Ilustraciones por César Tezeta

En Japón existe un eufemismo compuesto por capas de cultura, historia y cuerpos: mizu shōbai (水商売). Alude al negocio del entretenimiento nocturno: bares de azafatas, locales de ocio, cabarets y demás establecimientos de dudosa índole. Lugares donde las empleadas devienen a menudo en trabajadoras del sexo. Sus orígenes se remontan al shogunato Tokugawa (1603 – 1868) y son imprecisos en cuanto a etimología se refiere. El Nikkoku, mayor diccionario de la lengua japonesa, lo vincula al término doromizu kagyō (泥水稼業). Ganarse la vida en las aguas turbias de los barrios de tolerancia nipones.

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Ilustraciones por César Tezeta

Mapa de los placeres carnales

Como en tantos otros idiomas, la prostitución (売春, baishun) tiene su vocabulario en lengua japonesa. Makura eigyō (営業): la relación sexual que una azafata entabla con un cliente para asegurar sus visitas. Fūzoku (風俗): la industria del sexo. Mizuchaya (水茶屋), las casas de té públicas de límites a veces difusos. Occidente conjura, equivocadamente, la imagen de la geisha como ejemplo clásico de prostituta japonesa. Por su rigurosa formación y sus funciones principales, estas quedaban más cerca de la intérprete artística.

Pan-pan girls, prostitución en el Japón ocupado.

Pan-pan girls, prostitución en el Japón ocupado.

Fueron las llamadas “mujeres de consuelo” (ianfu, 慰安婦) quienes sí ofrecieron servicios sexuales. Algunas, como esclavas del ejército japonés en sus territorios invadidos. Otras, japonesas ellas mismas, forzadas casi siempre de un modo u otro por las circunstancias, por dinero. Para los soldados estadounidenses, asentados en un Japón inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Placer en el Japón de posguerra

Irónicamente, había sido el propio Gobierno el responsable de la creación de la Asociación para el Ocio y el Recreo (RAA). Bajo este engañoso nombre se ocultaba la mayor organización del Japón ocupado dedicada a la prostitución organizada. Su objetivo: saciar los apetitos carnales de las tropas estadounidenses con mujeres destinadas a tal fin. Proteger al resto de la población femenina japonesa de violaciones y agresiones.

En 1957, EE.UU. seguía aleccionando a sus soldados contra la lujuria y la desidia.

En 1957, EE.UU. seguía aleccionando a sus soldados contra la lujuria y la desidia.

Apenas duró cuatro meses. El General MacArthur ordenaba su clausura en enero de 1946, atemorizado por las ETS y la degradación moral del ejército. Cerrados los burdeles estatales, muchas mujeres quedaron en la calle. Continuaron con el negocio más antiguo del mundo de manera privada o ilegal. Eran las panpan girls (パンパンガル). Mujeres ruidosas, llamativas, en los brazos de los soldaditos estadounidenses. Pintalabios rojo, taconazo, cigarrillos, medias de nilón. Prostitución, sí, pero también materialismo, libertad sexual, simbolismo de una nación derrotada e infantilizada por vencedores con ánimo de educadores colonialistas.

Con el tiempo, una de esas mujeres abandonó el uniforme habitual de las panpan, que no las aceras. En ellas siguió con espeso maquillaje blanco, vestido igualmente inmaculado y con profusión de encajes, incluso guantes. Imagen viva de la marginalidad, carecía de hogar, por lo que cargaba siempre con una pequeña maleta. Silenciosa, consciente de sí misma, llena de dignidad. Quizá por ignorarse su nombre, todos la bautizaron como quisieron. Kinkira-san, Rosa-san, Meri-san. Era Mary la de Yokohama, una ciudad significativa en la historia nipona. Un paisaje en plena transformación.

Yokohama Mary, mujer sin pasado

Y es que de Mary no solo se desconocía el nombre. De su vida anterior a las calles se sabía muy poco. Nació en la prefectura de Okayama en 1921, según su entrada en la Wikipedia japonesa. Primogénita de los ocho hijos de una familia granjera, tras la escuela se casó con un trabajador del ferrocarril nacional. Se especula que el comienzo de la Segunda Guerra Mundial la llevó a las fábricas de municiones. Movida por el sufrimiento, Mary intentó suicidarse, causando escándalo por vez primera. Su crisis supuso el final de un matrimonio infeliz y, se cree, sin descendencia.

