«Con sus luces y sombras» podría postularse como expresión predilecta para cualquier menester. En estos días, con la muerte de Fidel Castro en los titulares, ha salido a relucir en algún que otro obituario. Cuba podría definirse como país de contrastes. Con sus luces y sus sombras. Para algunos un vestigio del romanticismo de épocas pasadas. Para otros, pobreza y carencias a raudales.

La imagen predilecta al hablar de Cuba la componen un Moskvich 2140 y la estampa del malecón de la vieja Habana. Otros elementos en la imaginería popular de Cuba pueden ser su idiosincrásico urbanismo, su música y su vida nocturna. En nombres propios, un paseo por la calle Neptuno de La Habana, Compay Segundo o la noche en la calle Empedrado. Fuera de esa Cuba conocida por el Viejo Mundo quedan poblaciones como Cárdenas o Cauto Cristo, más austeras si cabe y menos mediatizadas. Aquí quedan los contrastes.

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La Cuba colonial

En lo que respecta a la producción literaria de la isla caribeña, cabe destacar su inmensa importancia en el cómputo que respecta a la lengua española. Contrastan en el amor literario figuras como Fray Bartolomé de las Casas en un extremo y José Martí en el otro. Historia de las Indias, obra destacada del primero, sirve como testimonio esencial de la vida en los territorios de ultramar españoles.

El periplo cubano siguió a expensas de los movimientos europeos. Siglos más tarde, llegaron tanto el Neoclasicismo como el Romanticismo. A partir de la proliferación romántica, Cuba comenzó a experimentar una paulatina separación literaria con respecto a la metrópoli. Destaca Gertrudis Gómez de Avellaneda, natural de Camagüey. Precursora del movimiento feminista en España y pionera en la novela hispanoamericana, su figura, por desgracia, apenas es conocida a los ojos del lector popular. Entre sus obras destaca Sab, la primera obra antiesclavista de la historia de la literatura.

Esta tradición literaria de Cuba, afianzada en la época gracias a la influencia de figuras como Juan Clemente, sirvió para dar paso a otro hito de la literatura hispanoamericana. José Martí, además de modernista, fue político y revolucionario. Fue fundador del Partido Revolucionario Cubano y chispa definitiva del movimiento independentista. Prueba de ello es su ensayo Nuestra América, obra clave en el devenir de las emancipaciones latinoamericanas. Murió a caballo en el transcurso de la guerra al poco de volver a Cuba. Allá por 1895 en Palma Soriano, en la franja oriental de la isla.

La Cuba independiente

El siglo XX para la literatura cubana se erige como un contraste sinuoso entre la identidad española y la reacción nacionalista. Todo ello con la confrontación hispano-estadounidense de fondo. Los faros que guiaban las plumas cubanas, amén del mencionado Martí, incluían a Julián del Casal. Íntimo de Rubén Darío, destacó por sus trabajos periodísticos en la nueva Habana y sus poemas. Falleció de un ataque de risa. Una atractiva forma de dejar este mundo de no ser por la hemorragia que viene tras la carcajada.

«Suspiro por las regiones
donde vuelan los alciones
sobre el mar,
y el soplo helado del viento
parece en su movimiento
sollozar»

El modernismo dio paso a las vanguardias, envueltas en el clima de agitación social que atendía al contexto histórico de Cuba. Nombres como Agustín Acosta o Martínez Villena despuntan en el ejercicio de las letras. El auge de estos movimientos respondió a la multiplicación de las revistas literarias como foco de expansión. Entre ellas, la universal Orígenes.

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Una librería en Cuba || Fuente: lahabana.com

La Cuba de Fidel

El último medio siglo se caracteriza, como es evidente, por la Revolución cubana. Nombres como los hermanos Castro, el Che o Camilo Cienfuegos aportaron a la sociedad de la isla una mitología, un relato, que serviría a modo de crónica para las generaciones posteriores. Si bien los primeros años destacaron por un apoyo incondicional a la causa revolucionaria, el recrudecimiento del régimen castrista daría voz a artistas discordantes. De la épica contra Batista evolucionarían los escritos al acérrimo anticomunismo estalinista. Entre los escritores disidentes destacan Abilio Estévez y Zoé Valdés, nacionalizados españoles.

En los últimos veinte años, Cuba ha aportado al bagaje literario del español obras de gran calibre. Alguien tiene que llorar de Marilyn Bobes, por ejemplo. O El rey de La Habana de Pedro Juan Jiménez y Las voces y los ecos de Aida Bahr, por ejemplo. Estas obras contemporáneas ahondan en la realidad cubana desde distintos prismas. Pedro Juan emula al Bukowski más sórdido con sus crueles relatos habaneros. Bahr emula la literatura de exilio de autores como Martí. La bipolaridad entre oficialistas y críticos desemboca en un pesar quejumbroso fruto del paso del tiempo y las penurias económicas fruto del embargo comercial.

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Librería en Cuba || Fuente: elpais.com

Con sus luces y sombras finaliza un largo capítulo en Cuba. Fidel Castro falleció a los noventa años. Su vida se alargó tanto como su prosa. Un nuevo capítulo se empieza a escribir en la isla caribeña más española. Un capítulo con un aroma lejano a transición democrática. Sea como fuere, así dure por muchos años la producción literaria de Cuba. Un país que baila al son de la lengua de Cervantes. Y de José Martí. Y de Raúl Castro.

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