Nos volveremos a ocupar del mar

“I read the news today, oh boy!” Así comienzan las primeras páginas de esta nueva novela llamada 2016. Es harta conocida la acibarada sensación de vivir al día después del deceso del conocido. Más aun en estos días que corren. Inevitablemente, esos sustentos de nuestro día a día, aquellos compañeros de fatigas y amores, deben partir tarde o temprano. Más pronto que tarde, por desgracia. Quedan el polvo y los cinco primeros segundos tras el adiós. El resto es palabrería. Salvo El mar, de John Banville, publicado en 2005.

Max Morden, el protagonista, compartía esta opinión. Era un historiador de arte. Su vida se sucedía sin sobresaltos destacables. Convivía con su esposa Anna, víctima de una enfermedad crónica. A medida que se consumen las páginas, el lector comienza a frustrarse de ese sentimiento de pesar. Max ha perdido a su mujer. Decide retirarse a un pueblo costero, un viejo lugar conocido para él. Pensar y escribir. Pensar en Anna, su fallecida esposa, y en su juventud, en la familia Grace. Y escribir sobre ambas.

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Max solía veranear en aquel reducto de la costa irlandesa, tiempo atrás, con su familia. El pasado se convirtió entonces en su único refugio y consuelo. Así, rememoraba el intenso verano en el que conoció a los Grace. Esta era una familia compuesta por los padres Carlo y Connie, amén de los gemelos Myles y Chloe. Hay meriendas en la playa y la típica espuma marina que juguetea entre los dedos de los pies. El protagonista invita a perderse entre la íntima combinación de metáforas y simbolismo.

Cualquier excusa es buena para evadirse. El narrador recuerda su vida en un continuo ir y venir de ese verano al presente. Max anhela dejarse llevar por sentimientos en muchos momentos. Oscila peligrosamente entre temores, soledad, rabia. No todo es hermoso, también hay furia en sus palabras. Odio por su pérdida. Él no lo merecía. Prefiere recordar aquel estío de placeres e iniciación a la vida. Vida, con mayúsculas. La búsqueda del refugio en el pasado. La conciencia en él, en saber que el pasado. Una vez sucedido, puede cambiar para amoldarse a aquel recuerdo.

La prosa continúa su camino. Sigue el cauce de los acontecimientos. Largas frases sinuosamente recargadas por parte de Max. Son epígrafes que pueden llegar a sentirse. A doler. El lirismo es latente. El personaje lo necesita. Suplica ese exorcismo que lo ampare de sus demonios internos con todas sus fuerzas. Suspira por que el mar se lo lleve junto a Anna. Ya tuvo la desgracia de asistir a un trágico suceso similar mientras disfrutaba aquel idílico verano en compañía de los Grace.

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Banville, los Grace y el mar

Bracear sin rumbo es la única actividad que se le consiente. No cabe otra alternativa en el momento en el que el óbito florece. Son conceptos de los que cualquier escapatoria es, cuanto menos, fútil. Max siempre lo tuvo presente. A medida que su esposa se marchitaba, sentía como se alejaban el uno del otro. La cama se antojaba un fortín infranqueable. Dos almas gemelas. Dos extraños, sentados el uno frente al otro, que han vivido los cinco segundos que dura una mirada de tristeza durante más de veinte años.

Es difícil negar que el símil expuesto con respecto a la marítima metáfora sea soberbio. El autor quiere ser Proust, recuerda algunos retazos de Nabokov. No obstante, supera con creces las expectativas puestas en el negocio. El interior, ese continuo fluir. La experiencia interna, por ende, el ser humano, recuerda a ese mar. La memoria del ser humano es el mar.

Y tras despertar, el lector ojea el periódico. Todavía se siente dolido por la muerte de David Bowie, porque sentía que el chico de Brixton lo había acompañado durante un largo trecho. Recuerda la estampa de la costa californiana adornada con las palmeras de papel maché del Hotel California. No quiere recordar que Glenn Frey ha fallecido. Sólo entonces asimila por completo la novela. En ese estado de pérdida, uno alcanza a entender sus instintos y el sino de los otros en una ondulación constante, de apariencia maleable. Pero también igual a sí misma.

Siempre hay un mañana. Siempre cabe ocuparse del mar. Ella cuida de las olas mientras Max vigila la marea. Al llegar la noche, ella descansa a su lado. Sus ojos en su costado.

Juan Ramón Rodríguez

Músico a tiempo parcial. Escritor en los días de fiesta. Sé leer y escribir, mal que pese.