Yokohama Mary, misterio del lumpen.

Yokohama Mary, misterio del lumpen.

Finalizada la guerra, Mary pasó a servir como camarera en un ryōtei o restaurante tradicional japonés. El local, en realidad, no era más que otro de los que procuraban servicios sexuales a las tropas estadounidenses. Allí, Mary se convirtió en amante de un oficial. Enamorada, le siguió hasta Tokio. Toda promesa hecha quedó truncada con el inicio de la Guerra de Corea (1950-1953). Se cree que él sobrevivió, pero jamás regresaría a Japón. Mary reaccionó al abandono trasladándose a Yokosuka (Yokohama), sede de la base naval homónima. Fue allí donde verdaderamente dio comienzo su vida como prostituta.

Retrato en blanco y negro de un capítulo histórico

Yoshimizu Ayaka es autora de la tesis After Displacement: Excavating Memories of Migrant Sex Workers and Becoming Entangled with the Water Trade in Yokohama. Su trabajo ayuda a entender el contexto social e histórico en el que se ubicó la figura de Mary.

Yoshimizu parte de la explicación que el escritor Danbara Terukazu ofrece para el nombre genérico Mary. Dicho apelativo aludía en la Yokohama de posguerra a toda fémina japonesa familiarizada con la cultura y lengua occidental: el inglés. Así, Yoshimizu considera que la “leyenda” de Yokohama Mary “representa una memoria de la ciudad durante la era de la ocupación”. La RAA, núcleo de la prostitución estatal, fue “medida estratégica” para facilitar las relaciones externas con los EE.UU. Yokohama Mary fue una de tantas cuyo sustento, y a veces el de sus familias, dependió de la “clientela” extranjera.

Vida en las calles.

Vida en las calles.

Tras décadas en la calle, Yokohama Mary desapareció misteriosamente en 1995. Con el paso del tiempo, se convirtió en objeto de múltiples producciones culturales locales. Yoshimizu juzga su figura como una historia de “victimización, del [pueblo] japonés como sujeto colonizado”. Dichas producciones fueron, así, la llave de reinvención de la identidad de Yokohama para cierta audiencia local. Su inmersión en la vibrante memoria urbana hace posible el sentimiento de pertenencia a la ciudad.

Caras y recuerdos del shitamachi

La historia había acostumbrado a Yokohama al cambio mucho antes de la intensa ocupación estadounidense. En ella concluyó la política de aislamiento (sakoku, 鎖国) del shogunato Tokugawa, asentándose los cimientos del Japón moderno. En ella había germinado, en plena década de los 20, la cultura del jazz, importada por las tripulaciones marinas occidentales.

Kangai es el nombre informal bajo el que se conoce el distrito tras el muelle, la otra cara de la moneda en Yokohama. Considerado centro urbano o shitamachi, el antiguo espíritu de vecindad latía en sus calles: Isezakicho, Fukutomicho o Wakabacho. Cercados por los ríos Ooka y Nakamura, los pequeños negocios familiares se alternaban con aquellos pertenecientes al mizu shōbai.

Se advierte la omnipresencia del agua, cuya asociación cultural con la sensualidad en Japón ha destacado el historiador Ian Buruma. El agua como entidad que fluye, tal como el concepto de ukiyo (浮世): la brevedad de la vida, un mundo pasajero. Nada mejor que disfrutar sus placeres cuando la noche caía en Yokohama y, como cantaba Aoe Mina, las linternas del amor brillaban.

Fue aquí donde Yokohama Mary adquirió su fama y su misterio. El ambiente de Kangai se prestaba a ello. Nakamura Takahiro muestra en el documental Yokohama Mary (2006) un entramado de personajes coetáneos. Uno de ellos es Nagato Ganjiro, intérprete de chanson francesa, género en boga en los años 60 junto a otros como el enka. Nagato era hijo de una pan pan, atormentado por sus reproches juveniles a la madre. La marginalidad en que Mary se movía no le resultaba ajena: era abiertamente gay y conoció igualmente la prostitución. En su amistad y preocupación por ella, que acudía a sus recitales, admitía su deseo de redención filial.

