El dios monoteísta, nos dicen teólogos de todos los colores, reside fuera del espacio y del tiempo. No es de nuestro mundo. ¿Cómo si no podría haberlo creado? Si estuviera encerrado en el espacio, entonces sería posible medirlo, pesarlo, incluso determinar la velocidad a la que se mueve. ¿Cómo podría ser ubicuo? Y si estuviera sometido al tiempo, entonces ¿cómo podría ser omnisciente? Dios, en fin, no estaría fabricado de átomos como los mosquitos, las estrellas y nosotros los humanos, ni aun de las partículas subatómicas que constituyen el átomo: la argamasa constitutiva de Dios sería una sustancia inmaterial llamada espíritu. Pero vaya usted a saber qué es eso del espíritu…

Los que sostienen la existencia de estos dos mundos paralelos: el mundo material por un lado y el del espíritu por el otro, han sido llamados dualistas. Frente a ellos estarían los monistas. Aunque, como podrás adivinar, los monistas vienen en dos sabores: los que dicen que todo es espíritu y los que dicen que todo es materia. Estos últimos serían los monistas materialistas, o materialistas a secas.

Cabeza de espiritualista

El espiritualista es al materialista lo que el poeta es… al informático. Mala fama llevan los materialistas. Si el mundo de los espiritualistas se nos aparece como un estupendo smorgasbord de suculentas y jugosas carnes, delicados quesos y exóticas frutas, el del materialista sería el insípido y repetitivo rancho cuartelero de las cosmovisiones, y podría llegar a parecernos que no ha lugar en él para el asombro y el misterio, ni por supuesto para dioses…

¿O puede creer el materialista en dioses? No creerá, está claro, en dioses inmateriales-espirituales. Pero ¿y si existieran dioses surgidos y macerados dentro del universo, fabricados de materia? En algún momento habrían sido simples criaturas carentes de toda inteligencia, pero con el tiempo habrían ido adquiriendo capacidades y poderes extraordinarios, capacidades y poderes que nosotros, desde nuestra perspectiva, confundiríamos con los de un dios. ¿De qué otro modo podríamos llamar a un ser imperecedero, a un ser con poderes incomprensibles para nosotros, o a uno cuyo conocimiento del universo desbordara desproporcionadamente los nuestros?

Esta idea del dios evolutivo es defendida por Richard Dawkins en su bestseller The God Delusion. Para Dawkins, si existiera un ser que, por sus poderes, pudiéramos sentirnos tentados a catalogar como dios, aun este ser habría comenzado como un montón de células en un caldo primigenio. En algún momento habría sido un débil y estúpido animalillo. En algún otro, habría él mismo creído en dioses.

Arthur C. Clarke, en su ya legendaria trilogía Odisea Espacial, ensaya justamente la idea de los dioses evolutivos. Los Firstborn (los primogénitos) serían los primeros seres inteligentes surgidos en el universo. Aunque no habían sido ni remotamente humanos, también ellos habrían estado hechos de carne y hueso. Habrían contemplado las grandes profundidades del espacio con curiosidad y asombro. Habrían pasado por diversas etapas civilizatorias y en algún momento habrían construido un imperio galáctico. Poco a poco, sin embargo, con el avance de la tecnología, habrían logrado liberarse de las limitaciones de sus propios cuerpos.

Según Clarke, dejaron de viajar en naves espaciales y se convirtieron en naves espaciales, y, más adelante, aprendieron a preservar sus pensamientos en redes congeladas de luz. Se transformaron en pura energía y se convirtieron en señores de la galaxia, capaces de viajar a velocidad lumínica. ¡No más rápido!, ojo, porque aun ellos estarían sometidos a las leyes de la física. Con el paso de los milenios, el recuerdo de su origen se habría ido haciendo más y más borroso hasta quedar sumergido en una neblina. Pero, dice Clarke, estos Firstborn aún podían recordar un horizonte y un gran océano.

Podemos encontrar un ejemplo sui generis de dioses evolutivos en la saga de videojuegos Mass Effect. En el espacio profundo vivirían los Reapers, titánicas naves espaciales que serían el resultado de una simbiosis entre inteligencia artificial y orgánica. Los Reapers llevarían existiendo mil millones de años. Cada 50.000 años, invadirían la galaxia y purgarían toda la vida inteligente existente, con la que lograrían construir aún más naves. Inmortales y poderosos como son, sin embargo, habrían sido creados por los leviatanes, una antiquísima civilización. Es cierto que los Reapers reúnen una serie de características que los separan del concepto de dios evolutivo, pero son un buen ejemplo de entidad con un poder equiparable al de un dios que sin embargo está tan atada al universo como una hormiga.

Si bien el materialista puede negar categóricamente la existencia de los dioses espirituales, nada le salva de la posibilidad de los dioses evolutivos. ¿Quién nos dice que toda la vida terrestre no es un experimento olvidado de alguna raza de dioses evolucionados? Aunque también podríamos preguntar: ¿quién nos dice que sí lo es? La navaja de Ockham nos obliga a desechar teorías que multiplican las causas. No tenemos pruebas de estos dioses y por tanto conviene, si queremos mantener la cordura, operar como si no existieran. ¿Pero y si acaso existieran? ¿Y si un día nosotros mismos devenimos dioses?

Claro está que, si algún día descubriéramos que la vida terrestre fue implantada por una raza de dioses evolutivos (o por alguna civilización alienígena corriente y moliente), habríamos resuelto a lo sumo el enigma del origen de la vida terrestre, pero no de la vida a secas. Y es que aun estos seres extraterrestres, por muy avanzados que fueran, en alguna fecha primigenia, en alguna orilla remota, se habrían arrastrado fuera del agua por primera vez.

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