Mario Giacomelli fue un fotógrafo de origen italiano nacido en la pequeña región de Senigallia. Ocupó toda su vida viviendo en un mismo pueblo, realizando las mismas tareas y el mismo trabajo día tras día, noche tras noche, como las agujas de un reloj que jamás descansan. Entre semana, y desde 1938, trabajaba como empleado de una empresa tipográfica, mientras los fines de semana los dedicaba al principio a la pintura y poesía, posteriormente y hasta el fin de su vida a la fotografía.
No se consideraba un hombre culto, tampoco creía necesitar ampararse en la cultura, se trataba de una cuestión de sensibilidad. Giacomelli se distingue por sus ideas, por la forma que toman estas impresas en un trozo de película. Un compañero suyo de profesión, Boris Mikhaïlov, sostuvo y sostiene que la fotografía documental no es verdad. El documental no es verdad. Mario Giacomelli, entonces, como él, no buscaba retratar la realidad amparándose en la supuesta verdad contenida en esta. La fotografía tiene que ver con los pensamientos. Hay muchos factores contenidos en el momento de disparar la cámara que no pueden ser recogidos por esta. Toda imagen es un modelo de algo, una pequeña porción recogida de una realidad inabarcable para el ojo del fotógrafo.
La forma en Giacomelli es el modelo. Sus fotografías sincronizan de manera directa la realidad con sus ideas. Mario Giacomelli disparaba la cámara y posteriormente cortaba y quitaba todo lo que quería, haciendo multitud de correcciones para lograr el resultado final. En este sentido es formalista. El itinerario mental que se denota en cada una de sus fotografías tiene, ante todo, la hilación profunda de los estados de ánimo, no siempre visibles a una primera mirada pero presentes como una eterna voluntad de representación de la vida. Corregir, como él hacía, al fin y al cabo es contradictorio; enmascara errores, defectos, pero trata de dar una nueva luz que antes no existía.

Sus fotografías son el foco de los miedos y fetiches que lo acompañaron a lo largo de los años que ejerció la profesión. Mario Giacomelli pretendía captar el flujo de sensaciones e intuiciones sin encorsetarlo en una lógica que le es ajena: son el legado de su vida y no tópicos relacionados con cierta denuncia social o compromiso político. Por ejemplo, las fotografías de su serie Verrà la morte e avrà i tuoi occhi (Vendrá la muerte y tendrá tus ojos) (1966-1968), para la cual estuvo un año conviviendo en el asilo con los ancianos antes de tomarlas, fueron realizadas por su temor a envejecer, saber lo que le espera y lograr entender algunas cosas tomando cercanía ante la incertidumbre de las etapas finales de la existencia. La melancolía y la tristeza de estas fotos se adhieren a una parte de crueldad obtenida con el flash de su cámara. Muestra un mundo más trágico y triste; añade más sombra a la sombra.


Otras fotografías sorprendentes son las de seminaristas y sacerdotes jugando en el parque con el blanco y negro de gran contraste característico de las imágenes del artista italiano. Producen extrañamiento en el espectador que tiende a vincularles con la quietud de la vida eclesiástica.



También realizó fotografía paisajista de sus numerosos viajes a Etiopía o El Tíbet, y retrató la vida en el puebo Scanno, donde la belleza estaba fuera de la vida y el tiempo permanecía suspendido como si nunca hubiese sido tomado y nada hubiera cambiado. Para Giacomelli este pueblo era totalmente diferente, la vida era como mágica, y así lo mostró en sus fotografías.

‘Il bambino de Scanno’ de su serie Scanno.

Pero entre todas sus imágenes merece la pena resaltar una en especial de dos ancianos unidos por sus manos perteneciente a la antes mencionada serie Verrà la morte e avrà i tuoi occhi (1966-1968): ‘Él con sus dos muletas en una sola mano mientras ella le acariciaba la cara con una dulzura estremecedora. Quien ama de verdad no tiene edad. No existe una época para amar o para ser dulce. Piensa que ellos dos habían sido amantes veinte años antes y se encontraron de nuevo en el asilo. Ella tenía como noventa años, al igual que él, todas las mañanas ellos se encontraban. El hombre tenía sus dulzuras preparadas, ella llegaba para decir hola y le daba dulzura con su suave mano, casi tan suave como la de un niño. Había algo tan amable entre ellos, algo imposible. Eso es todo’. Declaraciones de Giacomelli sobre la fotografía que demuestran el grado de sensibilidad que el artista imprimía al tomar cada una de sus instantáneas.


