en la que los templarios se hablan de tú.

Cuando Obama ganó el premio Nobel de la Paz, circuló la broma de que desde ese momento podía recibir el premio Nobel de Literatura un autor sin un solo texto publicado, a cuenta de lo que pudiera escribir en el futuro. Con el dramaturgo Eugene O’Neill la academia sueca pareció hacer algo así y les salió bien: ganó el Nobel de Literatura en 1936, unos cuantos años antes de que produjera su obra maestra: Largo viaje hacia la noche se escribió en 1941 y fue estrenada en 1956.

Premio Nobel Bob Dylan

Actuación de Bob Dylan por los derechos civieles en 1962. Mississippi || Fuente: Magnum Photo

Se ha producido demasiado ruido estos días sobre si es equivocada o no la elección de Bob Dylan para recibir el galardón. Al fin y al cabo la historia del Nobel literario no es ni más ni menos que un reflejo efectivo de lo que ocurre en la propia historia de la literatura. Es tan imperfecta, errada y voluble como ella, y contiene los mismos traspiés y aciertos que cualquier gran antología, en la que siempre faltan grandes autores y sobran mediocres, como en esos libros superventas de Harold Bloom en los que siempre sobra algún inglés de pura cepa y se olvida de hablar de Cervantes. El dios Bloom es parcial y está sujeto a modas, pero ese sesgo no le impide ser uno de los mejores críticos de literatura del siglo XX. Igual ocurre con la academia sueca. La lista de los Nobel es todo lo injusta que es siempre una lista, ni más ni menos. Siempre podemos encontrar agravios y comparaciones infames. Cuando Pinter, el dramaturgo-juguete de la izquierda británica se llevó el Nobel en 2005, los muy escandinavos Strindberg e Ibsen debieron dar algunos saltos en su tumba, pero igualmente puedo darles una relación de premios Pulitzer ilegibles y que no tienen más mérito artístico que una lista de la compra.

Las casas de apuestas cada vez prestan más atención a las quinielas del Premio Nobel de Literatura, así que prepárense para tiempos de mucho espectáculo y pocas trayectorias sobresalientes, si se han hecho desde la invendible oscuridad del escritorio. Como Frankenstein con el amor, todo lo que tocamos acaba pareciéndose demasiado a lo que no nos gusta, y eso está ocurriendo con un premio que debería ser (¿aún lo es?) el más transnacional y depurado de cuantos se otorgan. El otro día un escritor enfadado (casi todos, si se les mira suficientemente de cerca) escribió que alguien había dicho que el infierno de Alfred Nobel era su lista de premiados en literatura. Yo no me atrevería a decir tanto. Simplemente me permito sugerir que ha llegado el momento del Nobel cool. Así que Murakami puede ir preparando su discurso por si dentro de un año recibe la llamada de oro, ya que a moderno y vendible no le gana nadie. Yo seguiré leyendo a Philip Roth, y a DeLillo, y esperaré recluido en el esplendor de sus obras. De todas formas la respuesta, ya se sabe, está flotando en el viento.

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