Yasujiro Ozu, nacido en 1903 en Tokio, fue un cineasta japonés cuya fama trascendió sin tapujos. En gran parte gracias a él, la cultura y el arte orientales consiguieron hacerse un hueco en el panorama mundial y, sobretodo, en el contexto europeo. De Ozu aprendió el cine asiático posterior. Pero también directores occidentales como Wenders Bergman, o Kaurismäki, lo que acrecienta su importancia.

En Ohayo (1959), La Hierba Errante (1959), El sabor del Sake (1962) o He nacido Pero… (1932), entre otros títulos, se reconocen manifestaciones técnicas y poéticas que se desprenden de cada secuencia y atraviesan al espectador como una flecha de escarcha. El anhelo por recuperar el tiempo perdido, la juventud, el paisaje, lo bucólico, la armonía, lo vetusto y lo cotidiano, son algunos ejemplos.
En ese aspecto, el japonés se centró en focalizar en su cine el tren y el tranvía, ya fuese en un espacio rural o en el bullicioso corazón de la urbe.
Ozu y el tren, metáfora de la vida
Si bien es cierto que la metáfora del tren de la vida es bien conocida en diversas culturas y ámbitos, Ozu la explotó de manera formidable. En todos sus largometrajes la presencia del ferrocarril es absoluta y constante, aunque también sutil. Su escenificación se asemeja a un mantra, a una canción de fondo que apenas notamos pero que es necesaria.

Cuentos de Tokio fue estrenada en 1953 y se considera la obra magna del director nipón. Es ésta la que lo convierte en un reconocido autor. En ella, sobretodo, se ve el ir y venir del tren como forma de máxima expresión artística y alegórica. Al tren, un transporte cotidiano y prosaico, le es asignada una función contemplativa.
Tampoco se puede aventurar que el tren sea el leitmotiv de su producción, no hay que llegar tan lejos. Y es que Ozu transmite calma y simplicidad, como un maestro zen que recomienda no machacarse mucho la cabeza con problemas baladíes. Lo simple no es sinónimo de fácil o poco trabajado.
Ozu, el tren, la vida
Subirse o bajarse en una estación, llegar tarde a la hora de partida, las diferentes paradas: el tren y la estación son elementos susceptibles a ser interpretados como el paso del tiempo o como la efímera huella que dejamos en este universo.
Pese a que el paralelismo entre estos dos aspectos es muy usual, y aunque se haya estandarizado dicho recurso simbólico, Ozu lo emplea de forma atípica y genuina.
El cineasta se bajó en 1963. Un imprevisto, un tumor que se extendió, lo obligó a realizar un transbordo. Un cambio de ruta antes de llegar a su destino. También es posible, por el contrario, que fuese al revés. Quizá el 12 de diciembre de aquel año su destino decidiese bajarse antes de lo planeado, improvisar otra senda a seguir.
Eso es algo que depende de cada uno. Algo que ocurre cuando, al final, en una última vaharada que marca la existencia, se opta por continuar el trayecto algunas paradas más o, en cambio, entrar al vestíbulo de la terminal final. La estación concluyente y definitiva.

