Salvador Dalí nació en Figueras, en el año 1904. Desde su pronta infancia ya despertaba cierta curiosidad por el arte, lo que provocó que dejara de lado las asignaturas en el colegio, ya que no le atraían nada. Tras una infancia a trompicones familiares, al fin, en 1923 Dalí viaja a Madrid, y se instala en la famosa Residencia de Estudiantes, donde conocerá a grandes personajes que en el futuro se asentarán como piedras angulares de la cultura española. Lorca, Alberti, Pepín Moreno o Buñuel serán algunos de los más sonados.

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Lorca, Dalí y Buñuel en una de las fachadas de la Residencia de Estudiantes

Rápidamente Dalí se convirtió, realizando experiencias en todas las direcciones posibles de la plástica avanzada en una de las presencias más sonoras del arte vanguardista. Desde principios de la década de los veinte, sus dibujos emergían en todas las revistas a través de  la cuales el arte español se trataba de modernizar.

Su lenguaje plástico, bebió de todas las influencias posibles: Realismo Mágico, Expresionismo, Futurismo, Cubismo… Expresándose de forma magistral y simultánea en estos estilos, consiguiendo así estar en el meollo de la vanguardia española, de una forma ruidosamente protagonista.
Expulsado de la Escuela de Bellas artes por exponer delante de un tribunal las razones por las que no era merecedor de examinarlo, ya que como dijo a los miembros que lo conformaban “sabía mucho más sobre Rafael (el pintor que le tocó exponer) que los examinadores juntos”, volvió a Barcelona donde su figura fue lanzada al estrellato de una manera sistemática. También se desplazó por toda la piel de toro, dando conferencias, exponiendo o realizando ilustraciones.

Dalí en el extranjero

Tras idas y venidas por todo el territorio Dalí da el paso más importante en toda su vida, cruzando la frontera y llegando hasta París, donde compatriotas suyos como Miró o Picasso eran ya famosos hacía diez y treinta años respectivamente.

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Salvador Dalí || Pablo Picasso

En el verano de 1929 pasó por la casa de Cadaqués el marchante Goemans, el pintor belga Paul Éluard y su mujer, Gala, eligiendo así cuidadosamente sus contactos, que le brindarán las oportunidades futuras. Con esta, Dalí comenzaría una relación que acabaría por constituir uno de los amores más complejos, extravagantes, caníbales y duraderos de los que se recoge en la historia. Amante, madre, diosa, musa y animal de presa, Gala se entremezclaría en la vida de Dalí, hasta el punto de no poder ver a biografía del artista sin esa obsesiva presencia.

Cuando Dalí se incorporó al grupo surrealista en París, el movimiento atravesaba momentos de fuertes contradicciones internas. La vitalidad y la extravagancia  de aquella joven promesa española  resultó decisiva para la renovación y proyección del grupo, del que también por su parte absorbió energías  que resultaron la etapa más apreciada de su obra. En teoría sus mejores cuadros fueron  el fruto de la aplicación del llamado “método paranoico-crítico”, que Dalí definió como un sistema espontáneo de conocimiento irracional  basado en la interpetación interpretativo-crítica de los fenómenos delirantes.

La plasmación de sus obsesiones  personales es el motivo que aglutina la mayor parte de sus telas en esta etapa, en la que se sirvió de técnicas del realismo ilusionista más convencional para impactar al público con sus insólitas e inquietantes visiones, que no en pocas ocasiones aluden directamente a la sexualidad.

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En 1934 viaja con su ya inseparable mujer Gala a Estados Unidos. Allí, gracias al escritor vienés Stefan Zweig, conoce a Sigmund Freud, quien había sido el gran inspirador en la estética surrealista. Éste, tras conocer a Dalí cambia de opinión hacia los surrealistas, a los que consideraba unos borrachos que le han escogido a él como santo patrón.
El genial pintor sigue su viaje por Norte América y el 1939 acepta un encargo para la decoración de unos escaparates de una galería de moda en Nueva York, tras modificar la tienda la obra de Dalí (Un maniquí metiéndose en una bañera peluda) decide destrozar todo el escaparate, lo que habrá que le tomen en gran estima la opinión pública por defender su propiedad intelectual, no sin antes pagar los destrozos cometidos. En la entrevista que viene a continuación explica la anécdota.

Vuelta a España

En 1948, Dalí regresó a España, fijando su residencia en Port Lliigat. Por esta época, se creía que el pintor extravagante ya había gastado sus cartuchos de frívola genialidad, pero nada más lejos de la realidad, puesto que le quedarían cuarenta años de caprichosa producción y de irreductible exhibicionismo, con apariciones públicas como la que protagonizó en diciembre de 1955, cuando se personó en la universidad de la Sorbona para dar una conferencia en un Rolls-Royce repleto de coliflores.

Durante los años sesenta, Dalí fue el avalador del estilo hiperrrealista internacional que, saliendo de su paleta, no resultó menos inquietante que su prólija indagación sobre el ilimitado universo onírico.

La persistencia de la memoria (1931) | Salvador Dalí

La persistencia de la memoria (1931) | Salvador Dalí

Un 23 de enero de 1989, dejaba de latir el corazón del genio del pincel, dejando como legado a la nación española todo su patrimonio. Al ver un cuadro de Dalí de cualquier etapa, siempre nos vendrá a la mente ese bigote con la guías hacia arriba y totalmente engominadas o sus ojos abiertos, casi queriéndose salir de las cuencas. Su producción artística cambió la forma de realizar un cuadro, dejando en entredicho a cualquier pintor de cualquier época, o ponérselo difícil a cualquier extravagante que quiera llamar la atención de algún modo.

Sabía que era necesario encontrar el punto débil en las armaduras de los otros. Sabía que, para convencer es suficiente esperar y desearlo y que mi delirio comunitativo sería reconocido por todos como prueba de mi genio… Tropecé con muchos crótalos a quienes arranqué su veneno y con sus pieles me he hecho un billetero.

– Salvador Dalí.

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