Como ya se dijo en el primer artículo sobre el tiempo, Cronos se puede explicar pero Aion sólo mostrar. La filosofía, muchas veces, si no está manchada de tintes poéticos, tiene el peligro de explicar en exceso y mostrar en defecto. Que mejor forma, pues, de intentar acercar más al lector, de crear ese clima nebuloso necesario para conversar, que hacer uso de la literatura de altos vuelos. En concreto el texto se adentrará en los cuentos de Borges, a ver si con ellos se consigue que el “tic tac” del reloj deje de sonar durante toda la eternidad. Eternidad sin tiempo. Tiempo sin lugar. Lugar eterno por el que estos cuentos resuenan.

Borges y Leonor, la mujer que le trajo al mundo

Borges y Leonor, la mujer que le trajo al mundo

Borges, “El milagro secreto”

En el cuento de Borges El milagro secreto, Hladík, dramaturgo judío, es arrestado y condenado a muerte por la Gestapo. Permanece varios días encerrado en el calabozo, esperando al día y la hora de su ejecución. En estos días, con el desequilibrio mental y el alargamiento del tiempo propio de un hombre que espera su muerte, Hladík vuelve a pasear por las infinitas realidades que en otro tiempo visitó: su obra. Estudios críticos, traducciones y poemas de los que no estaba nada orgulloso.

Sin embargo, ahora trabajaba en la obra definitiva. Aquella que le redimiría de toda la mediocridad intelectual que le acompañó desde que comenzó a escribir. Este gran trabajo era Los enemigos. Era una obra con una métrica impecable. Había terminado ya el primer acto y parte del tercero, y ello le permitía repasarla mentalmente, corregirla y retocarla sin necesidad del manuscrito. Repasándola tomó consciencia de que la iba a dejar inacabada. Tomo consciencia de nuevo de que estaba condenado a muerte.

Los fusilamientos del 3 de mayo || Francisco de Goya

Los fusilamientos del 3 de mayo || Francisco de Goya

La última noche antes del fusilamiento, en una revelación desesperada, imploró a Dios que le concediera un año. Tan sólo un año le era suficiente para terminarla. Después, estaría preparado para morir.

Dios pareció no escuchar sus plegarias. La mañana llegó, y en poco tiempo ya estaba dispuesto todo: él en la pared y los soldados frente a él. La sentencia se ejecutaría a las nueve de la mañana, debían esperar aún algunos minutos. El cuento de Borges, “El milagro secreto”, prosigue así:

“Una pesada gota de lluvia rozó una de las sienes de Hladík y rodó lentamente por su mejilla; el sargento vociferó la orden final.

El universo físico se detuvo.
Las armas convergían sobre Hladík, pero los hombres que iban a matarlo estaban inmóviles. El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso. En una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento había cesado, como en un cuadro.”

[…]Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: un año le otorgaba su omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el plomo alemán, en la hora determinada, pero en su mente un año transcurría entre la orden y la ejecución de la orden.

[…]Rehizo el tercer acto dos veces. Borró algún símbolo demasiado evidente: las repetidas campanadas, la música. Ninguna circunstancia lo importunaba. Omitió, abrevió, amplificó; en algún caso, optó por la versión primitiva. (…)Dio término a su drama: no le faltaba ya resolver sino un solo epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó.

Jaromir Hladík murió el veintinueve de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana.”

Si tan sólo se considerase una línea temporal, Cronos, cabe cuestionarse cómo pudo ser que Jaromir Hladík acabase Los enemigos, trabajo de un año, y redimiese su vida entera en tan sólo unos pocos segundos. Él solo quiso un año pero podría haber vivido mucho más. Ese momento no formaba parte de Cronos, se escapaba danzando entre la gota, la abeja, los soldados y el cigarrillo. La gota de agua marcó la implosión del tiempo y le llevó al descanso infinito de Aion. La gota de agua, de nuevo, hizo que la abeja se moviese, que los soldados disparasen y que el cigarrillo se consumiese. Cronos golpeo sin piedad.

Aion siempre se da entre Cronos, pero nunca se confunde con él. No tiene lugar primero Cronos y Aion después. Un mismo instante, una sola gota de agua, ya deja espacio para que la inmensidad fantasmagórica de Aion aparezca. No son dos tiempos distintos, Aion y Cronos siempre se dan a la vez, tan sólo dos caras de un mismo problema: el tiempo.

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