En el mundo de la música había dos grandes poetas, dos por encima del resto. Había. Hoy ya solo queda uno. Leonard Cohen, “El Bardo”, ha muerto a los 82 años. La fecha de la defunción, que ya es historia de la música, es la del once de noviembre de 2016. La noticia fue dada a través de Facebook, atendiendo a los tiempos que corren. “El legendario poeta, artista y escritor de canciones, Leonard Cohen, ha muerto”. El orden de los factores importa.

El poeta y cantante canadiense Leonard Cohen durante la "Fete de l'Humanite" (Festival Comunista Francés). 1974 || Fuente: Magnum Photos

El poeta y cantante canadiense Leonard Cohen durante la “Fete de l’Humanite” (Festival Comunista Francés). 1974 || Fuente: Magnum Photos

Porque ante todo Cohen era un creador. La interpretación, su voz que pasó con el tiempo a ser rocosa, no es lo que destaca en su vida. Ganó el Principe de Asturias de las Letras en 2011. Era el otro cantautor que optaba al Nobel, que sonaba, que quizá estaba destinado a romper la barrera. Al final fue Dylan quien lo hizo. A buen seguro hoy habrá algún académico que duda acerca de cuál poeta y cantautor debió ser laureado. Aunque siempre quedarán las palabras del propio Leonard Cohen, un caballero como siempre: “darle el Nobel a Dylan es como ponerle una medalla al Everest”.

Un maestro del cuerpo y el alma

No faltan hoy las referencias a los últimos actos de uno de los grandes maestros del pathos. El paralelismo con Bowie es evidente. Ambos sacaron disco antes de morir, de forma inminente, aunque hay que reconocer que el inglés tuvo un timing mucho más exacto. También los dos veían que el fin quedaba cerca y lo reflejaron en sus trabajos. No habrá necrológica hoy, esta incluida, que pase por alto ese “estoy preparado, mi Señor” que el canadiense lanzó en You want it darker.

La vida de Cohen estuvo plagada de momentos que bien podrían haber sido uno de sus poemas. Como cuando su amante y manager se había agenciado un buen pellizco de su fortuna. En esa época, el canadiense estaba restituyendo cuerpo y mente con el zen. Porque, aunque parezca extraño, también le dio tiempo de hacerse monje.

Su obra musical, bien a través de su voz o de otras más dotadas, son lo que la mayoría recordará. Letras entre dios, el amor y la tierra. Canciones que valen tanto para preliminares como para ponerse filosóficos. Claro ejemplo es su Hallelujah, que puede entenderse desde la parte pasional o desde la religiosa, y que otros han versionado con indiscutible éxito.

Leonard Cohen, una obra a tener en cuenta

Lorca, el gran poeta del siglo XX, es la fuente principal de inspiración para Cohen. El motivo, el genio que le llevó a componer versos. Hasta uno de sus hijos se llama Lorca. Del Lets us compare mythologies al último Fifteen poems pasaron 56 años. Una dedicación no intensa en número de obras, pero sí constante, enamorada.

Sus novelas, inevitablemente, se han tornado de culto. Sin embargo, The favourite game y Beautiful loosers no cuajaron en su momento. Un disgusto para el Cohen de los sesenta, el viajero por Europa, una suerte para el resto. Porque en su regreso al continente americano se centró en lo que le haría eterno: la música y los poemas.

Leonard Cohen no fue especialmente exitoso en cuanto a ventas. Ni siquiera prolífico. La cantidad es cosa de la industria. El “Famous blue raincoat” sigue valiendo para que un cornudo se regocije en lo suyo. “Take this waltzqueda ahí para que generaciones futuras, y presentes, se pongan románticos. “Halleluya” para ponerse brasas, metafísico, y/o aprovechar a meter mano. Quizá lo de Marianne fue muy largo para el Bardo. Lo de Cohen, para el mundo, no.

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