A primera vista, Horace and Pete (Louie CK, 2016) presenta la fisonomía típica del universo sitcom. Espacios interiores, mirada frontal de la cámara, cierta pose teatral en el dispositivo visual, sonido directo… Todo apunta al formato estrella de la comedia serial. Pronto, el devenir de los acontecimientos se alejará de esta preconcepción.

Louis CK; creador, productor, distribuidor y protagonista; se desprende del peso de los clichés del género. Un gesto continuista con respecto a Louie, sin duda el proyecto seminal, la ficción madre de esta rara avis de la serialidad contemporánea.

Con Horace and Pete, Louis CK vuelve a jugar con los límites de la comedia

Con Horace and Pete, Louis CK vuelve a jugar con los límites de la comedia. || Horace and Pete, Louis CK, 2016.

En Louie la ironía, corrosividad y absurdez de las primeras temporadas cedía terreno al desencanto, a una carga cada vez más política del sedimento episódico. El humor, como subraya el profesor Manuel Garín apoyándose en el filósofo Sören Kierkegaard, atiende a su papel como «lugar de transición (…) en medio de los problemas clave de la sociedad contemporánea» abordándolos a través de la risa. Es este recurso, el de la carcajada, el núcleo de la disensión en el de Boston.

Al contrario que en la imposición cómica de la sitcom tradicional, donde el laugh track marca los tiempos de la risa, en la obra de Louis CK el «lugar» del gesto es marcado por la subjetividad del espectador. Y es que la risa se torna difícil, incómoda, en ocasiones mera antecesora de la angustia que el propio gag, por su componente crítico, inocula.

El Bar Horace and Pete’s: la angustia y el paso del tiempo

Horace and Pete recrudece todavía más el tono con respecto a su principal referente, cambiando directamente la mueca del espectador. La sorna deja paso al hastío, al pesimismo asentado en el peso de la rutina. Una cotidianidad que languidece el carácter y asfixia la esperanza. La serie recuerda que cada gesto, interacción o punto de vista puede ser el termómetro moral que determina nuestra forma de pensar y actuar en sociedad. Por nimio que sea, cualquier aspecto vital es politizable y, como tal, su discusión es cosa de todos.

El centenario bar “Horace and Pete” es el espacio central de esta amarga sitcom

El centenario bar Horace and Pete’s es el espacio central de esta amarga sitcom. || Horace and Pete, Louis CK, 2016.

Entre las cuatro paredes del centenario bar Horace and Pete’s y en el piso adyacente del Horace (Louie CK) y el Pete (Steve Buscemi) continuadores de la tradición hostelera, se sitúan en conflicto lo íntimo y lo público, lo individual y lo colectivo. Desde el amor, la sexualidad, la familia o los traumas personales del pasado hasta la realidad social, económica y política del momento.

Todo se articula bajo un elemento común: el desgaste del paso del tiempo. El tiempo es el inexorable enemigo para unos personajes oprimidos en un marco tan extrañamente encantador como poderosamente degenerativo. En ambos lados de la barra, todos se limitan a dejar correr el reloj entre disertaciones sorprendentemente rigurosas sobre el mundo de hoy sin desahuciar, sin embargo, el compromiso con las preocupaciones y miedos del otro.

Louis CK: la honestidad del cómico

Tanto el tío (Alan Alda) y sobrino Pete como Horace representan el espíritu imperecedero del lugar, frente a modas y factores externos que amenazan su único fin, estar-en-el-mundo. El vetusto antro refugia a tipos solitarios alérgicos a los sobresaltos, que viven tan solo para perpetuar su inmovilismo. Metonimia, esta, de la realidad. Un espejo en el cual el espectador se contempla, conectando con la suerte y desgracia ajenas, que pueden llegar a concebirse como propias debido al poso natural y reflexivo de la ficción.

Pete (tío y sobrino) y Horace (Louis CK) son tipos solitarios refugiados en un patético inmovilismo

Pete (tío y sobrino) y Horace (Louis CK) son tipos solitarios refugiados en un patético inmovilismo || Horace and Pete, Louis CK, 2016

Horace and Pete se desarrolla a partir del punto donde Louie se detuvo. En ese tono sobrio y desasosegado que, sin eludirla, no se exige a sí misma un compromiso inquebrantable con la comedia. Louis CK se acerca en esta serie cada vez más a las pulsiones emocionales del costumbrismo occidental. A la (in)satisfacción constante, la incomunicación y la apariencia irresoluble de los pequeños conflictos. Un vacío existencial que la sociedad contemporánea busca solucionar. En ocasiones confrontando amarga y erróneamente los problemas y en muchas otras, ahogando los males en una barra de bar.

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