¿En qué piensa Meursault?

Nunca llega el momento en el que el hombre debe hacer frente a sus convicciones más recónditas. Bajo una fina epidermis de aparente racionalidad se esconden los instintos primarios más insospechados. La inexorable muerte de una madre, el amor cínicamente lánguido o la moral aterrorizada. Apoyar la cabeza sobre el vientre de la pareja o recibir el fatídico pésame. Nunca llega el momento de palidecer ante tan inabordable realidad. Una realidad que asiste a su atomización lenta y grabada por cientos de móviles de última generación.

¿En qué piensa Meursault?

Meursault es natural de Argel, antigua colonia francesa. Al igual que su autor, Albert Camus, nació en 1913 en lo conocido hoy en día como Drean. Hijo de colonos, perdió a su padre con tres años. Su condición como hijo de la guerra le valió para tener financiados sus estudios. Profesor rechazado, el sustento de Camus fue el periodismo. Enclenque guerrillero, su lucha estuvo en la retaguardia. Lector de la editorial Gallimard unos días, redactor anarquista los que más. Son bien conocidas sus discrepancias con Jean Paul Sartre a raíz de la obra El hombre rebelde.

Albert Camus Meursault
Albert Camus

Camus fue un hombre hecho por y para su tiempo. Con dos guerras a sus espaldas, no pudo resultarle el mundo otra cosa más que absurdo. Su condición de tuberculoso lo situó durante toda su vida entre libros y pasquines. Al margen de otras batallas. Militó en La Resistencia, como buen francés. Una oposición encarnecida, virulenta. La resistencia del hombre frente al mundo.

¿En qué piensa Meursault?

El susodicho malvive en el norte de África. Lo constriñe un trabajo carente de ambición alguna. Sin futuro ni deseos. Es incapaz de mostrar aflicción alguna por el deceso de su madre. Algo inhumano a ojos de los compañeros de la difunta. Su vida lleva un tono de aburrimiento perpetuo impresionante, a pesar de tener un romance con María, antigua mecanógrafa de su oficina. Su jefe le hace una propuesta de ir a trabajar a París y simplemente no le importa. Le da igual.

María le pregunta si la ama. Responde que no, que eso no importa. Hasta le pide matrimonio. Para él no representa nada, pero acepta. La novela se desarrolla e incluso Camus pierde los nervios. Por no hablar del lector. Ni siquiera tras la explicitud de introducir una visión netamente freudiana del personaje, una alevosa intentona de psicoanalizar al personaje central de la novela. Meursault traba amistad con un auténtico granuja. Mengano de tal. Responde al nombre de Raimundo. Puede entreverse indiferencia y cierta sumisión. Ciertas ganas de emular una figura paterna inexistente.

¿En qué piensa Meursault?

Meursault
Preso

Está esposado ante el juez. Quiere creer que el reflejo del sol hizo que disparara el arma. Mató a un árabe para proteger la vida de su compañero. No tiene derecho a una llamada. No puede pedirle consejo a Robert Smith.

El juez le hace una serie de preguntas. El protagonista simplemente se resigna a contestar con la verdad, por fría que sea. El juez lo aborrece, ya que ni siquiera con el crucifijo se conmueve.

Un cínico espectáculo llamado juicio. Varios testimonios del asilo. Todos atestiguan cosas falsas, lo señalan como una mala persona. En realidad no lo era. Simplemente no le importaba algo en la vida. No paran de mencionar a su fallecida madre. El veredicto señala que será decapitado ante el pueblo francés. Permanece sin decir nada a su favor. Ni siquiera le interesa salvar su vida, recuperar aquello que se diluye lentamente entre sus manos. Su indiferencia continuó hasta el día de su muerte.

En el momento en que estaba a punto de morir sintió algo de tristeza por no tener a alguien que lo quisiera a su lado. No hay nada que decir. La condición humana ha sido declarada culpable. La pena de muerte es universal. Meursault expía una culpa que no admite y termina pagando por el único crimen imperdonable: el haber vivido.

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Extranjero, Albert Camus

Camus destacó, entre otros campos, como cronista del Alger Républicain. No se trata de un relato de ciencia-ficción, ni de una broma de mal gusto. Este tratado de extranjería es una de las crónicas más certeras hecha sobre el siglo XX. Una denuncia frente a esa sociedad que olvida al individuo y le priva de un sentimiento de pertenencia activa en la comunidad. Una gris historia donde el paisaje está oscurecido por la extirpación de cualquier pasión o voluntad del hombre. No hay valores. No hay individuos. Al espectador sólo le queda preguntarse en qué pensaba Meursault.

Juan Ramón Rodríguez

Músico a tiempo parcial. Escritor en los días de fiesta. Sé leer y escribir, mal que pese.