«La verdadera atracción» de Daniel Espejo

Sus manos se posaron sobre él suavemente. Con delicadeza, fue recorriendo el cuerpo que tenía delante con sus tibios dedos. Disfrutando de cada segundo, de cada milímetro palpado como si fuera la culminación de un momento ansiado. El olor que desprendía le hacía estremecerse, incluso cerrar los ojos para dejarse llevar por aquella fragancia embriagadora sin parangón. Con un resorte casi imperceptible, con todas las terminaciones nerviosas desembocando en sus manos, al fin se decidió a abrir aquel tomo ajado que tenía sobre el regazo. Una y otra vez fue pasando sus páginas, rozando las esquinas del áspero papel con la yema de sus dedos. Devorando una tras otra con fruición.

Una pasión frustrada, un amor olvidado, una relación condenada al fracaso, un deseo inefable. Todo lo había vivido reflejado en esos universos de papel que ya lo sabían todo. No había historia que se les resistiera ni sentimiento que no hubiera sido narrado antes. Esos volúmenes grandes o pequeños, viejos o nuevos, parecían adelantarse a todos sus movimientos, riéndose de las musas y mofándose de todos aquellos que creían descubrir el mundo tras los cristalinos ojos de un compañero de viaje. En la sombra. Sin hacer ruido. Esperando el momento adecuado para ser leídos. “Cuánto se pierden”, pensó con una ligera sonrisa en sus perfilados labios.

Horas después se encontraba caminando por el angosto pasillo hacia el cuarto de baño donde un cubilete de plástico daba cobijo a dos cepillos de dientes. Uno de ellos parecía no usarse desde hacía tiempo. Con apatía acumuló un poco de agua en sus manos y sumergió su cara en ellas; quizá para despejarse o quizá para borrar el rastro perlado dejado por sus propias lágrimas. Sólo conocía una forma de deshacerse de aquella sensación que tenía adherida al cuerpo y a la mente como una incómoda prenda de ropa. Una única forma de seguir adelante, de librarse de aquel miedo cerval y de volver a recuperar la rutina añorada. Un camino para volver a ser feliz.

Con una celeridad inusitada cerró la puerta tras su chaqueta y salió a la calle para descubrir un sol radiante que hasta entonces había estado oculto por las gruesas cortinas corridas de su vivienda. Sabía hacia donde debía ir. Una calle transitada, adoquinada hasta donde se perdía la vista, flanqueada por puestos repletos de libros, facsímiles, novelas gráficas y demás odas al papel y las letras. Era consciente de que buscaba una quimera. Su intento por rescatar aquel libro que, tiempo atrás, arrastrada por la amargura y la desazón, vendió para perder de vista una deliciosa dedicatoria se antojaba una tarea imposible. Aun así lo intentó. Preguntó y manoseó. Observó y trasteó. Pero no obtuvo recompensa. El reencuentro con ella misma debía postergarse, quién sabe si para siempre.

De pronto una idea cruzó su cabeza. Porque eso era: una remota idea. Ni de lejos una solución. Se alejó de aquel santuario del saber tan rápido como había llegado, sólo para acudir a otro lugar de peregrinaje de las hojas y la tinta. Debía encontrar un ejemplar nuevo de aquel propio que no había podido hallar. El mero título le hacía rememorar los suaves trazos que se dibujaban en su tez mientras recibía el aseado obsequio. Horas y horas de sábanas, tazas de café, sonrisas y risas escoltando el sumo placer de la lectura. Él se fue para no volver pero su esencia permanecería siempre y cuando fuese capaz de recordar lo que les unía. “Aquellas personas capaces de vivir en los recuerdos de los demás nunca se irían del todo. Serán eternos”; pensó mientras abrazaba aquel libro, como a un viejo amigo.

Porque la felicidad puede estar en dos cepillos de dientes en un mismo cubilete de plástico pero el amor es la voluntad de dos personas que desafían al frío invierno en una parada de autobús para disfrutarse el uno al otro. O dos almas que viven a través de las páginas de un libro que un día unió sus caminos para siempre, sin importar las circunstancias. El amor es conectar la lectura con un contexto, un momento o una persona especial. Los libros consiguen que el sujeto viva mil historias, mil vidas pero también son contenedores de recuerdos y de personas. Y mientras estos sigan siendo leídos -a cuentagotas en bibliotecas semivacías, a pequeños sorbos en divanes apolillados-, conectarán miradas, lugares y, sobre todo, personas.

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