Las raíces de una amistad.

Las raíces de una amistad.

Todos conocieron a Mary ya como la anciana jorobada y ataviada de blanco, cual dama antigua. Fukunaga Emiko, dueña de la droguería Yanagiya, le recomendó su característico maquillaje teatral. Era barato y no precisaba de jabón para retirarlo en cualquier baño público. Rokukawa Katsuhito permitía a Mary pernoctar en las dependencias de la joyería Ato Hoshoku. Ella, en agradecimiento, enviaba obsequios estacionales que asqueaban a algunos empleados. Yuta Tatsu, propietaria de la peluquería Runa, tuvo que dejar de atenderle por el miedo de su clientela al SIDA. El matrimonio Yamazaki, de la lavandería Hakushinsha, dejaba a Mary cambiarse en su local.

Itsukida Kyoko fue geisha y propietaria del legendario Negishiya, local inmortalizado por Kurosawa Akira en El infierno del odio (1963). La amalgama de personajes de dudosa catadura que frecuentaban la sala, hoy un aparcamiento, la recuerdan con nostalgia el periodista Hirooka Keichi o los antiguos yakuza Takamizawa Masao y Matsuba Koichi. Itsukida evoca, no sin humor, a Mary, siempre a las puertas del Negishiya. Digna y orgullosa como era, acabó discutiendo con Itsukida por no saludar jamás a las mujeres del local con la sonrisa acostumbrada.

Muchos de esos negocios han cerrado, pero siguen quienes la recuerdan con fascinación. Ōno Yoshito fue quien la bautizó como Kinkira-san, “Destello”, en honor a su apariencia. Lo fantasmagórico y artístico de la misma apelaba a su propia sensibilidad como intérprete de butō. Ōno se inspiró en ella para su Ofelia al verla contemplar con adoración un frasco de perfume en la droguería de su esposa.

La mujer tras la máscara.

La mujer tras la máscara.

La escritora Yamazaki Yoko apunta a ese uso del maquillaje blanco tan familiar al butō como la llave del personaje teatral que “Mary” encarnaba. Un alter ego tras el que se ocultaba la mujer. Un personaje que, para la productora cinematográfica Fukuju Kikuo, actuaba de manera “bella y conmovedora”. Así es también la actuación que Godai Michiko lleva realizando desde 1996 en Yokohama Mary, escrita por Sugiyama Giho.

El destino de lo que se desvanece

Muchas fueron las leyendas que envolvieron a Mary. Una de ellas vinculaba el malogrado fruto de su vientre a Negishi. En el lúgubre cementerio para extranjeros reposaban las almas de los mizuko (水子), bebés de raza mixta abortados en la posguerra.

Indudablemente, algo había de espectral en el halo de Yokohama Mary. Tal matiz está presente en Pass: Hama no Meri-san, reportaje fotográfico de Mori Hideo. En él, el fotógrafo explora la figura de Mary inevitablemente vinculada a la muerte: a través de su excéntrica apariencia, pero también de su avanzada edad. Los retratos no están exentos de paz y de una dimensión psicológica que Yoshimizu detalla en su trabajo. El escritor Itsuki Hiroyuki, explica, los considera ejemplos de yorishiro (依代): “objetos materiales o lugares donde, en la tradición japonesa, se asentaban las deidades”.

El mundo en que Mary y sus amigos se habían movido comenzó a mutar tras su supuesta desaparición en 1995. En Yokohama Mary, Nagato, devorado por el cáncer, decide buscar a Mary para cantar una última vez ante ella. Sus pesquisas guían al espectador a través del nuevo mapa de Kangai y acaban en Kimiko Yamazaki. La dueña de la lavandería guarda la clave del misterio: ayudó a Mary a regresar a Okayama cuando una caída evidenció su fragilidad.

El ocaso de una época.

El ocaso de una época.

El documental se cierra con el recital de Nagato en una residencia de ancianos. Allí terminaría sus días la mujer que ante los vaivenes de la existencia conservó como supo su carácter, independencia y gratitud. Una mujer que esperó en vano en los puertos y después siguió con su vida. Ella fue Yokohama Mary.

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