Van Gogh: En los límites de la razón

Es prácticamente imposible, o dejémoslo en poco probable, conocer a alguien que no haya oído hablar de Vincent Van Gogh, o al menos saber su nombre. Uno de los pintores mas reconocidos y prolíficos de todos los tiempos. Con su peculiar visión, siempre dividida entre el tormento y la euforia, plasmaría mas de 800 paisajes y retratos impresionistas al oleo en sus 9 años dedicados a tan excelentísimo arte (sin contar acuarelas y carboncillos).

No cabe duda de que, como muchos otros genios de la historia, era una persona aventajada en la materia para la época que le toco vivir, siendo su arte incomprendido por aquel entonces, y es que el pobre Vincent solo llego a vender, que se tenga constancia, un solo cuadro en vida el mismo año de su defunción: 1890.

El viñedo rojo fue adquirido entonces por la pintora belga Anna Boch, hermana del también pintor y amigo personal de Vincent Eugène Boch, por unos 400 francos de la época equivalentes a 710€ actuales. La obra se puede hoy visitar en el Museo Pushkin de Moscú.

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Vincent Van Gogh fue un pintor tardío, siempre apasionado por la pintura, aunque no obtendría el valor suficiente para dedicarse plenamente a ello hasta alcanzar los 28 años de edad. Anteriormente estuvo trabajando en una galería de arte Londinense de la que fue despedido por interponer sus gustos personales sobre las ventas que debía realizar. Mas tarde volvería a su país, Holanda, donde varias veces intentó realizar estudios de teología sin éxito por no saber ni Latín ni Griego. Finalmente terminará como misionero en las minas de Borinage, Bélgica, donde en condiciones extremadamente duras realizó un trabajo evangelizador entre los mineros de la zona. Fue allí donde en su tiempo ocioso comenzó a dibujar la cruda realidad que lo envolvía.

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A Vincent Van Gogh se le atribuye siempre la predilección por colores vivos y llamativos, esto no fue así hasta que en 1888 se mudara a Arles en busca de nuevos paisajes condicionados por el mejor clima del lugar, pensaba también que el clima del sur de Francia paliaría sus ya frecuentes ataques de histeria. Y es que Van Gogh sufrió durante gran parte de su vida un trastorno maníaco-depresivo, conocido hoy comúnmente como bipolaridad. El hecho de que la enfermedad no estuviese diagnosticada en la época derivó en un rechazo por la sociedad de su tiempo. Se conoce que el alcalde de Arles fue presionado a encarcelarlo unos meses sin motivo alguno por petición popular.

En Arles llegó a convivir 9 semanas con Paul Gauguin, uno de sus pocos amigos y quizás una de las pocas personas que llegaron a profundizar con él. Gauguin, hoy día reconocido como uno de los grandes pintores impresionistas de la época, era de origen francés y poseía unas grandes dotes para la pintura. Paul quiso dedicarse profesionalmente a ella después de haber realizado trabajos como marino. Ambos estuvieron compartiendo vivienda siempre bajo la tutela y mecenazgo del hermano pequeño de Vicent, Theo Van Gogh, el cual nunca dejó de enviarle periódicamente dinero para sus gastos.

Vincent admiraba enormemente al francés, aunque la relación entre ambos era como el propio carácter del holandés: tempestuosa. Vincent se acostumbró pronto a la presencia de Gauguin, ya que no soportaba la idea de volver a vivir en soledad, sin embargo, al francés pronto se le hizo cuesta arriba la convivencia y una noche mientras Vincent se afeitaba, cogió sus pertenencias y se marchó de casa. Vincent Van Gogh fue tras él navaja en mano pretendiendo que no se marchara y tras unos interminables segundos Gauguin siguió su camino sin pronunciar palabra. Unos minutos mas tarde, Van Gogh cobraría consciencia en su cuarto de baño tras uno de sus ataques, cubierto de su propia sangre y con el lóbulo de su oreja izquierda reposando en el lavabo. A continuación, Van Gogh envolvería el lóbulo en un paño y se dirigiría a un burdel que solía frecuentar, donde lo presentó como regalo a una prostituta llamada Rachel.

Meses mas tarde, tras haber pasado un periodo de rehabilitación en un sanatorio en Saint Rèmy en Provenza, se encontraría ilustrando unos trigales bajo un cielo encapotado y amenazador cuando sucumbió a su propia fatalidad, prendió un pequeño revolver que llevaba consigo para ahuyentar a los cuervos y se pegó un tiro en el pecho. Dos días mas tarde fallecía en una humilde pensión donde se hospedaba, en brazos de su hermano Theo, el cual no soportaría su muerte y moriría meses después. Ambos fueron enterrados juntos.

En su lecho de muerte se encontraría la última carta que aún no había terminado de redactarle a su hermano en la que citaba “Yo arriesgué mi vida por mi trabajo, y mi razón quedó destruida a medias”.

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