La violencia vende y mucho: esto no es ninguna novedad. Al igual que el sexo, la violencia explícita capta las miradas de millones de personas de forma fácil y a menudo barata a través de los medios masivos de comunicación. La violencia es rentable y comercial y su intensidad se multiplica a una velocidad vertiginosa sobre las pantallas que cambian frente a nuestras retinas.

Nuestra «sensibilidad epidérmica», como la llamó Lipovetsky, impide que el impacto de aquello que se contempla deje una huella profunda en nosotros porque, antes de que hayamos podido asimilar la magnitud de lo percibido, ya hemos recibido cien imágenes más con escenas aún más terribles que nos han sido servidas entre medias de anuncios publicitarios de productos de limpieza, del pronóstico del tiempo o de los próximos estrenos cinematográficos.

Esto hace que las imágenes que aparecen en nuestros timelines tengan que ser cada vez más brutales para impactarnos y que estas escenas vayan a su vez anestesiando progresivamente nuestra capacidad de reacción, limando nuestro sensibilidad para ellas.

La violencia como eje del arte actual

La violencia explícita no sólo puede encontrarse en las portadas de la prensa amarillista, sino también en el mundo del arte, donde germina con enorme facilidad. Las producciones artísticas y performances que usan la violencia como eje central de su expresión han sido cada vez más numerosas en el mundo del arte de las últimas décadas. La crueldad, la angustia, los cadáveres, el sufrimiento, la tortura y la sangre han ocupado las galerías, el cine de arte.

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Pero para elevarse sobre el mero amarillismo y distanciarse de su mal vista vulgaridad, estas obras han necesitado elaborados discursos que legitimen la explotación de esa debilidad humana que es mirar: mirar el accidente, mirar el cadáver, mirar la carne abierta, la chaqueta manchada de sangre, la cara destrozada, como describe Karl Ove Knausgard en La muerte del padre, donde, pese a todos los detalles que ofrece, ahonda en la necesidad humana por tapar los cuerpos muertos.

Dos tipos de discurso

En el mundo del arte y la performance actual existen dos tipos de discursos sobre los que se apoya el uso de la violencia: por una parte, aquellos en los que se alude al valor de la provocación, a la búsqueda de una reacción extrema en el espectador que sea consecuencia del impacto y, por otra, aquellos en los que el valor de la obra se mide en función de su capacidad de ser una denuncia.

La provocación aporta cierto glamour al arte y casi todo el valor a la performance. Este tipo de discursos aprovechan los huecos que deja la industria cultural para la exaltación de la novedad como valor. Al medir la calidad de una obra en función de lo que de novedoso hay en ella, se sublima toda expresión que rompa los códigos establecidos pese a que no proponga, necesariamente, otros códigos nuevos o mejores, y pese a que la calidad de su mensaje pase a menudo a un segundo plano. La finalidad aquí es el impacto, la reacción extrema, el shock, la perplejidad del que mira.

Por otra parte, la violencia del arte que tiene como justificación la denuncia de una injusticia se convierte, en cierto modo, en violencia necesaria. Este tipo de discursos aprovecha los huecos que deja el arte para medir una obra en función del valor de su referente: se disculpa mucho más fácilmente la violencia explícita de una obra de teatro que hable y haga justicia a las víctimas de una masacre, que la violencia de una obra con cualquier otra temática. Pero por más justa y necesaria que sea una causa no tiene la capacidad de convertir la obra que se refiere a ella en una buena obra de arte, por más que muchas obras se apoyen en ello para forzar la necesidad de su publicación.

La búsqueda del umbral

Estos discursos han sido construidos para disimular una realidad terrible, a saber, la de que la violencia es un producto de asegurado éxito comercial que utilizan por igual los editores de los más burdos periódicos de la prensa amarilla y los artistas más elevados y reconocidos. El arte vende violencia y los más entendidos amantes del arte la compran. Los intelectuales y críticos la consumen equiparándose así a cualquier espectador de vídeos de YouTube en los que se asesina o tortura a un animal.

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Parece evidente que los individuos de hoy estamos, por una parte, insensibilizados ante la violencia y por otra buscamos constantemente desafiar el umbral para sentirla como si se cifrara en ese umbral nuestra humanidad. Esa reacción que ya no nos produce un cadáver en nuestra televisión la buscamos viendo a un artista atravesar su piel con agujas ante nuestros ojos, como si en la vivencia de ese rechazo se cifrara, precisamente, medida de la paz, la falta de miedo, de dolor, de la tranquilidad que viene tan sólo después, cuando todo terminó.

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