Un nivel suficiente de competencia en el idioma inglés es, hoy en día, una condición indispensable para la educación de la juventud. En el imaginario colectivo de nuestra sociedad occidental, impregnado de los valores economicistas, el inglés es un activo. Hay que invertir en la educación de las nuevas generaciones: el dominio de esta lengua es necesario, pues con ella el mundo se mueve, negocia y disfruta.

No obstante, apenas hace poco más de un siglo, el francés era el idioma predominante. Sustituyó al inicio de la Ilustración al latín como código de comunicación de la élite cultural. La lengua de Voltaire y Pascal era el hilo conductor de las discusiones intelectuales y ayudó a construir un espacio público más allá de las recientes, y cambiantes, fronteras europeas.
Ya en el XIX con la Revolución Industrial y el nuevo sistema económico capitalista, el inglés inició su despegue. Pero fue sobre todo en la segunda mitad del siglo XX cuando la lengua de Shakespeare sustituyó al francés como lengua franca. La hegemonía estadounidense se impuso entonces en todos los ámbitos: en el económico, político, científico y sobre todo en la cultura de masas.
Una lengua vehicular es aquella que sirve de puente a personas con diferentes lenguas maternas. Es el antídoto a la maldición divina de la torre de Babel. Así, el árabe, el chino mandarín o el español cumplen esta función en grandes zonas geográficas del mundo. Con permiso del inglés, que pese a ser el tercero en número de hablantes como lengua materna, detrás del chino y el español, tiene la superioridad incontestable en cuanto a la frecuencia de usos. Entre un 70 y un 80% de las páginas web están escritas en inglés. Se utiliza para regular el control aéreo, en la mayoría de las transacciones económicas, la toma de decisiones políticas, las investigaciones científicas… Por no hablar de la industria del entretenimiento como el cine, las series de televisión, los videojuegos o la música popular .

Paralelamente a este fenómeno, las lenguas con menos hablantes, de países con menor poder económico, entran en una situación de “endangerment”. Otra vez un concepto en inglés, que define que algo está en situación de peligro. Por supuesto, las web que alertan sobre este problema están escritas en inglés así como aquellas personas que llaman la atención sobre esta situación utilizan este ubicuo idioma. Es la forma de asegurar el mayor alcance del mensaje.
¿Siempre en inglés?
Los errores bochornosos de políticos y celebridades españolas al intentar expresarse en inglés son de sobras conocidos. Han provocado, con razón, risas y chistes. Ahora bien, las pifias en idioma español realizadas por figuras públicas angloparlantes resultan bastante más complicadas de encontrar.
Por ejemplo, no parece que la sociedad norteamericana se sienta especialmente abochornada cuando Barack Obama, presidente de un país claramente plurilingüista, es incapaz de pasar de un par de formulismos de presentación en un evento con una audiencia mayoritariamente hispana.
Y muchas figuras del mundo del espectáculo del mismo país se ríen de su propia ignorancia y asocian el idioma español con todos los estereotipos culturales de su país vecino del sur.
Seguramente dichos comentarios serían pasto del voraz sarcasmo de los tuiteros en España. El ámbito anglófono, en cambio, no cuenta, aparentemente, con este especial sentido autocrítico. El anglófono no tiene necesidad de aprender ningún idioma, ni teme el juicio de los otros sobre su nivel de competencia en, por ejemplo, el chino mandarín. Y es que desde la perspectiva utilitaria que transmite el sistema de valores imperante en el mundo occidental, se asocia hablar otras lenguas con el uso que se pueda obtener de ellas. Visto así, no hay ningún esfuerzo que un australiano, por ejemplo, deba hacer, más allá de la cortesía de conocer los términos para saludos y agradecimientos en otros idiomas.
Si se tiene en cuenta, empero, que cada lengua contiene una cierta visión del mundo, unos códigos culturales compartidos por sus hablantes, entonces todas ellas son igual de válidas y necesarias. Reconocer el valor del plurilingüismo implica crear espacio para todas las lenguas existentes, sin basarse en criterios cuantitativos.
Por supuesto que contar con un idioma de uso común, como el inglés, resulta práctico y facilita los intercambios entre personas de lenguas distintas. Pero dicha preeminencia no debería supeditar la participación del resto. Entiéndase el valor del acto comunicativo como algo que implica algo más que transferir una determinada información de un emisor a un receptor. En cada lengua hay una manera singular de expresarse y de estar en el mundo.
Así, la lengua materna es el material con el que se construye la estructura cognitiva de cada uno, y contiene, a su vez, la tradición cultural de la comunidad en la que se inscribe. El filósofo y lingüista Ludwig Wittgenstein ya lo manifestó en su célebre cita:
Die Grenzen meiner Sprache bedeuten die Grenzen meiner Welt.
–Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.
Por ello, a falta de una verdadera lengua común y neutra (descanse en paz el ingenuo Esperanto), es de recibo querer usar el código más próximo, aquel con el que se ha crecido y construido sentido, en aquellos contextos en que lo que se dice, y especialmente se decide, es importante. Sea una asamblea de Naciones Unidas, una negociación colectiva o la letra de una canción. With all due respect.

