Dijo, solo unas cuantas veces, que había un hombre que estaba siempre detrás. Podía sentir su mirada casi como un pesado aliento en el cuello. El cuarto de la pensión le servía de refugio, su habitación y la mía separadas por una frágil pared, nos reservaba un vínculo de fatalidad. Solo una vez me dejó entrar para martillar unos clavos suficientemente fuertes que sostuvieran un cuadro y un espejo. Aquella vez, me habló de la muerte de su madre, que venía de un país devastado por la miseria, y dijo que estaba dolida, pero no demasiado.

–Peor que la muerte es la cobardía de quien promete volver sabiendo que no lo hará-, agregó.

El cuarto olía a naftalina y a desinfectante, pesado el aire de soledad, espeso de sudor. Me contó como al descuido la historia de un persecutor, alguien que estaba siempre detrás de ella y recurrió a metáforas. Abstraída en el cuadro, susurró apenas un nombre en un idioma que desconocí y su expresión se hizo sombría. Una forzada sonrisa y un empujón breve bastaron para demostrarme que ya no quería que estuviese allí. Mientras intentaba decirle que podía llamarme en caso de alguna necesidad -un protocolo de solidaridad- se apresuró a esconder con mal disimulo una muñeca rusa que se habría caído de alguna parte. Y apuró mi paso hacia afuera.

Nos solíamos encontrar en la estación de tren. Plaza Retiro era nuestro primer destino. Llegaba corriendo, girando la cabeza, buscando la mirada del hombre el cual, estaba segura, vigilaba sus pasos. Sus ojos crecían en la oscuridad de los andenes y quizás, atormentada por aquella obsesión de la cual no tenía más prueba que la intensidad de su certeza, se escondía en las cabinas telefónicas y fingía llamar a alguien. Y hacía de cuenta que hablaba, asintiendo con la cabeza o riéndose con hilaridad.

–Está siempre detrás de mí, tal vez me quiere decir algo o me quiere matar.  Imaginación o mentira, horror o desprecio, una obsesión o una inventada razón para huir, hacían de ella un espectro urgente. Su gesto se agravaba hasta distorsionar su rostro blanquísimo y le quedaba una mueca de espanto, algo grotesco que me daba dolor y me recordaba a la locura. A veces me parecía que los andenes se la tragaban y que ella corría por ellos libremente, libre como nunca antes, buscando un poco de descanso, una tregua en una vida de otros y de aquella tristeza que nunca confesaba y que la fortalecía.

Meses pasaron y fueron muchas las noches que la escuchaba llorar. Confieso que yo sentía su desolación, su desprotección e intentaba, una y otra vez, comprenderla, pero no lo lograba. Durante el día nos saludábamos con un ligero movimiento de cabeza, pero unos instantes bastaban para notar las azuladas venas que se bifurcaban en su frente. La veía caminar deprisa, agitada y empequeñecida cada vez más, tan aislada, tan fuera de sí. La huída y el hombre agazapado en su espalda la enloquecían.

Un domingo la crucé en el pasillo. Iba con un ramo de flores.

-¿Son para tu madre?- me atreví a decir. La pregunta se atropelló en mis labios y me arrepentí.

-No-  murmuró con los ojos dilatados- son para mí-.

Días pasaron sin verla y me atormentó una idea. ¿Y si su persecutor existía en verdad? ¿Y si le había hecho daño? ¿O si estaba planeando su muerte? Su silencio, la ausencia en los andenes, me inquietaron. «Son para mí», había dicho. Cuando logré entrar a su cuarto, la encontré dormida, apoyada la cabeza sobre el tocador, frente al espejo, con una foto en la mano. No sé si eran las cuentas de un collar o pastillas lo que había alrededor de sus brazos doblados. Respiraba aún, con dificultad. El olor a naftalina y a alcohol estrujaba el aire. Aquel intento era algo que parecía un manotazo al descanso. La muerte, habría pensado, se parecía a la paz. La muerte era la vida tranquila.

Grité pidiendo ayuda, grité sacudiendo su pobre cuerpo traslúcido y buscando con la mirada un teléfono, vi con claridad como el cuadro se reflejaba en el espejo, aquel que alguna vez yo misma la había ayudado a colgar. Aquel rostro del hombre impávido y antiguo había estado allí todos aquellos meses como un persecutor o un centinela. Aquel rostro que ahora parecía estar mirándome a mí, mirándolo todo, se dilataba volviéndose ubicuo, pero desde la ausencia, desde una irritante e inalcanzable cercanía.

La gente de la pensión se metía en la habitación, se asustaba, todos hablaban estupideces. Luego escuché el alarido de la dueña y la sirena premonitoria de la ambulancia. Ella apenas si respiraba. Y con desolación, advertí el gesto raro de aquel hombre moreno que la miraba como caminando en su espalda, pidiéndole perdón con la mirada – el mismo de la foto que logré quitar de su mano. Y entonces la verdadera historia, creo aún, quedó revelada. Apenas legible sobre aquella fotografía arrugada, pude descifrar una o dos palabras: hija, hija.

– Peor es la cobardía de quien promete volver sabiendo que no lo hará-, me había dicho un día. Entonces lo comprendí todo y con rabia, tomé aquel cuadro que al reflejarse ocupaba todo su mundo enfermo de nostalgia y lo dejé caer. Ella escapaba de él porque él representaba su soledad, su espera interminable, su fragilidad extranjera, la pérdida de una identidad.

-Ya no te perseguirá- le susurré al oído. Ya no te recordará tu soledad atroz, respira ya. ¡Respira ya!

Y mientras la tendían sobre la camilla para llevársela, débil, ebria o moribunda, recobró apenas la lucidez e intentó decirme algo. Pero se quedó callada y mirando el espejo y la pared vacía, puso su mano en la mía e intentó sonreír.