Son solo cosas, dirán algunos. Objetos ordinarios que implacablemente desfilan ante los ojos de la gente todos los días, todas las horas, cada segundo de sus vidas. Paraguas, espejos, jaulas, bicicletas, relojes, escaleras, maletas… Objetos cotidianos que caracterizan al hábitat del hombre y sus acciones, que aparecen en espacios definidos y previsibles donde su presencia no sorprende, sino que simplemente se da por sentada. Sin embargo, algo hay en ellos que atrapa, que hipnotiza y que hace que su reproducción en la imagen fotográfica sea casi obsesiva.

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Piergiorgio Branzi, Chico con reloj, 1955 || Fuente: Cultura Italia

A la base de esta reincidencia o insistencia visual residen distintos factores. Puede que haya cierto gusto fetichista hacia este o aquel objeto, un recuerdo a él asociado o simplemente atracción estética por su forma y efecto estructural en la imagen. Las razones que empujan al fotógrafo a lanzarse reiteradas veces hacia lo cotidiano y sus manifestaciones son muchas, pero hay una que sobresale y se impone a las demás: los objetos cuentan historias.

Cómo lo hagan y por qué pueda interesar al espectador o al fotógrafo será el propósito de este y los siguientes artículos, cada uno dedicado a un objeto cotidiano cuya aparición dentro de la imagen fotográfica suscita reflexiones heterogéneas, constelaciones de sentido o, ya que de esto se trata, historias extraordinarias.

El poder narrativo de los objetos

Las palabras que Italo Calvino empleó para referirse a la narración se podrían aplicar a la fotografía: «desde el momento en que un objeto aparece en una narración, se carga de una fuerza especial, se convierte en algo como el polo de un campo magnético, un nudo en una red de relaciones invisibles». De manera análoga, el objeto que aparece en la imagen fotográfica se convierte en objeto «mágico» alrededor del cual se tejen los hilos de múltiples historias.

La narración, al igual que la magia, no nace sin más. Necesita vivencias, una mirada renovada, curiosa y falta de prejuicios hacia la realidad, además de cierta capacidad de asombro. Conceptos para nada nuevos y que se recogen ya en el Primer Manifiesto Surrealista de 1924, cuando André Breton insistía en la arbitrariedad de la imagen. Más alto es el grado de arbitrariedad de una imagen y más compleja resulta su comprensión. De este desfase o anomalía nace la magia, ese no sé qué que desata primero la reflexión y luego la narración.

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Bruno Barbey, Chico jugando en la Riviere des Galets, 1992 || Fuente: Magnum Photos

Con otras palabras pero mismo concepto, Roland Barthes hablaba de «dualidad» de la imagen fotográfica, refiriéndose a la alternancia o copresencia de elementos que generan interés y estimulan el debate. Hay imágenes que pasan desapercibidas porque no hay nada en ellas que suceda como una «aventura». Hay otras que, como se decía al principio, atrapan, hipnotizan y desatan historias. Un paraguas o un espejo son solo objetos. Sin embargo, si aparecen en contextos distintos a su uso habitual o dentro de un entramado de relaciones inusuales, entonces se convierten en esos polos magnéticos a los que se refería Calvino.

Esta hipnosis o desenfrenado interés por los objetos cotidianos no es prerrogativa del espectador, sin duda elemento necesario en la reelaboración narrativa, sino que se funda en la mirada entrenada del fotógrafo. A este propósito, llaman la atención las palabras de Ruth Bernhard quien dijo: «Observo objetos ordinarios y veo cosas que otros no ven, por esto mismo me hice fotógrafa».

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Ruth Bernhard, Teapot, 1976 || Fuente: Detroit Institute of Arts

El fotógrafo es el artífice que busca, elige y propone relaciones entre las cosas que normalmente quedarían invisibles. Dentro de lo cotidiano y de las costumbres visuales que a menudo impiden captar lo maravilloso, lo sorprendente, lo raro, el fotógrafo se deleita a proporcionar hallazgos narrativos, escenas merecedoras de ser contadas.

Interesarse por los objetos cotidianos significa interesarse por las historias de las personas. Prótesis de sus vidas, catalizadores de recuerdos y sentidos, producto de su gusto fetichista, los objetos se encargan, gracias a la magia narrativa del fotógrafo, de dirigir la mirada de el espectador hacia lo sencillo. Y después de observar muchas imágenes, se atreve uno a pensar que este amor hacia los objetos sea en realidad una invitación de la fotografía a ver el mundo con el mismo interés y la misma sorpresa. Una invitación para que el frenesí de la vida hodierna no arrastre consigo todas las historias extraordinarias posibles.

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Elliott Erwitt, París, Tour Eiffel, 1989 || Fuente: Magnum Photo

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