Se podría decir que son dos personas, padre e hijo, como le pasó a aquel funcionario de prisiones franquista, que pensaba que encarcelaba al hijo cuando estaba encarcelando al padre. Y eso hubiera sido lo normal: un padre facha y un hijo rojo, nada nuevo bajo el sol. Pero no, el Dionisio facha y el Dionisio rojo eran el mismo, el Dionisio padre y el Dionisio hijo también. Es raro, pero a veces pasa: un hombre vive varias vidas, crea varios hombres sin dejar de ser la unidad primaria. Dionisio Ridruejo no son dos personas, son tres, son incluso cuatro. Y todas vivieron vidas interesantes dentro de un mismo cuerpo.

Dionisio Ridruejo junto a su mujer || Fuente: Francisco Alonso Luego - http://jjalonsopanero.blogspot.com.es

Dionisio Ridruejo junto a su mujer || Fuente: Francisco Alonso Luego – http://jjalonsopanero.blogspot.com.es

Pero empecemos por el principio. Tomo la anécdota del funcionario de prisiones; que le dijo: «Yo fui a ver un discurso de tu padre», sin saber que el discurso se lo había dado la misma persona que tenía delante; de un libro que encontré por casualidad en una librería de segunda mano: Dionisio Ridruejo, poeta y político: relato de una existencia auténtica. Es uno de esos libros que le llaman a uno la atención porque, además, está editado por Caja Duero. Lo escribe Manuel Penella y solo le encuentro una pega: dice que el Duero provocó una inundación al pasar por el Burgo de Osma y eso no es exacto: el Duero pasa a unos cuantos kilómetros de Osma, el que cruza el pueblo es su afluente Ucero. Por suerte, luego lo apaña al contar la manía que le tenían los de Osma a los remolacheros de La Rasa por haberse quedado con la estación de ferrocarril, y es en esos pequeños detalles donde se ve que el autor conoce el terreno que pisa.

Por lo demás, el libro es una simple biografía. Y se agradece que sea eso: una simple, pero seria, biografía. Cuenta su vida en sentido cronológico, desde la niñez hasta la muerte, y en ese largo recorrido podemos ir conociendo a todos los Dionisios Ridruejos que caben dentro de Dionisio Ridruejo. Y, claro, luego vienen las preguntas, las inevitables preguntas. «¿Qué hubiera hecho yo en su lugar?». Esa es la primera de todas. Y la más importante, «¿qué hubiera hecho cualquiera de nosotros, cualquier hombre, en su lugar?».

Algunas personas traicionan a sus familias, algunas traicionan a sus compañeros, a su clase social, algunas traicionan sus ideas políticas. Dionisio Ridruejo fue el traidor perfecto: los traicionó a todos: a su familia, a sus camaradas, a su clase social, a sus ideas políticas. Lo único que no traicionó fue su conciencia. No se traicionó nunca a sí mismo. Y eso es justamente lo único que hubiera tenido que hacer. Lo único, si quería vivir de maravilla, como correspondía a uno de los fundadores del recién inaugurado régimen franquista.

Porque hay que ser tonto, la verdad. Te pasas la guerra al mando de un montón de pistoleros, a los que tienes que controlar como puedes; y no me refiero sólo a los falangistas de Segovia, sino a los de Valladolid, a los que las cunetas de sus carreteras, por lo visto, se les quedaban pequeñas; con un cargo de gran responsabilidad pero ningún sueldo. Y la gran responsabilidad incluye decidir quién vive y quién muere, que no es moco de pavo. Y luego, cuando toca pasar por caja, cuando toca cobrar los servicios prestados y vivir del bote, vas y te peleas con Franco.

Serás tonto. ¿Así cómo puñetas vas a ser ministro de cultura, o de lo que sea? Que ser ministro y tener un buen sueldo y muchos privilegios es lo que importa, que para eso se ha ganado una guerra y se ha construido una nueva España, ¿o no? Pues no, por lo visto Dionisio Ridruejo era tonto, un tonto con cojones, y perdón por tan soez expresión, pero había que tener cojones para plantarse delante del nuevo jefazo falangista y decirle lo que pensaba de él y plantarse delante de Franco y hacer lo mismo. Y adiós, esto huele muy mal y yo aquí no pinto nada.

Dionisio Ridruejo hablando en público || Fuente: tiempodehoy.com/

Dionisio se convierte en un exiliado y un sujeto no fiable, pero aún sigue siendo un camisa vieja. Ha traicionado a su familia, que le ha estado dando todo el dinero que necesitaba, y que ahora ve cómo sus esperanzas de ver triunfar a su retoño se frustran por una simple cabezonería, algo que no entienden. Pero aún no ha traicionado a sus camaradas, a los pocos camisas viejas que quedan, ni ha traicionado a su clase, que al final es lo que más cuesta, ni tampoco ha traicionado a sus ideas. Pero la vida sigue. Y uno va cambiando. Porque uno no puede pensar una cosa hoy y dentro de veinte años seguir pensando lo mismo, sobre todo después de pasar por la División Azul y después de ver la derrota de Hitler y de Mussolini en la Segunda Guerra Mundial. Y si eso no te da que pensar, es que no quieres pensar en ello.

