El 17 de noviembre, la nostalgia y la tristeza suelen coincidir, porque en esa fecha –y aunque tú no lo sepas, ya han llovido dieciséis años– se conmemora la muerte de Enrique Urquijo, líder y fundador de Los Secretos.

Fue en una gélida y desangelada noche de invierno en Madrid, escenario de sus aventuras y desventuras, encuentros y desencuentros, cuando se marchó por el boulevar de los sueños rotos. Con su muerte desapareció una de las mayores estrellas del pop español que ahora brilla con especial fulgor en el Olimpo musical. Al frente de su banda, Los Secretos, desplegó toda su genialidad y creatividad componiendo una extensa lista de temas –teñidos de melancolía- que con el paso de los años se han convertido en melodías atemporales veneradas por varias generaciones de fans.

Esta historia comenzó a finales de los años 70 en su madrileño barrio de Argüelles. Allí Enrique Urquijo mostró desde muy joven un gran talento y mucha pasión por la música. Y en 1981 fundó junto a sus hermanos -Javier y Álvaro- y su gran amigo José María Cano (Canito), Tos. Con este grupo comenzaron a actuar en colegios mayores y grabaron sus primeras maquetas, haciéndose un hueco en los espacios radiofónicos especializados. Su popularidad iba creciendo. Pero la tragedia les aguardaba en El primer cruce.
imagenes-homenajes-1p

Así, en la madrugada del 1 de enero de 1980 Canito sufrió un mortal accidente de tráfico en la Nacional VI. Enrique, consternado por la pérdida de su colega -en el doble sentido del término- decidió junto a sus hermanos homenajearle en un concierto celebrado el 9 de febrero de 1980 en la Escuela de Caminos de la Universidad Politécnica de Madrid. La actuación, que contó con la participación de los principales grupos de la época, fue retransmitida en diferido por TVE, lo que le otorgó a la banda de los Urquijo cierta proyección mediática. Al año siguiente, la formación refundada con el nombre de Los Secretos y con un nuevo batería -Pedro Antonio Díaz-, lanzó su primer disco homónimo.

Un extraordinario trabajo, que incluía joyas imperecederas como ´Déjame’, ‘Sobre un vidrio mojado’ o ’Niño mimado’, firmadas en su mayoría por un grandioso e inspiradísimo Enrique. Sin embargo, este éxito fue efímero puesto que sus dos elepés posteriores –Todo sigue igual y Algo más- obtuvieron una discreta acogida. Enrique y su banda regresaron a la calle del olvido, donde convivieron durante una larga temporada con el ostracismo y la decepción. En esa época, ciertos sectores de la movida madrileña despreciaron su música etiquetándola como pop meloso o baboso.los_secretos_ep_spain_5001

Al mismo tiempo, Enrique Urquijo sufrió un desengaño amoroso con una buena chica que tenía los ojos de gata, lo que le causó una profunda herida que jamás cicatrizó. Enrique, tratando de paliar ese dolor producido por tanta adversidad, se asomó al precipicio de las experiencias químicas artificiales que marcarían su existencia y la del grupo. Su particular descenso a los infiernos -y el de la banda- se completó en 1984 con el óbito, también en un siniestro automovilístico, del bajista, vocalista y compositor del grupo Pedro Antonio Díaz.

La formación, incapaz de asimilar tantas tragedias estaba sin dirección y a punto de su disolución. En aquellos difíciles momentos Enrique tomó la voz cantante –en sentido literal y figurado del término- y se convirtió en el alma del conjunto, salvándolo de su desaparición. Dotó de un nuevo estilo y de una nueva identidad al grupo. La personalísima y profunda voz de Enrique, que emergía desde las más bellas regiones del alma, ganó todo el  protagonismo. Y los ritmos de los nuevos temas se ralentizaron y su música se alejó del power-pop de sus orígenes para aproximarse al country-rock. Tras esta catarsis editaron en 1986 un mini elepé, El primer cruce, que constató el resurgimiento -artístico y personal- de Los Secretos.

A partir de ese momento disfrutaron de una etapa de prestigio y  estabilidad, negados durante mucho tiempo. Y, sobre todo, obtuvieron el calor y la fidelidad de sus seguidores. Sin embargo, Enrique, náufrago en un mar de dudas existenciales, no podía encontrar la felicidad que regalaba en cada actuación. Sentía que era un chico ordinario al bajar de cada escenario. Como antídoto, compartía su soledad en algunos pubs como El Penta y La Vía Láctea, situados en Malasaña (Madrid). En esas noches eternas comprobó que en la oscuridad del desamor todo ha sido un sueño y no amanece. En 1993 fundó el grupo Enrique Urquijo y Los Problemas. Con ellos editó dos discos que contenían temas nuevos, versiones propias y de otros artistas. Solía actuar durante el invierno en pequeños locales como El Café del Foro, en Madrid. Y, precisamente, en una etapa en la que había recuperado su vitalidad, llegó su final que le convirtió en mito.

El legado –nueve discos con Los Secretos y dos con Los Problemas- y la trascendencia de Enrique en la historia de la música española va mucho más allá de su faceta como extraordinario vocalista, compositor y guitarrista. Porque ante todo fue un poeta y un alquimista que transformó en hermosas y melancólicas melodías –siempre manifestó que la buena música debía ser triste- los más puros sentimientos del desamor y la tristeza. Esos temas que describían fuertes emociones dejaban los ojos de su público como un vidrio mojado. Cada estrofa, cada acorde de sus canciones brotaba desde lo más profundo de su corazón. La grandeza de Enrique Urquijo radicó en saber narrar con su especial lirismo y sensibilidad, tragedias sentimentales cotidianas con las que sus seguidores se identificaban y en las que encontraban amparo. Y casi sin darse cuenta, con esa abrumadora sencillez que le otorgaba su fértil inspiración, creó la más bella banda sonora de toda una generación, o de dos, o quizás de tres. Su óbito dejó un vacío imposible de reemplazar y huérfanos a sus fieles.

Estos afirman cada día: ‘Te he echado de menos hoy, exactamente igual que ayer’.

Send this to a friend
[responsivevoice voice="Spanish Female" buttontext="Escuchar"] A button to read only the text surrounded by these shortcodes. [/responsivevoice]