La modernidad tecnológica brinda multitud de ventajas. Es innegable. Subidos a hombros de gigantes de la talla de Wikipedias y navegadores informáticos, desde luego. Inexorablemente, la sociedad de información conduce por la senda de la artificial lectura transversal al lector pasivo. La ingente cantidad de contenido a tenor de la preferencia de turno destaca en detrimento de un aumento proporcional de la calidad. Es probable que la vista humana se rinda al desafío de obras como el Ulysses de Joyce o Los hombres de buena voluntad de Romains por falta de personal. O falta de ganas al disponer de cualquier resumen.
No obstante, parece olvidarse una fuente esencial a la hora de abordar esta vorágine de algoritmos y tuits. El refranero español, de la mano de Baltasar Gracián, postula que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. La Literatura siempre ha usado la brevedad a la hora de articular historias y sensaciones. Destaca en esto el género narrativo del relato. A su vez, toda la terminología relacionada de leyendas, fábulas, cuentos y epopeyas. Ahí están los sueños rurales de Borges, o las narcóticas agonías de Burroughs, o el realismo sucio de Raymond Carver.
Destaca, entre todos los pesos pesados de la brevedad, la eminencia rusa de Taganrog Anton Chéjov. Nacido en 1860, provenía de una familia modesta de escasos recursos. Estudió Medicina en la universidad de Moscú en la veintena mientras publicaba una serie de relatos de carácter humorístico en varias revistas. Sin embargo, fue a partir de 1888 cuando su producción literaria disminuyó en cantidad y aumentó exponencialmente en calidad. Títulos como La estepa o Una historia aburrida demostraron al público ruso una innovación literaria sin precedentes.
Su vida, a partir de esta estabilidad en cuanto a fama y fortuna, transcurrió sin mayores sobresaltos. Vivió no lejos de Moscú mientras daba luz al grueso de su obra. En el último tramo de su vida, enfermó de tuberculosis y alternó su hogar moscovita con estancias en el extranjero y Crimea. Saboreó las mieles del teatro con obras como La gaviota y El jardín de los cerezos tras un escueto traspié en el teatro Imperial de San Petersburgo.
La naturalidad de Chéjov
Si algo es reseñable en Chéjov es su naturalidad. Naturalidad en estado puro sin conservantes ni colorantes. No hay arte ni amago de estética alguno en El camaleón, por ejemplo. Un intercambio delirante de acusaciones sincopadas basta para demostrar que el autor intenta emular la gran crónica rusa. Lo común a sus relatos se encuentra en su costumbrismo, unido a las descripciones y quehaceres de sus personajes. Ya sea el cochero Yona de La tristeza o el doctor Kirilov de Enemigos.
A simple vista, suele encasillarse al autor en el movimiento naturalista. Los más resabiados captan trazas fugaces de simbolismo en su obra, asimismo. Sin embargo, Chéjov no se ligó a ninguna escuela o movimiento. De igual modo, su prosa recuerda la concisa taquigrafía de Dostoievski. Claro está, sin entrar en las interminables digresiones metafísicas de este. Tolstoi fue uno de sus grandes admiradores coetáneos. De hecho, siempre admiró su lenguaje escueto, simple y reservado. Sin énfasis ni atisbo de moralidad o moraleja. Y todo aderezado con mucho humor.
Su influencia, para un amplio abanico de posteriores autores, es esencial. Dicha fama internacional comenzó a gestarse una vez concluida la Primera Guerra Mundial. Autores como Tennessee Williams o Arthur Miller hicieron uso de las técnicas de Chéjov. Anteriormente, los modernistas ingleses habían hecho uso del monólogo y del rechazo a cualquier finalidad moral. James Joyce, situado en las antípodas del autor ruso, entre otros.
Chéjov contrajo tuberculosis en 1887, enfermedad que lo asoló hasta su muerte en julio de 1904. Contaba 44 años el día que dejó de inspirar el mismo aire que sus vulgares personajillos. Trasladaron su cuerpo a Moscú en un refrigerador de ostras. Más de uno se llevó las manos a la cabeza ante tamaña chapuza, como Máximo Gorki. Aun así, es bien seguro que el mismo Anton lo hubiera deseado así. Sobrio y discreto. El refranero siempre tiene la última palabra al volver a citar al señor Gracián y a su obra Oráculo manual y arte de prudencia, que concluía su misiva con un jocoso “y aun lo malo, si poco, no tan malo”.

