La delgada línea roja entre la previsibilidad y la extravagancia

Suba las escaleras por la izquierda. Deje salir antes de entrar. Espere una luz verde para pasar delante del artefacto mecánico. Sírvale el café a esa mujer, pero sólo si luego ella le entrega un pedazo de metal o de papel con la cara estampada de un tipo muerto. Para que millones de personas convivan en sociedad y la cosa se mantenga en un nivel razonable de crímenes y destrozos, los miembros del grupo han desarrollado una serie de códigos  compartidos, que son implícitos  y se transforman en conductas automáticas.  

Este intrincado tejido de contenidos inconscientes sobre lo que se debe y no se debe hacer, y lo que es aceptable o  adecuado se transmite en el proceso de socialización y garantiza (especialmente en las urbes, con una altísima densidad de población) la coexistencia más o menos pacífica de los individuos.

Supone, sin embargo, un menoscabo de la espontaneidad, de la extravagancia. Una alienación que critican la mayoría de los abundantes mundos irreales recreados en  el cine y la literatura. Por eso la vida ordenada y aburrida de las ciudades ha sido un escenario perfecto para las historias de distopías.

La ciudad lluviosa de Blade Runner, típico paisaje distópico.

Los mundos felices

Aunque las historias distópicas nos parezcan extravagantes y bizarras, su rareza estriba en la exageración de rasgos presentes en nuestra realidad cotidiana. Recrean sociedades en que opera el mismo mecanismo entre sus miembros. Para poder compartir un mismo espacio un grupo de personas acuerda unas maneras de relacionarse que atañen a las jerarquías, el uso del lenguaje, las interacciones, la ocupación del espacio y la gestión de sus recursos.
Por ello, si parece una locura, una exageración ficcional quemar libros aduciendo que generan angustia es sólo porque se basa en una «verdad» opuesta a la nuestra. Las distopías se antojan aberrantes porque juegan con convenciones inesperadas. Pero las costumbres, los hábitos y conductas de la civilización occidental siguen siendo artificiales y a ojos de, por ejemplo, un masai, tan absurdas como para un extranjero su querencia a escupirse mutuamente.

Cruzando la línea

Así pues, la repetición, los automatismos y las convenciones tienen una función de cohesión social y son necesarias para la vida armónica en sociedad. Y aún así ¿es la rutina, lo reincidente, lo aburrido, el único antídoto para el caos?

Surgen entonces las anti-convenciones: el Carnaval o  el sábado noche, por ejemplo. Unos espacios concretos  en los que desmelenarse, liarla, desmadrarse. Momentos que, con todo,  acaban teniendo sus propios códigos: nadie se toma un té verde en un pub a las tres de la mañana (al menos hasta que los hipsters aparecieron y normalizaron lo bio). Así, si  alguien pidiera un darjeeling con leche de avena en un after-hours, en realidad se estaría dando una ruptura del orden establecido y las consecuencias serían imprevisibles.  

Dicho fenómeno fue reproducido por el psicólogo social Harold Garfinkel en sus célebres experimentos de ruptura. Garfinkel creaba situaciones que rompían el orden cotidiano y no respondían a las expectativas de los participantes. Acciones en principio tan inocuas como sentarse en una silla en una biblioteca, podían convertirse en amenaza, signo de locura, mala educación. Pruébese, por ejemplo, en un vagón medio vacío de metro, a sentarse justo al lado de uno de los ocupantes.

¿Dejaría que un extraño durmiera plácidamente en su hombro?
En su sociedad, ¿dejaría que un extraño durmiera plácidamente en su hombro?

En este marco, ponerse unas bragas en la cabeza, por muy grosero que parezca, puede llegar a ser adecuado en una situación de, por ejemplo, una cena con amigotes en una despedida de soltero. En el mismo contexto, que en el lugar de una mujer en cueros saliendo de un pastel se celebre un recital de poesía lírica griega rompería las expectativas de los asistentes y si no fuera interpretado como un chiste, probablemente generaría sentimientos de inadecuación, enfado o angustia, como sucedía en las pruebas del psicólogo social.

El equilibrio de la sociedad

Vista desde fuera, cualquier interacción humana tiene un punto de milagro. Se da un frágil equilibrio entre la voluntad de los que se relacionan. Entre ellos media todo un entorno de construcciones simbólicas y aún así, se consigue, por ejemplo, quedar a la misma hora en el mismo sitio para ir al cine. La constancia tranquiliza, ubica. Si cada persona actuara según su propia idiosincrasia, sólo para sí misma, fuera de cualquier norma social… bien, bienvenidos al sanatorio.

Dicho esto, cabe plantearse todas aquellas cosas: aficiones, divertimentos, palabras que ya no se dan (porque no se estila, porque se olvidó, porque ya no está de moda o se es muy mayor). Quizás se deba crear, con esas cosas, una pequeña  ruptura que haga al pobre ciudadano un poco más libre. Así que, la próxima vez que pasen delante de unos columpios, no se lo piensen, puede ser realmente revolucionario. Hasta que los hipsters lo pongan de moda.

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Inma Martín Alegre

Lectora impenitente, escribo poesía y relatos cuando venzo la pereza. Hace años me licencié en Psicología. Llevo a ritmo tranquilo el grado de Estudios Literarios. Mediterránea, lletraferida y residente en Madrid. <a href="http://nosiemprerima.com">www.nosiemprerima.com</a>