Hay otros grandes traidores. Bakunin era un terrateniente ruso y lo mismo, o peor aún, porque venía de la gran nobleza, era Kropotkin. Engels venía de la gran burguesía y el obispo Henry Gregoire y el Abad Sieyès dejaron los asientos reservados al estamento eclesiástico para unirse a las filas de la Revolución Francesa, como el Marqués de Condorcet, por cierto. Y tenemos el curioso caso de cooperativista y el sindicalista Robert Owen, que viniendo del proletariado se convierte en patrón y no hace lo que todos, renegar de sus orígenes y explotar a los obreros, sino que se gasta su dinero en sus sueños de socialista utópico. En todos estos casos vemos una primera lucha personal, íntima, que luego deviene en una lucha pública. Pero el fenómeno no es uniforme, y sus consecuencias pueden ser diversas. Uno puede plantarse en un reformismo moderado, al igual que otros nobles franceses como el conde de Saint Simon o el marqués de Mirabeau, o puede acabar siendo un loco defensor del terrorismo, como Kropotkin.

Dionisio Ridruejo es poeta y, por tanto, tiene que ser un traidor discreto y lento, de mucho pensar y mucho leer, de mucho meditar y de muchos paseos solitarios. No hace como Unamuno, que es tan escandaloso como solo puede ser Unamuno. Sus ideas van cambiando a base de dudas e intuiciones, y de un día para otro va y se despierta demócrata. ¿Y qué hacer entonces? Esa es la pregunta. ¿Disimular y esperar que mañana sea otro día? No. Parece un muerto olvidado, un asunto cerrado, un desparecido en las brumas de las playas solitarias que siempre están muy lejos de los ministerios y despachos oficiales.

Pero va y, de repente, emerge en Munich, en una cosa espeluznante y terrible que el régimen tuvo mucha gracia al definir: contubernio. ¡Qué nombre tan bien puesto, qué elegancia, qué exquisitez! Dan ganas de repetirlo sin parar, de pasarse una hora gritando «Contubernio, contubernio, contubernio». Dan ganas de elevarlo a la categoría de verbo: tú contubernias, él contubernia, nosotros contuberniamos… Sí, hay que reconocer que para crear conspiraciones y acojonar al personal, los franquistas lo hacían muy bien.

El entonces Consejero Nacional y miembro de la Junta Política, Dionisio Ridruejo (derecha), visita en el Hospital Mola de San Sebastián a combatientes de la División Azul en 1942. || Fuente: Efe

El entonces consejero nacional y miembro de la junta política, Dionisio Ridruejo (derecha), visita en el hospital Mola de San Sebastián a combatientes de la División Azul en 1942. || Fuente: Efe.

Evidentemente, con un nombre tan espeluznante y terrible, los que fueron allí se merecían el peor de los castigos, y aún tuvieron suerte de no ser fusilados nada más bajar del avión. ¿Y qué puñetas hace el gran falangista, el amigo de José Antonio Primo de Rivera, el más fascista de los propagandistas del nuevo régimen, el de los uniformes militares y el Cara al sol, el creador de himnos y poemas y discursos laudatorios y exaltados a los justamente campeones de la justa cruzada, qué puñetas hace juntándose con tibios demócratas, políticos escaldados y otra gentuza varia? ¡Dionisio, hijo mío, qué bajo has caído! ¡Qué razón tienen tus viejos camaradas al incluirte en la lista de los que debían ser eliminados sin juicio previo ni na de na, como ratas asquerosas! Porque tú, no contento con lo de Munich, encima fundas un partido político, y te pones a armar bulla en la universidad, como si fueras un estudiante cualquiera, tú, el de los épicos discursos por la radio, ¿cómo hemos llegado a eso?

Y bien, aquí volvemos a la pregunta inicial: ¿qué hubiéramos hecho nosotros? ¿Andar todo este largo camino? No es un camino fácil, porque hay que romper con todo. Y hay que reconocer que uno ha estado equivocado. Y hay que reconocer que uno tiene el derecho de reconocer en público que ha estado equivocado. Y hay que reconocer que reconocer en público que has estado equivocado te va a suponer el odio inmediato de todos tus antiguos amigos, camaradas y defensores. Y luego enfrentarse a la desconfianza de tus nuevos compañeros de bando, los jóvenes demócratas y los viejos veteranos de la izquierda clandestina, que tampoco se fían de ti ni olvidan tu pasado fascista. Todo eso cuesta mucho, y hay que tener muy claro que no te vas a ir de este mundo sin pagar el precio debido. Y no, no vas a poder regatear y tú lo sabes.

Y el precio, incluye, y tú lo sabes, que nadie te tome en serio como poeta. Eso pasa muchas veces. La poesía y la política son incompatibles. Uno mata a otro: o el político mata al poeta; o al escritor, véase el caso de Sánchez Mazas, que casi no conoceríamos si Cercas no lo hubiera rescatado en sus Soldados de Salamina; o el poeta mata al político y, a veces, en el homicidio se mata a sí mismo, como el caso del pobre Eduardo Hervás o en el tan famoso y explotado caso de Leopoldo María Panero, sólo que en este último caso se mata con tranquilidad y buenas juergas.

Pero no es que el Dionisio poeta esté olvidado, es que también nos hemos olvidado del Dionisio ensayista, del Dionisio de los Ecos de Munich, un libro que tiene un valor histórico y documental, porque nos enseña hasta dónde llegan sus análisis políticos y sociales y, por tanto, hasta qué punto ha llegado ahí por su propio convencimiento y hasta qué punto está comprometido con la disidencia antifranquista. Y, sabiendo de donde viene, eso es llegar muy lejos. Lástima que su informe, en su momento, solo lo leyeran los americanos.

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