Gran parte del conocimiento humano se debe al Lenguaje, y por décadas proverbios atestados de enseñanzas directas han sucumbido en las mentes de las próximas generaciones. Sin embargo, cabe destacar el fin y el origen de estos dichos famosos debido a que los tiempos cambian y por consiguiente las mentes también. Por ejemplo, explayar que “la intención es lo que vale” es apelar al lazo de empatía con uno mismo, pero no con el otro.

La empatía como inteligencia emocional

Un recurso altamente preponderante, pero lastimosamente carente en la actualidad es la empatía. Entender o experimentar las vivencias ajenas es un trabajo imposible, aunque acompañar a la persona a transitar ese camino particular es posible y único.

¿Qué es la empatía? Se define como una conexión mental y sentimental muy potente con el otro que funciona como el matiz de la inteligencia emocional. Se puede percibir la empatía cuando una persona se pone en el lugar del otro al sentir la emoción ajena en sus mismos zapatos. Esta inteligencia nace en el ceno familiar a temprana edad y se desarrolla con el paso del tiempo. Visto desde un punto de vista estructural, hoy en día la empatía es notablemente considerada una de las ocho inteligencias, según Howard Gardner.

La habilidad de comprensión en situaciones sentimentales es una herramienta de doble filo, ya que el poder entender lo que le sucede al otro no es garantía de hacerle un bien; todo depende de la acción que se tome en ese momento. El hecho de que una persona sea escuchada y comprendida, pero no consolada ni acompañada es una clara señal de que no se tiene una verdadera empatía. El último paso para esta inteligencia es culminar en una acción que impacte positivamente en la persona afectada.

El psicólogo Leopold Carreras afirma que “como mejor se adapte una persona, más inteligente es”, pero ¿acaso a qué se está refiriendo? ¿Es realmente “adaptarse” la palabra correcta? Cuando se habla de “adaptarse”, ¿cuál es la verdadera intención de dicha acción?

La falacia empática

Es bien conocida la famosa frase “la intención es lo que vale”, pero ¿es realmente así? Un claro ejemplo de empatía es generar en el otro un impacto positivo emocionalmente, pero pese a que se tenga la correcta intención, no siempre se logra el cometido. El lenguaje ha formado nuestro pensamiento a lo largo de los años y aunque sea dinámico y heteróclito, ciertos proverbios marcan un gran hito en la historia de la humanidad. No todo lo vetusto debe ser beneficioso para uno en la actualidad. En efecto, muchos dichos que alcanzaron el pedestal de ser catalogados como proverbios en el pasado, hoy día se han desglosado para observar su esencia sexista y, por ende, se dejaron de ser escuchados o repetidos por la gente.

Si se analiza con detenimiento el dicho “lo que vale es la intención”, se logra contemplar una clara ejemplificación de egocentrismo camuflado. En un hipotético contexto, una mujer que necesita una profunda atención y muestras de cariño no encontraría lo que busca en una sola cita. No se vería satisfecha en lo absoluto con la atención que se recibe en esas situaciones sociales, aunque la intención del otro sea darle el interés que se merece. Reafirmar que el propósito de su cita es lo que realmente vale, es avalar el consentimiento de seguir enfrascado en los pensamientos de uno mismo sin poder abordar y comprender los sentimientos ajenos. La falacia empática usualmente ocurre en situaciones cotidianas que reflejan la cruda realidad del sistema capitalista el cual motiva el desapego constante y el individualismo. Ensimismarse en la realidad individual es el camino más fácil para perder la empatía y por consiguiente ir abriendo las puertas hacia una depresión encubierto, porque sus primeros indicios son el desapego y la falta de empatía. De hecho, se podría decir que la sociedad actual enfrenta a la depresión día a día gracias a la carente inteligencia emocional.

Lo que vale no es la intención, sino el resultado.

Cuando la intención era benigna pero aun así el resultado de esa acción fue todo lo contrario, entonces la finalidad no importa porque el daño ya fue hecho. Debido a la ignorancia hacia la inteligencia emocional como una per se, se reafirma la “buena intención” que se tuvo pese a no haber cumplido con el cometido propuesto. Por ejemplo, una broma en el contexto erróneo puede ser una daga a la sensibilidad de la persona expuesta, entonces ¿todavía la intención de causar gracia vale? La responsabilidad emocional sobre lo que se le provoca al otro es un hecho inequívoco que se debe tener en cuenta a la hora de interactuar con los sentimientos de otras personas.

Los resultados que se ven luego de interactuar son la clave para dejar atrás el proverbio cuyo mensaje fue un reflejo fatuo de una sociedad arcaica y fallida en términos de empatía, tolerancia, contención e incluso amor. La intención es el primer paso, pero no el que define la verdadera capacidad de tener empatía por el otro. En efecto, según la activista y feminista Rebecca Sugar, la mejor manera de reencontrarse con la empatía es ser “el otro” para la otra persona, analizar determinantemente lo que se puede llegar a generar y tener responsabilidad emocional.

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