Es obligado continuar con el atrayente tema de la muerte que ya se inició en un artículo anterior. Ahora se dejarán a las voces de muertos como Baudelaire o Rosalía Lombardo expresarse.

Las flores del mal

La muerte ha sido objeto de interés en innumerables poetas, siendo tratada desde diferentes enfoques. Se ha descrito como descomposición, como terror, como algo que provoca la náusea. También se ha pintado con la suavidad de los versos de Poe, a los que ya se aludió en un artículo anterior.

Ofelia venta de almas

Ofelia, de Millais || Wikipedia.com

Por la fuerza de la imagen, cabe destacar al francés Charles Baudelaire y su poema a una carroña. En él pinta las características de un animal muerto que se encuentra por un camino. Este poema, una de sus fragantes flores del mal, no tiene desperdicio:

“Las patas en alto, como una hembra lúbrica
destilando un ardiente veneno,
se abría de forma indolente y cínica
su vientre repleto de miasmas.

Abrasaba el sol sobre aquella podre
como para acabar de cocerla,
y devolver ciento a Naturaleza
de aquello que uniera una vez;

y miraba el cielo al regio esqueleto,
expandirse como una flor.
Hedía tan fuerte, que sobre la hierba
creíste caer desmayada”

Dentro de este cuadro de muerte, hay lugar para la vida que la carroña entraña. La descomposición fabrica nuevos seres que cosquillean sobre el cadáver:

“Danzaban las moscas sobre el vientre pútrido,
de donde a millares surgían
larvas que avanzaban, cual líquido espeso,
por esos vivientes despojos.

Todo aquello bajaba, subía como una ola
o se desgajaba crujiendo;
diríase que el cuerpo, de un soplo animado,
se multiplicase y estuviera vivo.

Producía ese mundo una extraña música,
como el viento y el agua al pasar…”

Baudelaire compara a su amante con esa carroña que contemplan con las narices tapadas por el hedor. Lejos queda la Laura de Petrarca y sus ojos, que ciegan a una mariposa:

“Y sin embargo igual serás que esa basura,
que esta infección horrible,
estrella de mis ojos, claro sol de mi vida,
tú, mi pasión, ¡mi ángel!

Sí, tú serás así, oh reina de las gracias,
tras el último viático,
cuando bajo la hierba y la vegetación
enraícen tus huesos.

Entonces, ¡oh mi bella!, diles a los gusanos
que a besos te devorarán,
que yo guarde la forma y la divina esencia
de mis descompuestos amores”

Las catacumbas: escaparate de la muerte

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Rosalía Lombardo

Ray Bradbury también se sintió tentado y escribió sobre ella. Se trata del desgarrador cuento “El siguiente de la fila”, donde una pareja de turistas visitan México y planean ver las momias que se exponen en el cementerio de un pueblecito:

“Cincuenta y uno, cincuenta y dos, cincuenta y tres. Marie contó desde el centro del corredor largo; había muertos apoyados en todos los muros. Los muertos gritaban. Parecía como si hubiesen saltado, saliendo muy tiesos de las tumbas, apretándose con las manos los pechos encogidos, y gritaban ahora, y en las mandíbulas desencajadas asomaban las lenguas. Y así habían quedado para siempre. Todos tenían las bocas abiertas. Era un grito que no cesaba nunca. Estaban muertos y lo sabían. Las fibras resecas y los órganos consumidos lo sabían. Marie escuchó un rato los gritos”.

El cuento es toda una sinfonía a la muerte.  Impactante y cruento, ofrece la misma imagen que uno puede encontrarse al visitar las catacumbas de Palermo: muertos de bocas descomunalmente abiertas que contrastan con la dulzura de una muerta conservada prácticamente bajo llave, tras un fino cristal.

Es esta la famosa Rosalía Lombardo, la niña durmiente. Es la momia mejor conservada del recinto, en cuyo rostro el visitante puede consolarse un poco y descansar de la exposición de cadáveres emitiendo un sordo grito. Su sosiego y belleza resultan en una descripción de la muerte apacible, casi perfecta. Es por ello que la fotografía, más que a una muerta, recuerda a una dormida muñeca.

La muerte inglesa

En la época victoriana se retrataba a los muertos posando, estáticos, con los ojos apagados y todo un sistema de alambres bajo las ropas que les permitían mantener la posición. En internet se encuentra toda una serie de páginas en donde se recopila esa fotografía post-mortem. Posturas poco naturales, niños suavemente dormidos, plagaban los estudios de fotografía. Era esta una manera de mantener a los muertos cerca.

Cuenta el guía turístico del cementerio de Highgate, en Londres, una moda que se llevaba en la era victoriana. Los ingleses acudían a los cementerios con decorativas tazas de té con leche y scons para mantener una deliciosa merienda con sus familiares muertos, al estilo de Mary Poppins.

muerte mery poppins

Mary Poppins laughing song || erkulturalsock.wordpress

Sea la muerte presentada como putrefactas almas, como esqueleto riente, carroña descompuesta o como la dulce imagen de Rosalía Lombardo, siempre ha conformado un tema que ha llenado al ser humano de interrogantes y temores. Se puede citar a Paul Bowles y su novela Let it come down: “Si un hombre no iba a ninguna parte, si la vida era una cuestión de existir durante un instante largo y continuo que era todo uno, entonces lo mejor que podía hacer era recostarse y existir”.

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