Hombre lobo, mito y realidad

El mito del hombre lobo es uno de los más populares y extendidos del mundo. Prácticamente en todas las mitologías existen leyendas relacionadas con esta figura. Todas tienen en común la aparición transitoria de características de esta u otras bestias en el hombre. Sirvan de ejemplo el  hombre tigre del noroeste argentino y Paraguay, o el hombre leopardo africano.

 El primer hombre lobo: el rey Lycaón
Fotograma de la película Werewolf of London (1935) de Stuart Walker

No obstante, fue la ficción moderna la que lo popularizó y unificó con los ropajes de la licantropía. El mito, tal y como lo conocemos hoy, habla de un hombre maldito que se convierte en lobo en las noches de luna llena. Es esa noche cuando el licántropo sale a cazar. Pobre del ser humano que se cruce en su camino y no acierte a dispararle a tiempo con una bala de plata. Pero, ¿es esto en verdad el hombre lobo o podríamos ampliar su concepción a otras figuras? Para ello, antes de nada, debemos recurrir al origen.

El primer hombre lobo: el rey Lycaón

La leyenda más antigua es el mito griego de Lycaón. El rey de Arcadia era un rey religioso y sabio. Un rey querido y respetado por su pueblo, al que había ayudado a abandonar la vida salvaje. Sin embargo, el rey parecía no haber dejado atrás sus viejas costumbres. Según Ovidio en su Libro I del Metamorphoseon, Lycaón sacrificaba y devoraba a todo extranjero que llegaba a su casa.

Zeus convirtiendo a Lycaón en lobo

El dios Zeus quiso comprobar si efectivamente este era el comportamiento del rey. Disfrazado de vagabundo se presentó en el palacio de Lycaón. El rey se preparó para matar al viajero errante, pero no lo hizo. Al sentir una serie de señales divinas, decidió burlarse del rey del Olimpo y darle de cenar carne humana. Zeus, por supuesto, se percató de la burla y condenó al rey y a todos sus descendientes a convertirse en lobo. Conociendo el mito, no es difícil deducir de dónde viene el término Licántropo.

El hombre lobo en España: Romasanta y el Tío Francachela

Durante el siglo XVI, a razón de los múltiples juicios que se celebraron  por canibalismo, Francia fue infectada de hombres lobo. En España no tuvimos la suerte del país vecino. Los delitos de hechicería eran mucho más comunes en esa supersticiosa época. Aunque algunas leyendas asturianas hablan del lobisón campando a sus anchas por el monte en las noches de luna llena, no dejan de ser leyendas.

Seguramente el gallego Manuel Blanco Romasanta, conocido como el Hombre lobo de Allariz, era un buen conocedor de estas leyendas. En 1852 fue apresado y acusado de trece asesinatos. En su defensa declaró que por una maldición de alguno de sus parientes llevaba una vida errante, cometiendo asesinatos y alimentándose de la carne de sus víctimas. Todo esto convertido en lobo.

Fotograma de la película El Bosque del Lobo (1970) de Pedro Olea, inspirada en el personaje de Manuel Blanco Romasanta

La Justicia no cayó en la trampa. El tal Romasanta no era más que un asesino que actuaba con premeditación, alevosía y sangre fría. Romasanta debió haber terminado con sus huesos en el garrote vil, pero tuvo la suerte de que el hipnólogo francés Philips se interesó en su caso e hizo que le interesara a la reina. El proceso se alargó y finalmente fue el cáncer quien le dio muerte en la cárcel.

Mucho más amable es la historia de Antonio Robledo Palomino, el Tío Francachela. Algunos lo conocen como el Hombre lobo del Guadarrama y se acercan a él con la ilusión de la licantropía. En efecto, el de Miraflores de la Sierra era un hombre lobo, solo que de otro tipo. El Tío Francachela era lobero.

Pastor trashumante en la Vera de la Sierra segoviana, tierra de gran tradición lobera y ganadera, hacia 1895 (Archivo Ceballos-Escalera).

Un día, a los nueve años de edad, se quedó solo al cuidado del rebaño familiar y fue atacado por un lobo. El chaval comenzó a gritar. Gracias a esto el cánido huyó monte arriba. El can se vio cercado por la ayuda de otros pastores y tomó el camino de regreso hacia el niño. Este no tuvo tiempo de cargar el arma y le dio muerte con un violento y certero golpe en la cabeza. Aquel día el niño Robledo fue tratado como un héroe.

Al niño le gustó aquello de matar lobos, pues pronto se convirtió en un experto rastreador. No regresaba a casa hasta que no tenía en su poder un lobo muerto. Solía recorrer las sierras vecinas en busca de manadas y loberas. Su modus operandi era sencillo: rastreaba una lobera, la localizaba, se desnudaba y reptaba hasta ella. Robaba así los lobeznos y dejaba viva a la madre. El lobero de Miraflores solamente mataba lobos machos y crías. Dicen los registros que mató 219 lobos. Una cifra que solo superó el Rey Carlos III quien, según el viajero británico Townshend, llevaba en su libreta apuntados 1118 lobos cazados.

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